Veo el partido entre las selecciones de Uruguay y Egipto en una hermosa casa sobre un lago cerca de Potsdam. Estoy con mi hija y dos amigos alemanes: Harald y Peter, tan futboleros como cualquiera en cualquier parte del mundo. (Heike, la dueña de casa, una exdocente de la Universidad de Potsdam, observa a esa tribuna improvisada con condescendencia: al fin, hay cosas peores en la vida).

Peter regresó de visitar a su anciana tía en Berlín. Ella está indignada con Mesut Özil e Ilkay Gündogan, dos estrellas de la selección alemana, de ascendencia turca, que se fotografiaron junto al presidente Recep Erdogan, a quien entregaron camisetas rojas autografiadas. Gündogan fue abucheado durante el partido de despedida en Leverkusen y terminó llorando en el vestuario. La gente se pregunta cómo un astro alemán puede llamar “mi presidente” al discutidísimo caudillo turco. Ni Özil ni Gündogan son inmigrantes no integrados, sino descendientes de turcos de segunda generación, ultra-millonarios y mimados: todo un símbolo de las oportunidades que ofrece una Alemania más opulenta y liberal que nunca antes. Pero de alguna manera ellos tuvieron una mala idea cuando la mayor parte de la sociedad alemana está dividida por una gran polémica sobre la inmigración.

La olla hierve a fuego lento desde que en 2015 y 2016 la jefa del gobierno, Angela Merkel, decidió acoger a más de 1 millón de demandantes de asilo. Ya el 12% de la población de la República Federal está formada por extranjeros o sus hijos. Esa Torre de Babel, que Uruguay fue hasta hace un siglo y luego olvidó, suele producir cierta indulgencia o xenofobia lisa y bruta.

El futbol de selecciones proyecta muchas cosas, pero básicamente destila nacionalismo: en Alemania, en Turquía y en Uruguay. (Yo mismo cargo una bandera uruguaya por Europa central.) Los gobernantes lo saben y todos ellos, de una forma u otra, procuran sacar partido. En estos casos el futbol se convierte en un hecho político. Bien podría decirse, parafraseando al prusiano Carl von Clausewitz, quien tan bien conoció las intrigas cortesanas en Potsdam, que la competencia futbolística es la prosecución de los fines del Estado por otros medios.

Uruguay es ahora una sociedad más partida de lo que creíamos y deseamos, y ofrece crecientes y desesperantes señales de maniqueísmo. Los males del mundo nos llegan un poco tarde, y de manera amortiguada, “a la uruguaya”: pero nos llegan y nos envenenan en sordina. Sin embargo por estos días el futbol será una frazada, aunque sea una frazada corta, que tapará la creciente agitación social de signo diverso y el fastidio generalizado.

Uruguay es un país más bien insignificante que levanta su autoestima con el futbol. La Copa de Rusia pone por un rato en el mapa a un pequeño Estado del fin del mundo que representa menos del 0.05% de la población del planeta y el 0.07% de su producción.

Cada cosa que hacen sus jugadores, una versión moderna y global de los viejos héroes guerreros, influye sobre niños y adultos, que ven en ellos una fuente de inspiración.

Al final, como siempre, después de ansiedad y angustia y desgaste; después de un baño de humildad y de ubicarnos en nuestra auténtica dimensión, después de mucha lucha; un destello de talento, una cabeza salvadora, nos devolvió el alma al cuerpo.

Más o menos como siempre.