Casi todos los estudiosos concuerdan en que la filosofía es una creación original del genio griego, que no tiene ningún correlato con el pensamiento de otros pueblos de la Antigüedad. La filosofía, además, permitió el nacimiento de la ciencia. Reconocer esto es darle a los griegos el mérito de haber contribuido de manera excepcional a la historia.

Rasgos esenciales de la filosofía griega

La palabra filosofía proviene de los términos griegos, philos, ‘amor a, amante de’, y sophia, ‘sabiduría’. Por tanto, significa “amor al conocimiento”. Con el tiempo, la filosofía se convirtió en la sabiduría misma, en el conjunto del saber. A lo largo de su desarrollo, éstos fueron algunos de sus rasgos esenciales:

Contenido. Se propuso explicar toda la realidad, y por eso se distingue de las ciencias particulares, que explican algunos fragmentos de la misma. Por ello, se debe llegar al origen, es decir, al primer porqué que dé la razón de ser de todo.

Método. Es una explicación puramente racional. No le basta la experiencia, sino que se sirve de la razón y la lógica para hallar las causas primordiales.

Objetivo. El deseo de conocer la verdad. No tiene una utilidad práctica —aunque sí tiene relevancia moral— y su objetivo es desinteresado. En palabras de Aristóteles: “Todas las demás ciencias serán más necesarias que ésta, pero ninguna superior”.

Periodo naturalista

Los filósofos griegos concordaron en que el hombre tiene una necesidad natural por saber. La raíz de la filosofía es precisamente esa curiosidad innata, la profunda admiración que nos provoca la realidad. En su primera etapa, la filosofía se planteó problemas de tipo naturalista, es decir, intentó explicar el origen y funcionamiento del mundo natural. A partir de la observación de la naturaleza y de razonamientos lógicos, los primeros naturalistas llegaron a distintas conclusiones sobre cuál era el principio originario del cosmos y cómo funcionaba el mundo.

Periodo humanista

Durante el periodo humanista, los problemas de la filosofía dejan de estar volcados hacia la naturaleza y se concentran en el hombre. Los primeros exponentes fueron los sofistas. En el siglo IV a. C. Protágoras dijo que “el hombre es la medida de todas las cosas”, y así propuso el principio del relativismo occidental, que indica que el único criterio es el individuo: no existen verdades ni valores morales absolutos. Por su parte, Gorgias pensó que no es posible llegar a la verdad absoluta.

El verdadero protagonista del humanismo fue Sócrates (ca. 469-399 a. C.), inventor de la interrogación socrática o mayéutica, que consiste en cuestionar al interlocutor para llegar hasta las últimas implicaciones de las cosas. Investigó el mundo humano: la belleza, la moral, la justicia, etcétera. Afirmó que el hombre es su alma, por eso su doctrina se basa en el principio de “conócete a ti mismo”. Sostiene que quien obra mal lo hace por ignorancia. Se le atribuye la frase: “Yo sólo sé que no sé nada”.

Síntesis de Platón y Aristóteles

Por primera vez se hacen formulaciones sistemáticas y ordenadas de numerosos problemas filosóficos. Platón (ca. 428-348 a. C.) retoma la tradición órfico-pitagórica. Escribe numerosos diálogos sobre una gran variedad de temas, como la belleza, el amor, la justicia y el bien. Desarrolló la teoría de las ideas, según la cual el mundo material es la copia de un mundo abstracto y eterno lleno de formas perfectas. En la alegoría de la caverna, describió cómo los hombres que no han contemplado las ideas viven mirando sombras. Pensó que el alma inmortal puede purificarse con el conocimiento y la verdad. En la República y el Político reflexionó sobre el estado y la justicia, y sus relaciones con la virtud del hombre.

Aristóteles (384-322 a. C.) fue el padre de la lógica —que permite razonar de manera precisa por medio de silogismos— y de la biología. Su física, que perduraría durante casi 2,000 años, señala que estamos rodeados por esferas celestes movidas por un “montón inmóvil”. Según su metafísica, los seres están compuestos de materia y forma, la cual comparten con otros individuos de su misma especie. Su psicología sostiene que los seres humanos conocen el mundo abstrayendo las formas de las cosas. Escribió el primer gran tratado de filosofía moral: la Ética Nicomáquea, en el que basa la felicidad en el desarrollo de la virtud y la vida contemplativa.

Escuelas helenísticas

Entre los siglos IV y I a. C. aparecieron las escuelas helenísticas, también llamadas escuelas de decadencia, porque lo más importante para ellas era la reflexión sobre cómo alcanzar la felicidad. El hedonismo sostenía que la finalidad de la vida es encontrar el mayor placer posible. De forma similar, el epicureísmo indicaba que se buscara el placer y se evitara el dolor. Diógenes, conocido como el perro, fue el padre del cinismo, que argumenta que la felicidad se logra a partir de satisfacer las necesidades naturales sin sofisticación, como dormir y comer. Por su parte, la escuela estoica, fundada por Zenón, pensaba que cada cierto tiempo el universo se destruye y renace igual —doctrina del eterno retorno—. Los estoicos consideraban que era imposible cambiar el curso de los acontecimientos y que la libertad consistía en aceptar con tranquilidad los golpes del destino. Esta doctrina tuvo gran auge en el Imperio Romano, con exponentes como Crisipo, Séneca y Marco Aurelio.

Neoplatonismo

Hacia los inicios de la era cristiana, resurge un interés por la especulación metafísica inspirada por Platón. Los neoplatónicos consideran que existe un solo dios del cual deriva toda la realidad. El más ilustre de los neoplatónicos es Plotino (ca. 204-270). En su tratado Eneadas dice que el mundo emana de un principio supremo —Uno—, el cual se convierte en intelecto —en ideas abstractas— y, posteriormente, en el alma del mundo. Otros neoplatónicos importantes fueron Porfirio (232-304), quien hizo una jerarquía de todos los seres, y Filón de Alejandría (20-50), quien combinó la metafísica con la tradición judía. El pensamiento neoplatónico fue de gran importancia para el desarrollo de la filosofía cristiana.

Aunque usted así lo crea

Mito: un coraje y comer aguacate son fatales

No es el aguacate, sino el coraje mismo lo que nos puede enfermar. Cuando estamos enojados, secretamos adrenalina, y esta hormona compite con otras sustancias que ayudan al proceso digestivo que, por culpa de esta competencia, se alenta considerablemente. Por otra parte, si la vesícula biliar debe procesar alimentos muy grasosos —como el aguacate—, se contrae y no procesa la bilis, lo que puede ocasionar un cólico en el costado derecho. Así que el mexicanísimo aguacate, con su alto contenido de grasa vegetal, nos puede dañar de modo indirecto si hacemos un coraje, pero jamás matarnos.

Ingrid Constant Saavedra es licenciada en Filosofía por la Universidad Panamericana y egresada de la maestría en Filosofía de la religión por la UNAM.

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