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La evolución del policial
En sus orígenes la literatura policíaca (hoy genéricamente coloreada de negra) anteponía a la presumible irracionalidad del crimen, el antídoto natural de la razón. El crimen no sólo visto como ruptura del orden social, sino también como suceso detonado por la pasión desbordada, trastorno mental pasajero o una mirada al abismo, de trasfondo más religioso que científico, que solemos llamar maldad.
Los primeros detectives, del Dupin de Poe a Holmes o a Poirot, pasando por toda la colección de protagonistas del whodunit se enfrentaban a lo que era en esencia un acertijo. Un artefacto que era posible resolver anteponiendo el uso de una metodología casi científica. Su origen radicaba en la vieja lucha del orden y el caos, con una tesis que implicaba, ante el lector, una demostración y un juego: nuestro héroe explicará qué sucedió la noche fatal, pero hay suficientes pistas para que llegues antes a su conclusión.
Aunque la edad de oro del whodunit termina a mediados del siglo veinte, después del reinado de Agatha Christie, su premisa estructural sigue vigente hoy, después de su paso por el cine, en el nicho natural en la televisión episódica. El acercamiento científico provoca la aparición de protagonistas cada vez más sofisticados, donde la inteligencia estructurada capaz de desentrañar los misterios es un médico forense, un especialista de laboratorio o un superdotado de las computadoras capaz relacionar bases de datos en segundos. No importa si quien resuelve el crimen es un agente de la ley habilidoso o reacio, un detective privado o un improvisado amateur. El triunfo del bien (la ciencia, la razón, el orden) sigue estando en el centro del paradigma.
Conforme el género fue evolucionando en la literatura, a la explicación racional se le sumaron dos posibilidades seductoras: la explicación sobrenatural (que deriva a la literatura fantástica y de horror) y la explicación psicológica (el ancestro del policíaco moderno).
Mientras las primeras aproximaciones al crimen permitían al lector la satisfacción de atar cada uno de los cabos con el triunfo final de la razón, en la novela negra estadounidense, ese triunfo no era posible. Las redes del crimen, la pasión, el mal y la perdición, contaminaban cada aspecto de la vida política y económica, se podía aspirar a la justicia pero no era un triunfo racional, era un triunfo casi visceral (cuando se daba).
La sofisticación del crimen, ficticio y real, llevó a emparejar la explicación psicológica con la científica. El profiling y el análisis teórico de la psicología criminal cobraron de pronto la relevancia que casi un siglo antes tenían las huellas dactilares en la escena del crimen.
Si se subía la apuesta con el criminal, había que hacerlo con el detective. Al policía infalible, lo siguió el policía obsesionado con su trabajo, alcohólico, con la vida destruida, ese casi a la par del criminal, sólo distinguibles por una pequeña película casi trasparente de moralidad.
La aparición de ciertas afecciones psicológicas fue una mina de oro para los autores del género. Ya no bastaba el orden del procedimiento y la razón. Por qué no crear un héroe que además tuviera una memoria perfecta, una capacidad para leer la comunicación no verbal del sospechoso, alguien con inteligencia inexplicable capaz de encontrar patrones que nadie más es capaz de ver. En la última década, docenas de equipos de investigación, en página o pantalla, incluían policías con síndrome asperger, autistas geniales, con memoria eidética, olfato superdesarrollado o facilidad para hackear cualquier sistema informático.
Si el criminal por excelencia se etiqueta como psicópata superdotado, qué mejor que construir un héroe antisocial, igualmente superdotado y capaz de resolver la complejidad de los nuevos rompecabezas. El asperger y el autismo vuelto un gimmick que añade sofisticación pero al mismo tiempo permite al creador hacer un poco de trampa. Ya no están las piezas para que el lector pueda desentrañar el caso, ahora es necesario apabullar y deslumbrarlo.
Entre las docenas de nuevos protagonistas con Asperger, la mayoría son sujetos un tanto excéntricos y simpáticos con peculiaridades tolerables frente a sus capacidades. Las características del desorden psicológico han suplantado las adicciones y vicios de sus antecesores, como obstáculos en la construcción dramática del misterio que protagonizan.
Por eso resulta refrescante toparse con una novela como Rubbernecker de Belinda Bauer (editada en español por Roca como Morir no es tan fácil candidata al título peor traducido del año). Bauer escribe una novela negra en todo el espectro del género, es un whodunit, también un thriller psicológico y una exploración marginal del mal en la sociedad contemporánea de Escocia. Y lo hace con dos protagonistas singularísimos: narrada principalmente a dos voces, un hombre en coma, y un joven estudiante de anatomía con asperger.
Pero su protagonista, como ella misma explica, no es un Rain Man de ocurrencias geniales. Es un tipo difícil, con el que es casi imposible comunicarse. Con habilidades que provienen de sus obsesiones, no de una genialidad asociada a su desorden. Es un tipo frustrado y confundido, movido por una sola obsesión, saber qué pasa cuando alguien muere, saber qué sucedió cuando murió su padre.
Es un personaje que nos recuerda más al Christopher John Francis Boone, protagonista de El curioso incidente del perro a la medianoche de Mark Haddon, otra novela de misterio, adaptada exitosamente al teatro, construida a partir de la subjetividad de un adolescente con asperger.
En la novela de Bauer ni siquiera tenemos claro que exista un misterio o un crimen que resolver, y aunque sus páginas estén pobladas por personajes tan oscuros como aquellos que transitan por la literatura de John Connolly, la autora se toma su tiempo en deconstruir y reconstruir su policial. Un libro muy recomendable que lejos de apropiarse de modas televisivas y argucias narrativas, bien puede ser ejemplo de una evolución positiva del género.
Twitter @rgarciamainou