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La crisis energética en Europa

Los precios más altos de la energía importada son un ejemplo de libro de texto de lo que los economistas llaman un choque adverso de los términos comerciales, que es cuando el precio de las importaciones de un país aumenta más que los precios de sus exportaciones.
Muchos hogares en Europa se enfrentan a una grave crisis del coste de la vida debido al aumento vertiginoso de los energéticos. Los precios al mayoreo del gas natural se han multiplicado por ocho en la Unión Europea (UE) desde el año pasado y del petróleo se han duplicado. En Reino Unido se espera que el costo anual de calefacción e iluminación para una casa típica aumente a casi £4,250 (más de $100,000), cuatro veces más que hace un año. Esto además del costo adicional en bienes y servicios ya reflejado en los niveles de inflación.
Los detonantes más próximos de este incremento en los precios es la recuperación post-covid de la economía mundial y el conflicto en Ucrania, con la UE expuesta de manera desproporcionada debido a su fuerte dependencia de combustible fósil importado y, en particular, del gas natural de Rusia.
El impacto en los hogares variará entre los diferentes países europeos, dependiendo de la evolución de la guerra, la cantidad de gas que cada país importe de Rusia, la velocidad con la que el gobierno pueda construir infraestructura para reemplazarlo y traerlo de otros lugares, los mecanismos de fijación de precios internos y el alcance de la intervención de la política gubernamental.
Los precios más altos de la energía importada son un ejemplo de libro de texto de lo que los economistas llaman un choque adverso de los términos comerciales, que es cuando el precio de las importaciones de un país aumenta más que los precios de sus exportaciones. La historia está llena de ejemplos de perturbaciones de los términos comerciales debido a la volatilidad de los precios de las materias primas, especialmente entre las economías emergentes.
¿Cómo deberían responder los europeos? La primera y mejor solución es que termine la guerra, que se levanten las sanciones y que los suministros de gas natural vuelvan a los niveles anteriores al conflicto. Pero eso no parece ser una perspectiva realista, al menos a corto plazo.
Si esta crisis persiste, los gobiernos de todo el mundo deberán tomar medidas que incentiven a los hogares y empresas a usar menos energía. Es la única solución de largo aliento que es buena para la economía y, más importante, crucial para la reducción de CO2. En un plazo más cercano, Europa deberá buscar no depender de Rusia y asegurar su seguridad energética con la construcción de infraestructura para el abastecimiento de energía de otros países o de otras fuentes.
Al mismo tiempo, los gobiernos deberían brindar un apoyo generoso y específico a los hogares vulnerables. Dado que los niveles de deuda de las naciones europeas son altos y el espacio fiscal es restringido, deben focalizarse mejor los subsidios existentes o gravar a los sectores más acomodados. Según cálculos del Fondo Monetario Internacional, un paquete fiscal que compense por completo al 20% más pobre de los hogares costaría alrededor del 0.4% del Producto Interno Bruto, lo que, a todas luces, es asequible para la mayoría de los países de la Unión Europea.
Estas son medidas a corto plazo que surgen al ojo de un economista, pero hay consideraciones geopolíticas más complejas e inestables en juego. Sin embargo, la disminución del uso de energía es la principal acción que todos debemos asumir, no solamente por un beneficio económico, sino porque es lo único que con certeza reducirá las altas emisiones de carbono que ponen en peligro nuestra existencia en este planeta.

