Tal y como fue concebida, la UNAM se encuentra permanentemente orientada a educar en libertad a las y los mexicanos, dotándoles de los conocimientos necesarios y acercándoles a las más variadas concepciones científicas y humanistas para que puedan formarse un pensamiento plural, crítico y con conciencia social, preparándoles para que puedan salir a buscarse una vida mejor y a ejercer una profesión en beneficio de los suyos y de nuestro país.

Las profundas desigualdades sociales que padecemos han dejado sobre las espaldas de la educación pública, y esencialmente sobre la UNAM, por ser la de mayor matrícula estudiantil, la responsabilidad de dar cabida a quienes de otra manera no hubieran podido acceder a las aulas ni a la instrucción universitaria. De hecho, son tantas las carencias y asimetrías sociales de quienes conforman la comunidad universitaria, que más de la mitad de sus estudiantes, que hoy suman cerca de 367,000 alumnos, tiene asignada alguna beca de alimentación, movilidad o, recientemente, de conectividad.

La UNAM, qué duda cabe, es la universidad de la Nación porque representa el proyecto educativo, cultural y social de mayor trascendencia histórica, por todas sus contribuciones al desarrollo de nuestro país. Su carácter auténticamente nacional la ha llevado a tener presencia en todas las entidades federativas y a brindar servicios de suma relevancia para la república, como el sismológico nacional, la biblioteca y hemeroteca nacionales, el observatorio astronómico o la red mareográfica.

Su presencia ha trascendido fronteras, expandiendo su autoridad como institución modélica en el concierto internacional, tal y como se refleja en todos los rankings serios y objetivos, ubicándose como una de las 100 mejores universidades del mundo, y una de las dos mejores de América Latina, de donde han egresado los tres premios nobel con que hoy cuenta nuestro país.

Pero es también la universidad del pueblo, porque mantiene permanentemente abiertas sus puertas a los históricamente desvalidos, discriminados u olvidados, así como a quienes provienen de las clases medias e, incluso, a los hijos de políticos, jueces y empresarios encumbrados que tuvieron el privilegio de pasar por sus aulas.

En su geografía no importa el color de la piel, la identidad de género, las preferencias políticas o religiosas, el estatus social o el lugar de proveniencia. Todas y todos, desde su diversidad, son igualmente bienvenidos a sus espacios para la reflexión y el conocimiento, a través de condiciones solidarias, pero también democráticas, orientadas a que cada uno pueda desarrollarse libremente tanto dentro como fuera de la Universidad.

Todo aquél que conoce la historia nacional sabe que la vocación social de la UNAM la ha convertido en la principal institución “de” y “para” la movilidad social de México, porque con independencia de la condición económica de su alumnado, ha contribuido a que sus egresados más modestos puedan convertirse en profesionales que obtengan los satisfactores esenciales para llevar una vida digna y alcanzar la propia felicidad.

No tengo duda que la fortaleza de la UNAM se encuentra en su condición de casa abierta a todo el conocimiento, todas las visiones, ideologías y las formas de pensar, pues aferrarse a una única forma de pensar, por más conservadora o populista que sea, afectaría la universalidad de conocimientos a difundir, la pluralidad ideológica y la libertad de cada uno de optar por aquellos que lo satisfagan más plenamente. Es una universidad autónoma, arquitecta de su propio destino, que no ha buscado agazaparse, sino que, por el contrario, ha demostrado que la libertad de conducción institucional se puede y debe ejercer con responsabilidad y alto compromiso social.

La Universidad, sólo después de la iglesia, constituye la institución con una mayor vocación de permanencia en la historia de la Humanidad. Los cinco siglos de existencia de la UNAM nos confirman que los gobiernos de derecha, izquierda, de centro y los populistas irán y vendrán, y ella estará allí, representando lo mejor de nuestra tradición académica, lo más representativo de nuestra conciencia critica, patentizando los beneficios de la libertad de cátedra y de pensamiento, dentro de su permanente compromiso con la vocación transformadora del entorno social de nuestro país.