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Innovación educativa: la creatividad como motor de cambio en el mundo actual

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Antonio Domínguez Sagols

El mundo en que vivimos requiere que la educación sea una verdadera herramienta de cambio que despierte la creatividad y el potencial de cada estudiante. Para lograrlo, es necesario repensar el futuro de la educación, tal como se plantea en el libro Escuelas creativas. La revolución que está transformando la educación, el cual, a partir de una premisa disruptiva que cuestiona los métodos de enseñanza tradicionales, se propone implementar una nueva visión que desafía paradigmas y valora la creatividad tanto como las habilidades académicas.

Escrita por Ken Robinson, experto en pedagogía y educación que fue asesor del exprimer ministro del Reino Unido Tony Blair en materia de innovación educativa, esta obra nos hace reflexionar sobre cómo funciona el sistema educativo, la manera en que fue concebido y estructurado, y cómo las reformas típicas a la educación, realizadas mediante decretos gubernamentales y complejas legislaciones, podrían ya considerarse como obsoletas.

Hasta ahora, vivimos en un movimiento reformista y de “normalización” que se centra en mejorar los niveles académicos con base en el dominio de conocimientos como la lectura, la escritura y la aritmética. Pero es a través de la educación creativa que puede surgir un cambio, al tratar a los alumnos como individuos y enriquecer sus mentes y sus corazones.

Robinson argumenta que la creatividad es una habilidad esencial para el éxito en el siglo XXI que las escuelas deben nutrir. El autor propone entonces a la creatividad como el nuevo enfoque central de la forma de educar a las infancias, desde una pedagogía activa que estimule la imaginación y la creación. Lo anterior rompe de tajo con la idea de un sistema estandarizado que se basa en un enfoque tradicional centrado en la enseñanza memorística y la repetición.

Para ello, plantea reformar el sistema educativo, para adaptarlo a las necesidades de los estudiantes y al mundo cambiante. Así, al establecer “escuelas creativas”, se fomentarían la pasión y el entusiasmo por el aprendizaje, este sería emocionante, relevante y los motivaría a pensar de manera crítica y a resolver problemas complejos.

En este camino, resulta esencial que los maestros conozcan a sus alumnos y que tomen en cuenta el ritmo de aprendizaje, los intereses y las fortalezas de cada uno. “El principio de linealidad es apropiado para fabricar productos, pero no para educar a personas”, escribe Robinson, y efectivamente, los docentes podrán personalizar la educación en la medida que brinden a todos sus alumnos las mismas oportunidades con base en la exploración de sus personalidades e intereses, para ayudarlos a comprender mucho mejor el mundo que los rodea y adquirir las destrezas que requieren para dar siempre lo mejor de sí mismos.

“Si seguimos viendo a los alumnos como productos o datos, tendremos un concepto equivocado de cómo debería ser el modelo educativo”, nos dice Robinson. Resulta imprescindible volver a lo más básico: volver a mirar a los ojos a nuestros niños, escucharlos con atención, y poner en sus manos las nuevas prácticas y métodos de enseñanza. Solo así podremos cambiar el futuro de las próximas generaciones y demostrarles que el origen no es destino, sino que cada uno puede forjarse su propio destino con base en empatía, humanidad, motivación y confianza.

*El autor es director general de Fundación Azteca de Grupo Salinas

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Director General de Fundación Azteca de Grupo Salinas

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