Es parcialmente cierto que en Estados Unidos ya no se están construyendo grandes refinerías. Desde el 2012, se han construido cuatro refinerías en Texas y una en Dakota del Norte. La más nueva arrancó operaciones en el 2017 y la más grande tiene una capacidad de 84,000 barriles diarios. Son pequeñas, aun para estándares mexicanos. Pero la reciente (2012) expansión de la refinería de Motiva (subsidiaria de Aramco, en su momento en JV con Shell) en Port Arthur añadió más de 300,000 barriles diarios a la capacidad de refinación de crudo de la costa del golfo de Estados Unidos (USGC). “Es tan masiva que básicamente representa la construcción de una nueva refinería”, señaló Motiva en su momento.

Hoy hay planes preliminares para expandir su capacidad en otros 600,000 barriles diarios de capacidad.

En contraste con lo que Ricardo Anaya ha planteado, es evidente que algunos inversionistas anticipan que la demanda de gasolinas y otros refinados siga creciendo en algunas regiones. A primera vista, parecen estar más en línea con la propuesta de López Obrador de construir nuevas refinerías, justo de 300,000 barriles diarios.

Pero, de leer la serie de análisis recientes de Adrián Lajous sobre refinación, debería quedar claro que el sistema nacional de refinación (SNR) de México no es el del USGC. Que desarrollar nueva capacidad sea buena idea para Aramco en Estados Unidos no significa que sea buena idea para Pemex en México. Acá primero habría que recuperar la capacidad subutilizada. También es indispensable preguntarse, de preferencia antes de comprometerse, si la producción nacional es la mejor manera de satisfacer las necesidades del consumidor mexicano.

La evidencia señala a que no. En medio de las ineficiencias, corrupciones y presiones sindicales que han caracterizado a la refinación en nuestro país, es difícil sostener que el SNR ofrecería condiciones más competitivas que el USGC para construir y operar.

Los tiempos y costos proyectados por López Obrador a través del equipo de Alfonso Romo, además, suenan poco realistas. A completarse en tres años, 6,000 millones de dólares de inversión total representarían una suerte de record para un proyecto de este tamaño. Como referencia, la expansión de la refinería de Port Arthur se anunció desde el 2006 y se completó en el 2012, dos años después de lo inicialmente proyectado. Costó 10,000 millones de dólares, 60% más que el parámetro ofrecido por el equipo de Romo, por una adición de capacidad comparable. Y eso que se trató de la expansión de un complejo existente, no la construcción de un nuevo.

Esto no necesariamente descalifica la idea. Aun de cara a evidencia adversa, se vale decidir fincar una apuesta. Supongo que es cierto que algunos proyectos de infraestructura energética que en su momento fueron considerados una locura terminaron por transformar la ecuación y la competitividad de su región, aunque me ha sido difícil identificar ejemplos concretos.

Pero, si se van a usar recursos fiscales, lo prudente sería plantear límites. ¿A partir de qué nivel de retraso o sobrecosto, aunque sea en etapas de planeación, se debería considerar la iniciativa un fracaso y proceder a cancelarse?

Un ejemplo parecido es la propuesta de congelar los precios de las gasolinas, cuyo costo está inevitablemente atado al históricamente volátil precio del crudo. En el pasado, la política de subsidiar gasolinas en México —que incentiva el calentamiento global y ayuda proporcionalmente más a los ricos que a los pobres— llegó a costar más que lo presupuestado para educación pública. Si de verdad la reactivamos, ¿hasta cuánto estaríamos dispuestos a quitarle de presupuesto a otros programas por financiarlo? ¿Cuál es el límite?

Un apostador experimentado diría que la clave para no perder hasta la camisa es saber cuándo parar. Sin límites ni parámetros objetivos, proyectos y políticas contracorriente pueden convertirse en apuestas de muy alto riesgo, con dados y antecedentes cargados en contra. En este contexto, más que apuesta, rápidamente se pueden volver caprichos costosos.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell