Es preocupante que la situación del gas natural en México, siendo un tema tan importante, haya brillado por su ausencia en la campaña presidencial. Éste es el tema que traté la semana pasada.

Hoy me enfoco en la otra cara de la moneda. Es una bendición que, al no formar parte de la retórica de campaña, el gas no se ha politizado ni polarizado como las refinerías, los precios de las gasolinas o los contratos petroleros. Tenemos, como país, una oportunidad única para darle impulso a soluciones técnicas —de fondo— al tema.

Falta claridad en el desarrollo de una estrategia integral. Pero la coalición que la impulse se está delineando sola. Y los argumentos de todas las partes se están alineando.

Los primeros interesados en tener más gas, sin duda, serían los estados y regiones que aún no tienen acceso. Como lo explica Lorena Patterson, presidenta de la Asociación Mexicana de Gas Natural, los estados que actualmente cuentan con gas natural tienen, en promedio, un PIB per cápita 50% mayor que aquellos que no lo tienen. El apoyo y constantes peticiones de Coparmex a nivel nacional y estatal por acceso a gas son una clara demostración de esto. Falta resolver el tema de las comunidades que se han opuesto política y jurídicamente a los ductos —en algunos casos con preocupaciones sinceras y en otros con intereses de chantaje o extracción de renta. Pero si la nueva estructura de superdelegados estatales se coordina y genera apoyos locales, como a la fecha no lo ha logrado hacer la Secretaría de Energía, la Secretaría de Gobernación y las autoridades locales, el panorama puede cambiar rápidamente.

Más allá de desarrollo de infraestructura de transporte y distribución, distintas voces están apuntando a que necesitamos una solución que genere mayor disponibilidad de gas y amarre nuestra seguridad energética. Hace unos meses, el subsecretario de hidrocarburos Aldo Flores le explicaba a Bloomberg que, a través de la readecuación o construcción de plantas de gas natural licuado, México podría funcionar como un canal de Panamá de gas, no sólo importando gas texano sino exportándolo. Es una clara invitación a pensar en México como un hub energético, un lugar que decididamente se interconecta con el mundo y así avanza sus alternativas y seguridad energética.

Desde una perspectiva estrictamente nacional, también es claro que hay que plantear una solución. Muchos analistas y periodistas experimentados han señalado recurrentemente que México depende mucho del gas estadounidense. Independientemente del análisis geopolítico que se haga, la diversificación sería positiva. Podría arrancar por un impulso decidido a la producción nacional: una mezcla de rondas dedicadas al gas en zonas con buena materialidad y un impulso decidido al shale. Pemex tendría un papel importante, pero es claro que sus fuerzas individuales hasta ahora han sido insuficientes.

Desde la perspectiva ambiental, también es un tema indispensable, que encuentra un apoyo decidido entre los ambientalistas de mayor renombre. Hace unos días, el premio Nobel Mario Molina les decía a estudiantes de la UNAM: “no creo que haya mucho problema de quedarnos sin gasolina, pero hay un gran problema de quedarnos sin gas”. De acuerdo con el Centro Mario Molina y prácticamente cualquier organización internacional que analiza el sector energético y su impacto ambiental con detenimiento, el gas natural puede funcionar como un combustible de transición, rumbo a un mayor uso de energías renovables y limpias, que puede complementar y respaldar. En conjunto, tenemos todos los ingredientes para generar una gran conversación sobre el futuro del gas natural en el país. Urge tenerla.

Como Lourdes Melgar, exsubsecretaria de hidrocarburos, explicó recientemente, tenemos cinco-seis años para hacer que el gas mexicano sea una verdadera fuerza productiva. Para ese entonces, no sólo la administración de López Obrador estará terminando. Los grandes proyectos de exportación de gas natural licuado de Estados Unidos hacia el mundo estarán ya arrancando. La ventana de condiciones extraordinarias de precio y abasto en la región se estará cerrando.

Como vivamos este momento va a depender de qué tan bien nos empezamos a preparar desde hoy. Desde el plano económico, energético y ambiental hay muchas perspectivas valiosas que, de alguna manera, apuntan en la misma dirección. Pero hay que juntarlas y balancearlas. Necesitamos una sola conversación. Necesitamos una estrategia nacional de gas natural, que vea desde la producción hasta su uso final.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell