A Trump le fue mal en las pasadas elecciones. Perdió la mayoría en la Cámara de Representantes. Incluso en estados tradicionalmente republicanos, los demócratas presentaron candidaturas competitivas. Sin embargo, hoy la situación luce distinta. Los demócratas se han dividido, entre radicales opositores a Trump y otros más moderados que apuestan por una estrategia electoral dirigida a un público más amplio, para ganar parte de los electores de Trump.

A partir de ese hecho, el personaje ha decidido romper todos los límites y se conduce como el mandatario de una nación intervencionista, capaz de sancionar e imponer agenda en asuntos internos. Trump, por ejemplo, considera que Reino Unido es una suerte de extensión de EU. Por eso, en su visita, se negó a reunirse con el líder de la oposición, llamó perdedor al alcalde de Londres, dio lecciones al partido conservador de cómo deberían dejar Europa y de quién tendría que ser su nuevo líder y pidió un acuerdo comercial, que tendría como condición desmantelar el sistema nacional de salud, el gran orgullo británico de la posguerra. El tratar a los británicos como protectorado seguramente satisfizo el ego de Trump, pero también profundizó la grave crisis política de ese país. En el largo plazo, es un bálsamo para Jeremy Corbyn y Sadiq Khan y el beso del diablo para Johnson. Pero eso no importa. Trump esta ahí para divertirse, para operar la última ola de intervencionismo estadounidense y tratar de imponer una agenda de ultraderecha que no tiene viabilidad.

Trump es en realidad un Frankenstein de ese gran proyecto de derecha que inició en los 80 contra el estado de bienestar y las ideas progresistas, que se articuló en eso que se llama el neoliberalismo. La enorme desigualdad que se generó después de políticas libertarias hizo posible el triunfo de Trump. Como buen Frankenstein, ahora el golem, por soberbia, se puede tornar en contra de sus creadores. Así como con su torpe visita a las islas británicas ofreció aire fresco a los laboristas, su naturaleza intervencionista, su desprecio a México, lo hace desconocer uno de los principios básicos de sus creadores: el libre comercio. Basta ver por unos minutos las secciones de negocios de Fox News para darse cuenta del nivel de rechazo que la imposición de aranceles a México causa entre los republicanos y el sector de negocios de ese país. Seguramente Trump piensa que será capaz de explicar que la medida será temporal, que el comercio seguirá, que solamente lo hace para imponernos sus condiciones. Pero juega con fuego. Los costos de unas semanas de aranceles pueden ser enormes. Así como Trump no entiende que no puede intervenir para vetar a Corbyn por izquierdista, a Khan por musulmán, ni apoyar al antieuropeo de Johnson, porque Reino Unido es un país independiente, tampoco puede imponer a México políticas internas de migración y seguridad.

A semanas del anuncio de su candidatura por la reelección, Trump es un peligro para todos, pero especialmente para nosotros. Por eso hace bien el presidente López Obrador en actuar con prudencia y encargar a su mejor negociador, Marcelo Ebrard, la difícil tarea de contener a semejante monstruo.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.