El hecho de que seas el que eres es lo que te jode”: Marshall Brickman. En A Propósito de Nada. Woody Allen. 

Su discurso en las mañanas puebla el espacio público de ocurrencias salidas de la inexistencia de información, de la falta de profundidad, de la ausencia de unas tarjetas en las que se le explique la gravedad o la profundidad de los temas que habrá de tratar.

El Presidente viaja. Lo hace, a lugares ostensiblemente inútiles. Pequeñas poblaciones en las que no entrega obras; no inicia otras; no promueve un programa; ni establece una política general. Sus periplos se asemejan a los recorridos de una gallina descabezada que encuentra en el camino escusas para lanzar diatribas o justificar los yerros de sus múltiples ocurrencias.

A casi dos años de gobierno, no se le ha visto en reuniones de trabajo, salvo aquella en la que su publicista Epigmenio Ibarra, muestra en su ya conocido reportaje, al Presidente en una junta de trabajo. La imagen es, sin embargo, espejo de su gobierno. No se sienta en una mesa en la que todos tienen un lugar como pares, aunque la presida en líder del equipo de trabajo.

No, se sienta al frente y los demás dispuestos a manera de salón de clases, a recibir la lección del día sobre los temas a tratar. Con justa razón el Presidente dice en ese video que no hay nada que esconder. La reunión no se prepara, no hay discusiones, no se plantean los temas, con opciones y alternativas. No, sencillamente el equipo se reúne para recibir una clase más, de cómo se deben hacer las cosas sin que exista un texto preleido y para discutir. Reciben un discurso en la intimidad, que los alecciona sobre algo que sólo existe en la mente del maestro y tutor. En el equipo no hay profundidad, el Presidente garabatea algunas cosas en un papel y se retira a seguir caminando por palacio, por la ciudad, por el país. 

Trabajar en un escritorio, recibir presentaciones, adentrarse en los temas: engorroso e inútil. La calle es la sabiduría de su política, la respuesta a su gobierno y el ejercicio de sus decisiones. El Presidente no trabaja, sólo camina, viaja, desprecia el ejercicio intelectual, porque sabe que eso lo arrastraría a la reflexión y a no poder cumplir lo que su iluminada voluntad le dicta sobre cada tema. Ha hecho un dogma de su gobierno en aquello que dice el primer versículo de San Juan: “y el verbo se hizo carne”. Basta nombrar las cosas y definirlas para que se hagan realidad, en eso está fundado el ejercicio de gobierno de la 4t.

El pulpito presidencial vive de ser escuchado, de escucharse a sí mismo. La palabra surgida de una convicción profunda es más valiosa que los datos, los estudios y la técnica. Gobernar es fácil, sólo hay que escucharse a uno mismo, lo demás vendrá por añadidura. Esa falta de trabajo, la enorme pereza que le significa al Presidente trabajar, como hace la gente del norte y centro del país es el producto de una convicción profunda en que la palabra, por si misma, resolverá las cosas.

Sin embargo, la palabra sirve para otras cosas también. Cuando por lo dicho, la realidad no se transforma, entonces creamos nuevas narrativas de salida. El manejo de la pandemia es un prístino ejemplo de la voluntad que quiere autocumplirse. Comenzamos con que no hay que hacer caso a eso de no abrazarse. “no deben creer eso de no abrazarse, hay que abrazarse”, dijo el Presidente. Luego, no al uso de cubrebocas, porque no está científicamente probado de que habrá de servir, pese a las pruebas internacionales. No a las pruebas masivas porque no es necesario. Y, entonces, la política pública se convirtió en dos objetivos: que no se llenaran los hospitales y que los Estados y municipios se hicieran cargo. La negligencia, la ignorancia y la complacencia de los involucrados en el mal manejo de la pandemia, ha sido escandalosa. Nadie puede culparlos de la existencia del Covid-19, de lo que si puede culparse es del mal manejo y la displicencia con la que el asunto ha sido enfrentado. Pero, sobre todo, la pandemia le estorba al caminar presidencial. Al contacto con su pueblo amado, que cada día hace más pobre y a sus intereses electorales.

Ante la tragedia indiscutible de más de 50,000 muertos, que nos coloca como el tercer país con más fallecimientos, al Presidente se le ocurre una idea para tratar de hacerse políticamente inmune ante lo inevitable y el alargamiento de una crisis económica y de salud. Un minuto de silencio. ¿De verdad? (Aquí vendría un emoticón de asombro, sorpresa e incredulidad).

¿Un minuto de silencio obligado a todo el gobierno federal? ¿Y aquellos que piensan que la pandemia ha sido mal manejada dentro del gobierno, se les va a obligar a hacer un minuto de silencio? Lo que necesitamos es que el Presidente haga un minuto de silencio permanente y deje de hablar, pensando que con eso se va a resolver una crisis que pudo haber tenido menos muertos, de los que solamente él es responsable, junto con el errático de López-Gatell. 

La respuesta ante la pandemia es un minuto de silencio. La respuesta ante la crisis económica, de inversión y de desempleo es un minuto de silencio. Mi conclusión es que el Presidente es flojo para trabajar en serio, no le gusta trabajar en serio y un cínico que quiere curarse en salud con un minuto de silencio. Nada menos, pero esperemos a lo demás.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.