El costo de consumir ilusiones es subsidiada por el desconocimiento y/o la ignorancia de quienes las consumen.

La próxima semana Cataluña irá a las urnas bajo el entorno de la pandemia y sus impactos sanitarios y económicos. El deseo de la independencia, racionalmente hablando, tendría que disiparse no solo por la curva de aprendizaje entre los protagonistas del referéndum ilegal de 2017, sino también entre los que no pierden la perplejidad frente a las muertes que ha provocado el virus desde marzo pasado.

Pero sabemos que el enciclopedismo no tiene cabida en la época de los Trump y López-Gatell.  La Bastilla está secuestrada por millones de QAnon esparcidos en todo el mundo.

Los nacionalpopulistas son reyes sin corona; unigidos como intermediarios entre “dios y el pueblo”, que se encargan de administrar las esperanzas de los gobernados.

Carles Puigdemont tiene la bendición de la libertad e interactúa con chocolates y cervezas belgas. Otros no lo siguieron y pagan purgas tras las rejas. La mitad de los catalanes creyó que, en su viaje al paraíso, se toparían con 72 vírgenes que los liberaría de las leyes que violaron al colocar urnas en las esquinas. Sin embargo, el día después no tuvieron el apoyo de la Unión Europea, no tenían ejército propio, no tenían un banco central ni tuvieron el reconocimiento ni siquiera de un solo país.

Desde el gobierno, se requería a un personaje como Mariano Rajoy para catapultar el eslogan del procés: “España nos roba”. El legado de Aznar nos enseñó que los extremos se cruzan, pero sobre todo se necesitan. El independentismo catalán fue alimentado por el nacionalismo y nula empatía de Rajoy.

El Partido Popular (PP) terminó por convertirse en una fábrica de independentistas. Pero al PP de Rajoy y de Aznar, el contable Luis Bárcenas le ha colocado un epitafio: “Aquí yace la contabilidad B, el lavado de dinero y la corrupción”.

Unos, los independentistas del procés, violaron la Constitución, otros también la violaron desde la inmunidad que obsequia el poder.

El presidente Pedro Sánchez envió a Cataluña como candidato del PSC a Salvador Illa, ministro de Sanidad, y por lo tanto, el político con la mayor visibilidad durante el tiempo del covid-19.  Sánchez aprovecha el desplome del partido Ciudadanos y el desgaste entre Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) de Oriol Junqueras (en el cárcel) y JxCat de Carles Puigdemont (en la Grand Place de Bruselas). El PP carece de protagonismo en Cataluña, tanto, que su rival del 14 de febrero será el ultraderechista Vox.

Sánchez tiene el enemigo en casa: Pablo Iglesias, admirador de las libertades castro chavistas y, en su tiempo libre, manipulador. Un par de semanas atrás se burló de los exiliados republicanos de la guerra civil al compararlos con los políticos del procés.

En ocasiones, la oposición cree que la realidad es un teatro y sólo se interactúa con el Gobierno en turno. Pablo Casado, presidente del PP votó en contra de la ley con la que el gobierno de Sánchez va a gestionar los subsidios que le entregará la Unión Europea para paliar la crisis. La ley fue aprobada gracias a la abstención de Vox. El mundo al revés.

Artur Mas, quien gobernara a Cataluña y rentabilizara los errores de Rajoy, le dijo a El País: “No me siento nada responsable de lo ocurrido a partir de octubre de 2017”.  Mas se encargó de enterrar a Convergencia i Unió (CiU) aprovechando el declive que catapultó una herencia no declarada ante Hacienda de su fundador y expresidente catalán por más de 20 años, Jordi Pujol.

Tras ser inhabilitado, Mas eligió a Carles Puigdemont para ocupar la presidencia de la Generalitat, y luego, ya sabemos en lo que acabó.

Pero Mas dice que no es responsable.

A 10 días de las elecciones, en la venta de ilusiones en Cataluña predomina la política, pero no la gestión de la pandemia. Vaya caso.

Twitter: @faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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