Un montón de gente ha salido a la calle para reivindicar a Manuela Carmena como quien viaja hasta el Palmar de Troya para ser bendecido.

No quieren que deje de ser alcaldesa y se han concentrado junto al Ayuntamiento para desearlo conjuntamente y con mucha fuerza, esperando que obre el milagro y el ejercicio de democracia de las pasadas elecciones sea sólo una mala pesadilla.

Al parecer, muchos ciudadanos de Madrid no han sido capaces de percibir el cambio brutal que ha experimentado la ciudad, que por fin tiene luz e ilusión. Y ahora corremos el peligro de que se frustre la primavera.

Gente que no se acerca al centro para descubrir lo que es respirar sano y pasear en silencio. Almas incompletas que se detienen en el semáforo y son capaces de ver la basura que se acumula en la esquina, pero no la poesía escrita sobre el asfalto.

Se habían acostumbrado a vivir en una sociedad desodorizada y ahora no saben apreciar la fragancia que desprende la acumulación cultural y las hojas descompuestas sobre la acera.

El golpe seco del bache que actúa como un desfibrilador, propiciando la salud del conductor. Desde que Manuela inventó la bici, como Felipe González la Seguridad Social y la vivienda de protección oficial, las calles son feministas y los gay ya tienen un día para celebrar con orgullo.

Y todos los fines de semana se corta la Castellana, pero no para que desfilen los ejércitos sino la felicidad, como cuando Sánchez Gordillo revienta las puertas del supermercado. Damos la bienvenida a los refugiados y luego nos despreocupamos de su destino.

Madrid ya era una ciudad abierta antes de que llegara Carmena —siempre habrá algún cafre— y lo va a seguir siendo sin ella, aunque el marketing se desvanezca. Volverán a aparecer los niños desnutridos. Emergerán porque siempre estuvieron en la calle o en el imaginario de los indignados. Esos seres que se apaciguaron con la simple presencia de la “adorable”, sin que nada hubiera cambiado, salvo el tema de conversación.

Le preguntaron a Carmena en mitad de su mandato por unos desahucios y dijo de soslayo que ya quisiera que fueran los últimos. Y ahora, añadió: “¿Intentamos hacer preguntas de carnaval que nos sorprendan con respuestas que nos sorprendan?”.

Si eso mismo lo hubiera dicho otra nos hubiera sentado como un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor, pero en julio y sin sombra. Pero Carmena es otra cosa.

Tengo un amigo, un veterano comunista de costumbres burguesas pleno de bondad, que la tiene en un pedestal desde que la conoce hace ya muchas décadas. “Carmena es la mejor”, dice sin aportar mayor explicación. “Alguna cosa buena ha hecho”, reconozco.

Pero la realidad es que no alcanzo a comprender el milagro.

@I_Garay