En su edición internacional, The New York Times publicó en abril de este año, una caricatura de Antonio Moreira Antunes que previamente se había publicado en el semanario portugués Expresso, donde se veía a un Trump feliz vestido con atuendos de judío paseando a un perro salchicha con la cara de Netanyahu. El hijo de este último subió la viñeta a Twitter calificándola de “antisemita”. El escándalo escaló a tal grado que el Times ofreció disculpas y decidió suspender por un año la publicación de cartones políticos en sus páginas, agraviando con esto a los caricaturistas de casa: Patrick Chappatte y Heng Kim Song.

Sería fácil argumentar que este hecho es un atentado a la libertad de expresión y gritar a los cuatro vientos: ¡censura!, ¡censura! o peor aún, internarme en las teorías de la conspiración acusando al lobbying judío como causante de tal afrenta, sin embargo, una duda cruza por mi cabeza: ¿Es el fin de la caricatura política?

La caricatura política surge cuando nacen los medios impresos de comunicación, en el contexto del Estado moderno, donde la esfera pública era la plataforma ideal para debatir ideas y confrontar oposiciones para acceder al poder, en esta nueva forma de organizarnos que se llamó: democracia.

hoy en día, el periodismo impreso pasa por uno de los momentos más complicados, con el advenimiento de las nuevas tecnologías. Algunos medios migran con éxito, otros han desaparecido, pero los más han logrado resistir a este tiempo. La naturaleza de la caricatura transita por estas mismas vías: se enfrenta a las nuevas formas de socializar, a nuevas técnicas digitales y, al igual que los periódicos, está sobreviviendo.

Dicho esto, ¿quién le paga al caricaturista? En su migración, los medios no han podido encontrar la forma de monetizar sus contenidos, entre ellos la caricatura. ¿Cómo generar ingresos y cómo pagarle al editorialista gráfico? Todavía no lo sabemos.

Y por otro lado, hacer humor cada vez es más difícil. Las formas de ver el mundo han cambiado. Los temas para el caricaturista se acotan frente a lo políticamente correcto. Ya no es posible hacer humor de sillas de ruedas, mujeres, gays, papás solteros, perros, toros, gatos, comida vegana, populistas, leche, carne, lácteos, productos farmacéuticos, lesbianas, judíos, cristianos, apóstoles de la Luz del Mundo.

Al mismo tiempo, el meme hace su aparición. Un caricaturista no puede enfrentarse y ganar frente a 1 millón de mensos en las redes haciendo chistes sobre un mismo tema. Y como es anónimo, el meme traspasa lo políticamente correcto, el buen gusto; no hay a quién reclamarle la corrientada, pues. En conclusión, el caricaturista dejó de tener el monopolio del humor y pasó a enfrentar lo que denominaremos “la democratización de la mamada”.

Finalizo. “La monetización” y “la democratización de la mamada” son dos dardos que dejo para el escrutinio público a modo de ejercicio de reflexión para la supervivencia de los caricaturistas. Por otro lado, la decisión de The New York Times está tomada. Pero ¿serán los nuevos tiempos, las nuevas formas de pensar del “hombre digital” —que ya no compra un periódico para informarse, no se ríe con un chiste de “negritos” ni consume productos que lo ayuden a reflexionar—, lo que propició también que los editores del Times dictaran su sentencia y pusieran fin a la caricatura política... empezando por sus propias páginas?

*El autor es caricaturista en El Economista y maestro en historia.

@chavodeltoro