Fue la capacidad de fuego de los grupos criminales y la facilidad con la que hicieron que el gobierno reculara en su obligación de hacer cumplir la ley lo que resultó más impresionante del episodio de Culiacán, Sinaloa, del jueves pasado. Es cuestionable la decisión del gobierno federal de renunciar a su obligación de hacer cumplir la ley ante el cálculo del daño menor, ya fuera de víctimas o de daño en la popularidad presidencial.

Pero lo que se vuelve a evidenciar es que la falta de planeación, la actuación por impulso, por creencias y no por conocimiento hizo que toda la violencia de la semana pasada, y en especial la desatada en Sinaloa, marque el resto de este gobierno.

Sin embargo, no es la primera vez que ese actuar por capricho, sin medir las consecuencias, desata una reacción violenta.

Fue también en octubre, pero del año pasado. No fue en Culiacán, sino en Texcoco, pero también fue una decisión, arbitraria y caprichosa, del gobierno federal, que desató una reacción radical, aunque con expresiones diferentes.

La cancelación de hace un año del aeropuerto que se construía en Texcoco también marcó a su gobierno incluso antes de iniciar su sexenio.

Las víctimas de hace un año, por esa mala decisión económica, fuimos al final todos. La desconfianza que se desató a partir de la evidencia de que los caprichos personales cuentan más que cualquier planeación marcó la relación entre los capitales privados y la entrante administración federal. Otras decisiones posteriores refrendaron este mal entendimiento.

Los sicarios de Culiacán sacaron a relucir los fusiles calibre 50. Pudimos conocer en todo el país que los criminales y los soldados se saludan como si terminara un partido de futbol, y que al final de cuentas son ellos los que dominan los destinos de una de las ciudades más importantes de Sinaloa y del país.

Hoy no es posible pensar algo contrario a que lo ocurrido en Culiacán puede suceder en Guadalajara, Reynosa o en Ciudad de México.

Los tiradores financieros de hace un año, que se vieron afectados con la cancelación del aeropuerto de Texcoco, no usaron AK-47, sino sus computadoras y hasta dispositivos móviles para sacar sus dólares de la economía mexicana.

Hace un año no se contaron balazos, sino puntos porcentuales de depreciación cambiaria, de aumento en las tasas de interés, de baja en los índices de confianza, y por lo tanto de caída en las expectativas de crecimiento económico.

No es exagerado decir que Culiacán marcará lo que le queda a la 4T en materia de seguridad, como tampoco lo fue en su momento atribuir a la cancelación del aeropuerto de Texcoco un antes y un después en relación entre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y los capitales privados.

Lo que vimos hace un año tras la pifia de la cancelación de aeropuerto fue que al gobierno federal no le importó e insistió en su modelo inviable de parchar la base militar de Santa Lucía.

Es quizá eso lo que podemos esperar de la estrategia de combate a la delincuencia del actual gobierno: no dar un paso atrás a la fallida visión de que sobra con los programas asistencialistas, y el regaño de las progenitoras, para que los delincuentes organizados ya se porten bien.

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Enrique Campos Suárez

Conductor de Noticieros Televisa

La Gran Depresión

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México, con especialidad en finanzas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México y maestro en Periodismo por la Universidad Anáhuac.

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

Es un especialista en temas económico-financieros con más de 25 años de experiencia como comentarista y conductor en radio y televisión. Ha formado parte de empresas como Radio Programas de México, donde participó en la radio empresarial VIP. También formó parte del equipo directivo y de talento de Radio Fórmula.