El conocimiento popular dice, con acierto, que lo único constante en la vida es el cambio. En todos los ámbitos en los que estamos inmersos, los seres humanos aprendemos a vivir con incertidumbre y a pesar de ella tomamos decisiones. Es decir, constantemente nos adaptamos a nuestra realidad, tomamos decisiones estratégicas y, en anticipo a futuros cambios, construimos planes de contingencia. En todo este proceso hay un aspecto fundamental: la confianza en que ciertas condiciones habrán de prevalecer o evolucionar alguna trayectoria medianamente previsible.

Las empresas, como una agregación de voluntades individuales, también reflejan de cierta manera este modo de actuar, por lo que la confianza es uno de los cimientos de cualquier economía de mercado. Sólo las empresas que confían en el entorno económico invierten en capital productivo, llevan a cabo actividades de innovación, y generan empleos, pues perciben un entorno legal y económico estable que brinda certeza sobre el retorno de sus inversiones. Sólo las personas que confían en el entorno económico compran bienes duraderos, como casas, electrodomésticos e, incluso, participan activamente en el sistema financiero, obteniendo créditos y ahorrando dinero a cambio de una tasa de interés.

Para el sector financiero, la confianza es también uno de sus más preciados activos, ya que constituye la columna vertebral de la certeza de ahorradores y acreditados sobre las condiciones financieras que enfrentan hoy y durante el horizonte de planeación financiera de sus recursos. Difícilmente podíamos imaginar un sistema financiero captando recursos del público y otorgando financiamiento si no existiera la confianza de que cada extremo de la cadena comercial —público y empresas— cumplirá con sus obligaciones.

Hoy, los mexicanos estamos enfrentando un cambio profundo en la dirección de la política pública que, como cualquier proceso disruptivo y transformador, genera al mismo tiempo altas y bajas expectativas hasta que no se perciban resultados concretos. Muchos de estos cambios, aunados a un entorno global complejo, se han traducido en incertidumbre para las empresas y los consumidores. De continuar por este rumbo, podríamos estar ante un escenario de pérdida de confianza, limitando con ello el crecimiento económico de nuestro querido país. En los siguientes párrafos abundo en esta hipótesis.

Al ser una economía abierta, México resiente los efectos de las complicaciones recientes en el entorno comercial mundial. Muestra de ello es que, en el primer cuatrimestre del año, las exportaciones totales de nuestro país crecieron 3.5% respecto al mismo periodo del 2018. Esta expansión es significativamente menor a las registradas por lo menos durante los dos últimos años, de 12.7% en el primer cuatrimestre del 2018 y de 9.5% en el mismo periodo del 2017. Sin duda, esto es producto de la difícil situación por la que atraviesa el comercio internacional, que ha tenido como principal protagonista el conflicto entre Estados Unidos y China.

A nivel doméstico, el pasado 24 de mayo el Inegi publicó los resultados del Indicador Global de la Actividad Económica para el mes de marzo. Como muchos analistas económicos lo anticipaban, no fueron buenas noticias. El tercer mes del año, la actividad económica agregada cayó 0.6%, tanto en términos mensuales como en su comparación anual (cifras desestacionalizadas). Con este resultado, el PIB —la métrica por excelencia del crecimiento económico— se contrajo 0.2% respecto al último trimestre del 2018, y registró una expansión de apenas 0.1% comparado con el mismo periodo del año pasado (datos desestacionalizados). Si quisiéramos poner en contexto esta tasa, la serie del Inegi no registra otro crecimiento positivo anual tan magro entre 1993 y el 2019-T1, periodo que representa la longitud total de la serie.

Por su estrecha relación que tiene con el crecimiento económico, los últimos datos del empleo formal tampoco son halagüeños. No se ha dejado de generar empleo, si bien a una tasa cada vez más baja. La variación del empleo en los últimos 12 meses es de 504,821 puestos, equivalente a un incremento anual de 2.5%, la tasa más baja desde abril del 2010, cuando se registró un crecimiento de 3.1%. Incluso, contando la creación acumulada de puestos de trabajo en los primeros cuatro meses del 2019 (299,562), estamos ante el menor nivel en seis años, ya que desde el 2013 no se generaban menos de 300,000 nuevos puestos en el primer cuatrimestre del año.

Implícitamente, estos y otros indicadores se reflejan en las expectativas de los especialistas del sector privado que dan seguimiento a la economía mexicana. De acuerdo con los resultados a mayo de la encuesta que realiza el Banco de México a los especialistas en economía del sector privado, la mediana del crecimiento esperado para este año es de apenas 1.35%, cifra inferior a 2% estimado por el gobierno federal. Lo que llama la atención no es que el sector privado sea más conservador en la expectativa de crecimiento, sino que éste haya recortado su proyección tres veces en los últimos cinco levantamientos de la encuesta.

Organismos internacionales también han comenzado a observar señales negativas en nuestro panorama económico. Así, por ejemplo, en su reciente Economic Outlook del 21 de mayo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos recortó sus previsiones de crecimiento para la economía mexicana, al pasar de 2.5 (en su reporte de noviembre del año pasado) a 1.6 por ciento.

En el mismo sentido, los mercados e inversionistas internacionales también ya han comenzado a descontar estas señales. Desde el punto de vista financiero, los mercados consideran que la probabilidad de que nuestro país incumpla con sus obligaciones financieras es mayor que antes. Muestra de ello fue la reducción en la calificación soberana de México por parte de la agencia Fitch Ratings, de “BBB+” a “BBB”, así como las asociadas a las obligaciones financieras de Pemex y de CFE (de “BBB-” a “BB+”, y de “BBB+” a “BBB”, respectivamente) y el cambio de Estable a Negativa en la perspectiva crediticia de CFE por parte de Moody’s. Por otro lado, a principios de mayo, de acuerdo con la firma internacional AT Kearney, México cayó ocho posiciones en el Índice de Confianza de Inversión Extranjera Directa. Si bien la calificación del país en este indicador subió ligeramente, no lo hizo a la misma velocidad que el resto de las economías contempladas en la muestra de AT Kearney.

Estas señales nos deben alarmar a los mexicanos. Es un hecho que a todos nos urge que al país le vaya mejor, y ésa fue la principal lección del año pasado, los mexicanos queremos mejores condiciones de vida y un cambio verdadero en la forma de actuar de todos los actores con responsabilidad. Para lograrlo, debemos vigilar las necesidades de nuestro prójimo, procurando un ambiente de negocios que promueva la generación de oportunidades, especialmente para aquellas personas en situación de pobreza o marginación.

La evidencia internacional muestra que aquellos países con un crecimiento económico vigoroso son precisamente aquellos que han logrado luchar contra la pobreza de manera más efectiva. No existe una receta para hacer que un país crezca a tasas más aceleradas, ni tampoco un único camino. Asumamos el compromiso de hacerlo juntos, y comencemos por generar confianza.