La Asamblea General anual permite comparar estaturas, pesos y capacidades de todos los países del mundo.

Septiembre se ha convertido en el mes sin fronteras. Al menos sobre la superficie de Naciones Unidas rodeada por Nueva York.

El ejercicio de escuchar los discursos de los presidentes y primeros ministros equivale a recorrer el mundo político en menos de una semana.

Existen presidentes que insisten en apostar por la prehistoria: sin satélites de comunicación, sin prensa internacional, sin internet, y lo peor, sin sentido común. Uno de ellos es Bolsonaro. Su perfil ideológico embona con el que tiene la tribu QAnon. De posturas negacionistas, el presidente de Brasil volvió a pedir el uso de cloroquina para tratar la Covid-19. Llama la atención la similitud de algunos mensajes de Bolsonaro con los vertidos por el venezolano Nicolás Maduro. Ambos llegaron a decir “sus verdades”.

Bolsonaro usó su turno “para mostrar un Brasil diferente a lo que se publica en los periódicos o en la televisión”.

Maduro dijo que llevaba el mensaje de lo que pasa en Venezuela, “de verdad”.

Comparables son la fuerza legal que existe en Nueva York y la ciudad de México. Maduro tuvo que enviar un video para que se presentara en la Asamblea General, porque para la justicia estadounidense es prófugo de la justicia internacional por posibles crímenes de lesa humanidad documentados por el equipo de Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Hay un premio de US 15 millones para quien otorgue datos sobre la ubicación de Maduro. En cambio, Maduro pudo asistir al Palacio Nacional sin ningún problema. Le dieron gel para que se limpiara las manos de sangre, y eso fue todo.

¿En dónde está el Fiscal General de México? ¿Pudo haber ordenado la detención de Maduro en la esquina de Bucareli y Reforma?

A Guatemala, Honduras y El Salvador solo los une su batalla en contra del gobierno de Joe Biden. Nada más los une. El guatemalteco llevó a la tribuna de Naciones Unidas su pleito con Estados Unidos. El consumo de drogas como el mal de todos los males. De esa manera no tuvo tiempo para hablar de la corrupción que existe en su gobierno.

Juan Orlando Hernández leyó supuestos mensajes interceptados por la DEA para demostrar su inocencia. El hondureño se apoyó en la serie de Netflix, Narcos, para insistir que los comentarios de narcotraficantes que lo exculpan de estar vinculado con el crimen organizado sirven a los guionistas de la famosa serie.

De Bukele se ha sabido que le queda a la medida el traje de dictador. Así se asume. Un dictador cool, pero a final de cuentas se trata, en potencia, del primer dictador millennial.

Los discursos que salen de la Asamblea General anual de la ONU, en la mayoría de los casos, tienen fecha de caducidad. Algunos de ellos son reproducidos por medios de comunicación, pero una o dos semanas después de la Asamblea, se disipan. Son sueños internacionales, dicen algunos.

Pero lo dicho por António Guterres, secretario general de la ONU, el pasado martes, debería de ser asimilado por la sociedad global.

El mundo está “al borde del precipicio”, instando a China y a Estados Unidos a dialogar; “nos enfrentamos a la mayor cascada de crisis de nuestra vida”, incluyendo por supuesto el impacto de la pandemia.

Un planeta, pero dos mundos: uno usa reglas comerciales similares, en el otro, no.

También son comparables algunos discursos en la ONU con algunos de la Celac. En la ONU se abordan temas del presente y del futuro. En la Celac, se discute a profundidad el pasado.

Carlos Fuentes decía que su palabra favorita era: atención. ¡Atención con el discurso de Guterres!

Twitter: @faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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