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Columbine, otra vez
De un país que se tiene miedo a sí mismo
El próximo 19 de abril se cumplen 19 años de la matanza de la Columbine High School. Casi dos décadas. Aquel hecho tan lamentable no fue ni el último ni el más sangriento de la historia de Estados Unidos. Desde entonces otras escuelas, otros asesinos han salpicado las noticias: Virginia Tech, Sandy Hook, Seung Hui Cho, Adam Lanza y ahora Nikolas Cruz.
Recuerdo perfectamente el día que sucedió Columbine. Yo iba en la prepa, como los perpetradores y sus víctimas. Me obsesioné con el tema. Mientras más leía al respecto, más me asustaba: yo me parecía mucho a Eric Harris y Dylan Klebold, los dos asesinos. De repente me descubría sintiendo más compasión por ellos que por sus víctimas. Era una locura, lo sé, pero ellos y yo éramos lo mismo: parias sociales, infelices en la escuela, solitarios, brillantes a su modo y oscuros también, muy oscuros. Oíamos la misma música, jugábamos los mismos videojuegos, en fin, emocionalmente éramos muy parecidos. Me di miedo a mí misma.
Con el tiempo yo descubrí la razón de mis sentimientos: vivo con trastorno bipolar. ¿Eso significa que habría apuntado una pistola contra mis compañeros de escuela, mis profesores? Por supuesto que no y soy firme al respecto. Hubiera sido más probable que usara la pistola contra mí misma antes que usarla contra los demás.
Todo esto al respecto de la supuesta relación entre la enfermedad mental y la violencia por arma de fuego en lugares públicos, particularmente escuelas, en Estados Unidos. Mientras el duende anaranjado que gobierna esa nación manda sus plegarias por las víctimas en Florida, nadie en los altos niveles de gobierno cuestiona en serio la política de puertas abiertas a la compra y venta de armas de todo tipo de calibre; lo mismo rifles de caza, que en varias zonas del país son necesarias para sobrevivir, que armas largas de asalta que pertenecen a una película de acción y que no tienen lugar en la calle y menos en las manos de adolescentes con ganas de vengarse.
La madre de Adam Lanza, el asesino de niños en la primaria Sandy Hook, coleccionaba armas. Con esas mismas armas su hijo la mató y cometió uno de los actos violentos más tristes de la historia reciente.
¿Se trata de actos cometidos por “locos”? Es muy fácil atribuir la culpa a desequilibrados mentales. Por el número de eventos similares se podría afirmar que nuestro vecino está lleno de gente loca. Y miren que se supone que el país violento de Norteamérica somos nosotros.
No, la respuesta ha de buscarse en otro lado. Se necesita un control de armas y olvidarse de un principio constitucional, el que otorga el derecho a armarse para la defensa propia, que quedó obsoleto hace dos siglos.
Se ha acusado a Hollywood y su cultura de violencia de promover estos actos. También se habla de la cultura de la gratificación instantánea en la que vivimos: ¿me caes mal? ¡Debes morir! Si fueran las películas y los videojuegos los culpables de los tiroteos hace mucho que habríamos visto hechos similares en otros lugares del mundo. Los ha habido pero no con el volumen que se supondría si aceptamos que Hollywood y la industria de entretenimiento estadounidense son globales.
Estados Unidos es un país que solo sabe vivir con miedo. El miedo a la bomba ha sido sustituido por el racismo y la xenofobia. Ahora, ante esta nueva matanza en una escuela, Estados Unidos debería ser un país con miedo a sí mismo.
Pero el asunto se olvidará. Thoughts and prayers.
