Las buenas prácticas en materia de sistemas de pagos digitales demuestran que la adopción de estos sistemas puede tener un efecto positivo en la economía de un país, acelerando el consumo, la inversión y el empleo. Por ejemplo, estimaciones hechas por Moody’s para una muestra de 70 países entre el 2001 y el 2015 (The Impact of Electronic Payments on Economic Growth) sugieren que la actividad económica adicional atribuible al uso de pagos electrónicos equivale a la creación de 2.6 millones de empleos anuales.

Los sistemas de pagos digitales también tienen efectos positivos sobre la recaudación y la rendición de cuentas de, por ejemplo, recursos públicos. Así, no es casual que la expectativa de crecimiento del valor de los pagos móviles en países como China sea de 112% para el periodo 2014-2019, y que, sólo para este año, se espera que 24.7 trillones de dólares (anglicismo) en transacciones se realicen a través de aplicaciones como Wechat y Alipay (iResearch, 2017 China Third Party Mobile Payment Report).

Pero los avances en la adopción de medios de pago digitales no son exclusivos de economías desarrolladas o de mercados titánicos, como el chino. Pensemos en el caso de M-Pesa en Kenia, donde, según estimaciones de la misma compañía, 40% del PIB de dicho país en algún momento es transferido a través de su plataforma Bank 4.0.

Por lo anterior, los gobiernos de varios países del mundo han desarrollado sus propios sistemas digitales de pago e incluso han salido a la búsqueda de hacer estos sistemas interoperables (o al menos compatibles entre sí), como es el caso del monedero digital que actualmente diseñan los denominados países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que permitirá a sus usuarios pagar por compras hechas en cualquier país de este grupo sin pasar por los sistemas de pago internacionales tradicionales.

México, por su parte, ha emprendido sus propios esfuerzos en esta materia. Ya hemos hablado en este espacio sobre el anuncio conjunto de la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, de inicios de este año, sobre el lanzamiento de un sistema de pagos digitales (CoDi), que permitirá a los mexicanos realizar y recibir pagos con tecnología QR a través de sus teléfonos inteligentes, y de forma gratuita.

Más aun, en el marco de la Reunión Plenaria del Consejo de Citibanamex del pasado lunes 11 de marzo, el secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, reafirmó el lanzamiento del CoDi y presentó medidas complementarias que buscan reducir el uso de efectivo entre los consumidores del país. Dentro de las medidas destacan la emisión y recolección de pagos de gobierno mediante canales electrónicos, el establecimiento de un monto máximo de recursos en efectivo para la adquisición de bienes inmuebles y de ciertos bienes duraderos, así como el pago de colegiaturas. El secretario también anunció el otorgamiento de incentivos fiscales para que los prestadores de servicios profesionales, como médicos, abogados y arquitectos, privilegien la recepción de pagos electrónicos.

Desde mi punto de vista, ambos anuncios dan fe de la voluntad del sector hacendario por impulsar decididamente acciones para democratizar los servicios financieros, siempre de la mano de las empresas que conforman al sector. Después de todo, de acuerdo con el Inegi, en México prácticamente 95% de los adultos utilizó efectivo en sus compras menores a 500 pesos (y 87.5% en compras mayores a este monto), lo que refleja que aún tenemos mucho camino por recorrer.

Para reguladores y jugadores del mercado, el gran reto radica en convencer a millones de usuarios de adoptar este tipo de tecnologías innovadoras en sus labores cotidianas, pues el rival a vencer es el dinero en efectivo. Es decir, los productos y servicios que se pongan a disposición de la población deberán contar con el mismo nivel de conveniencia, universalidad, aceptación y simplicidad que el dinero contante y sonante.

Sin embargo, la encomienda no termina allí. En esta era digital en la que vivimos, y para rivalizar con el efectivo, los consumidores esperarían soluciones con un alto grado de disponibilidad, es decir, que se puedan utilizar a cualquier hora, en cualquier localización, y que sean aceptadas prácticamente para cualquier propósito. Los medios para aceptar los pagos deben estar, además, presentes en prácticamente cualquier lugar (ubicuidad), ya sea de manera física o de manera electrónica, y deben ser lo suficientemente flexibles para adaptarse a cualquier necesidad.

Todas estas características, dignas de un ecosistema, pueden ser concebidas solamente en un entorno tecnológico robusto y confiable, capaz de soportar millones de transacciones provenientes de millones de usuarios. También, en la medida de lo posible, debe poder vencer las disparidades de adopción tecnológica y accesibilidad que están presentes a lo largo de nuestro país.

En otras palabras, deben estar pensadas para que prácticamente cualquier persona pueda ser usuaria, sin importar la plataforma tecnológica desde la que busque acceder. Finalmente, no debemos dejar de lado el aspecto disruptivo, aspecto inherente de la tecnología: vayamos por esquemas abiertos, interoperables y que se plantee como objetivo su masificación.

Montar este rompecabezas pareciera una tarea gigantesca y sumamente ambiciosa. Es probable que el reinado del efectivo todavía prevalezca por algún tiempo, pero hay algo que parece incuestionable: a México le urge un ecosistema digital que ponga en el centro de sus prioridades al consumidor, y que lo acompañe siempre que éste busque cobrar, guardar (valor) o pagar.