Buscar
Opinión

Lectura 5:00 min

Cada quien su revoltijo (o mezclas varias para celebrar los tiempos que se acaban)

main image

De nuestra buena sazón y singular talante, hay noticias desde siempre. Recetas, noticias y consejas, desde antes de que la patria tuviera nombre y a lo largo de todos los nombres de la patria hay montones. Pero pocos autores y cronistas extranjeros como Madame Calderón de la Barca.

De origen escocés, de nombre Frances Erskine Inglis, fue una mujer harto sagaz y curiosa. Esposa del primer ministro plenipotenciario de España en México, Ángel Calderón de la Barca, cambió de apellido y de rumbo cuando llegó a México en 1939. Una vez emprendido el viaje se dedicó a escribir  copiosas cartas a sus parientes de Boston, contándoles todo lo que miraba a su paso. Tantas, lector querido, que terminaron componiendo un libro que muchos confunden con diario íntimo o guía turística, pero que en realidad se llama “La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país” y es una insuperable colección de crónicas.

El asombro por el paisaje y la arquitectura, no desmerece su interés por nuestras costumbres gastronómicas. Sobre todo las de Navidad y fiestas de año nuevo. Como ejemplo, la carta correspondiente al 18 de diciembre que relata, con una gran emoción una visita a casa del general Antonio López de Santa Anna, (que ya había perdido la pierna pero todavía no su reputación).

Levantados a las dos de la mañana, felices de poder salir de Veracruz,  Madame Calderón escribe que “dos cajones, llamados carruajes, tirados por mulas”, los esperaban, para llevarlos a Manga de Clavo, la famosa hacienda de descanso de Santa Anna. Después de algunas horas de viaje llegan a su destino y luego de cruzar las varias leguas del jardín privado, del que muchas veces había sido y sería presidente de México, llegaron a la casa grande. Eran las cinco de la mañana. Una hora nunca propicia para hacer visitas sino, en todo caso, para despedirlas. Madame se muestra impresionada por la recepción de oficiales y ayudantes uniformados y más aún por la gentileza y el atuendo de la señora de la casa, toda ella vestida de muselina blanca, zapatos blancos de raso y con muy espléndidos diamantes en su prendedor, aretes y sortijas. Sencillita y fresca como pocas, vamos. A pesar de la hora, también aparece la hija del matrimonio, “una miniatura de la mamá”.

Sin embargo, faltaba el principal anfitrión de aquel convite decembrino. Madame Calderón de la Barca describe el momento de la siguiente manera:

“Poco después hizo su entrada el general Santa Anna en persona. Muy señor, de con muy buen vestido, derrochando sencillez, con una sombra de melancolía en el semblante, con una sola pierna y algo peculiar del inválido y, para nosotros, la persona más interesante de todo el grupo. De color cetrino, hermosos ojos negros de suave y penetrante mirada, e interesante la expresión de su rostro. No conociendo la historia de su pasado, se podría decir que es un filósofo que vive en digno retraimiento, que es un hombre que, después de haber vivido en el mundo, ha encontrado que todo en él es vanidad e ingratitud, y si alguna vez se le pudiera persuadir en abandonar su retiro, sólo lo haría, al igual que Cincinato, para beneficio de su país.”

Evidente que Madame no era adivina. No sabía que estaba ante el mismísimo Quinceuñas –apelativo quizá cruel pero ingenioso– seductor,  dictatorial y fraudulento, que se convertiría en uno de los hombres más odiados de la historia patria. Quizá el largo viaje en barco la había mareado, el trayecto en el carruaje obnubilado y la cercanía de la Navidad conmovido hasta el extremo. El almuerzo también la llena de emoción junto con las buenas viandas. Después de carne, legumbres, mucho vino y pescado, todo ellos servido en vajilla francesa en blanco y oro y una despedida muy afectuosa, partieron. Pero esta vez en un coche estadounidense tirado por hermosas mulas bien peinadas- hacia la ciudad de México. Pararon en Jalapa, comieron por primera vez “chile y ajo que el hambre hizo pasaderos” y cuando llegó la Nochebuena estaban en Puebla. A Madame no la dejaron ir a misa de gallo ni probar el mole. Pero se sabe –ella misma lo dice– que a las tres de la mañana, ya en Navidad, se las agenció para tomar un chocolate calientito asomada  por un balcón. Pensaba en qué le traería la fiesta de año nuevo y se preguntaba que irían a cenar esa noche los Santa Anna.

¿Acaso una porción de yerbas sumidas en el caldo negro de aquella enorme olla que apestaba a camarones, chile y chocolate? O ¿quizá un plato de aquel caldo, que no se había atrevido a probar, con patas de pollo hervidas junto a calabazas, zanahorias y mazorcas?

Madame nunca supo lo que se comió en aquella cena, pero al pasar del tiempo comió y supo del nombre de todos los platillos. Revoltijo, puchero, negro mole y romeritos. Sin embargo sí sabía que no hay fecha no se llegue ni plazo que no se cumpla. Y es divertido imaginar –aunque no hay crónica alguna–  que en su última Noche Vieja en estas tierras, ya no extrañaba el queso con pan y vino y recibió el Año Nuevo celebrando su propio revoltijo: clemole, tortilla y pulque.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete