Thomas Malthus vaticinó que la población crecería de manera geométrica —e implícitamente sus necesidades— mientras que sus satisfactores (la producción de alimentos) lo harían de manera aritmética. Más de dos siglos después, y para fortuna nuestra, hemos sido testigos de un fenómeno que ha crecido casi al mismo ritmo que nuestras necesidades: la tecnología.

Los avances tecnológicos han sido un habilitador fundamental para la generación y transmisión de conocimiento (pensemos en la imprenta), nos han permitido vivir por más tiempo que las generaciones pasadas (la penicilina), e incluso han impulsado de manera drástica la creación de riqueza (el motor de combustión interna).

Por definición, la tecnología nos ha permitido realizar tareas que hubieran sido sinónimo de utopía en generaciones previas. Por ejemplo, hoy la supercomputadora Summit puede realizar en un instante el mismo número de cálculos que a un ser humano le tomarían 6 billones de años ininterrumpidos, suponiendo que dicha persona es capaz de realizar un cálculo cada segundo.

Pero, ¿por qué aspectos tan etéreos, como el poder de procesamiento de las computadoras, nos son cada vez más relevantes? Seguramente no es el único factor, pero es innegable que la presencia de ordenadores cada vez más potentes hizo posible que hoy en día aplicaciones que tienen una función principal que dista mucho de los servicios bancarios, como Alipay, lleguen a procesar más de 87,000 transacciones por segundo (como referencia, en México se registran apenas cerca de 2,000 millones de transacciones en terminales punto de venta en todo un año, lo que nos da tan sólo 63 transacciones por segundo en todo el sistema de adquirencia bancaria). En otras palabras, la tecnología funciona como un revulsivo de las capacidades de las empresas, dándoles cada vez mayores herramientas para competir y, a partir de ello, ampliar las libertades económicas de los hogares que habitan los sistemas de mercado.

Una externalidad positiva que ha surgido a raíz de los avances tecnológicos más recientes radica en que hoy somos capaces de medir con gran precisión prácticamente todo lo que hacemos. Como consecuencia, contamos con enormes volúmenes de datos que pueden ser convertidos en información útil (big data). El big data ha generado una disrupción particularmente notable en el sector financiero y lo ha vuelto más incluyente, eficaz, eficiente y preciso.

Así, por ejemplo, empresas como Tala han dejado atrás el viejo modelo de préstamos personales, basados en un score de riesgo convencional, para migrar hacia un esquema de calificación determinado por los patrones de conducta y hábitos de los solicitantes de crédito. De esta manera, es el actuar cotidiano del individuo (y no la razón entre su activo y pasivo) los que determinan si es o no confiable para pagar un crédito. Tala obtiene la información necesaria para su modelo de evaluación, analizando los datos contenidos en los smartphones de sus aplicantes.

Derivado de que los avances tecnológicos han permitido que las instituciones financieras accedan exponencialmente a una cantidad mayor de datos, la mayor personalización de productos surge como un fenómeno natural e inevitable que impulsará el crecimiento de las empresas fintech.

Los expertos consideran que existen empresas fintech con la madurez suficiente para comenzar a cotizar en Bolsa durante el 2019, como es el caso de las plataformas de administración de inversiones Robinhood y de gestión de finanzas Credit Karma, las cuales cuentan con el tamaño suficiente, así como la rentabilidad necesaria para volverse públicas. Asimismo, para el 2019 se considera que habrá un aumento en las fusiones y adquisiciones de estas empresas, sobre todo por parte de los principales bancos americanos, los cuales cuentan con disponibilidad de capital de aproximadamente 100,000 millones de dólares. Asimismo, se espera que las empresas fintech con mayor desarrollo, como es el caso de Stripe, comiencen a realizar adquisiciones.

Por otra parte, se espera que las grandes compañías de tecnología se involucren aún más en la industria financiera, como es el caso de Google, que ha venido profundizando su trabajo en Asia con Google Pay, experimentando con códigos QR para pagos peer to peer. También se espera un crecimiento en los pagos con tarjeta contactless, que permiten a los consumidores utilizar su plástico en las terminales punto de venta sin tener que deslizarlo o insertar un chip. Por último, se estima que durante el 2019 las compañías fintech continuarán expandiéndose y probando nuevos productos derivado de la amplia oferta de capital existente, como es el caso de Soft Bank Group, quien ha venido financiado a distintas empresas de esta rama.

Estas tendencias, sin duda, nos indican hacia dónde se moverá la oferta financiera en los siguientes años, pero no podemos perder de vista el lado de la demanda. Esto es especialmente relevante en nuestro país, pues existe un importante segmento de la población (40 millones de adultos de acuerdo a la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera, ENIF, 2018) que está al margen del ecosistema financiero. Experiencias internacionales como la de M-PESA, que a través de mensajes SMS logró satisfacer el mercado de transferencias en Kenia, nos sugieren que el sistema financiero mexicano cuenta con los recursos tecnológicos suficientes para llegar a esos 40 millones de personas.

En la opinión del presente, y desde la óptica de la demanda, un aspecto vital radica en ayudar a las personas a generar confianza en el sistema financiero, y a vencer las barreras de entrada que las mantiene al margen de éste, muchas veces, relacionadas con el desconocimiento y la presencia de creencias erróneas. No es casualidad que, de acuerdo con el más reciente levantamiento de la ENIF, 29% de los adultos mexicanos prefiere pagar en efectivo por costumbre, y otro 23% adicional lo hace por desconfianza a las tarjetas de débito (que pudiera considerarse como la alternativa más cercana).

Necesitamos, por lo tanto, poner mucha más atención en los hábitos y conductas de las personas para generar los incentivos que los conviertan en usuarios activos de la banca y sus servicios. En este cometido el big data puede jugar un rol central, como ya lo han comenzado a demostrar distintas empresas alrededor del mundo. Mantengámonos pendientes del ingenio mexicano.

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