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La 4t la construyó

Miguel González Compeán | Columna invitada
Nunca, como esta semana, la frase de que “el poder corrompe y, mucho poder, corrompe más”, ha sido tan cierta a propósito de Guadalupe Taddei y su conflictivo y triste paso por el INE.
El principal problema es que se nombró en una institución que por definición era democrática y cuidaba la democracia, a una persona que de demócrata no tenía ni un pelo.
He tenido la suerte de conocer personalmente a todos los que han sido presidentes del IFE/INE y a una buena parte de sus consejeros a lo largo del tiempo y todos coincidían en una cosa: el IFE/INE es fácil de manejar, porque sólo hay que hacer lo que la ley indica. Es decir, trabajar colegiadamente, lo que evita desviaciones y que la voluntad de una sola persona se imponga y, decían, seguir los pasos que la ley y los reglamentos han definido con toda claridad.
A la señora Taddei ambas cosas le resultaban un estorbo, si sobre todo quería dar la impresión de cercanía con el oficialismo y hacer que su voluntad prevaleciera, aunque sus decisiones fueran un desastre.
La señora Taddei, como todos sabemos, llego de las manos de dos grandes de la política actual: Alfonso Durazo y Andrés Manuel López Obrador. La conocían de tiempo atrás y se vincularon con ella con todo propósito, sobre todo para efectos del instituto electoral del estado de Sonora.
Llego como una propuesta y, sin haber resultado brillante ni notoria su participación, ante la falta de acuerdos en la cámara baja, en una “tómbola” salió sorteada/designada por ambos dedos que la señalaron.
Desde el principio su falta de capacidad negociadora, política y de desempeño institucional afloraron. Las noticias que se tienen de los viejos miembros del servicio civil de carrera del INE, que tienen años de experiencia y han visto pasar a varios presidentes, eran desalentadores. Ordenes contradictorias. Conflictos permanentes con los otros consejeros. Incapacidad para acordar perfiles adecuados para los puestos vacantes en el ámbito ejecutivo de la institución y, sobre todo, un ánimo permanente de demostrar que ella era la presidente del INE y los demás debían plegarse a sus designios.
Con el capital político que poseía y, en particular, con su demostrada filiación y cercanía a la 4t solicitó, ante la pretensión de los demás consejeros de la institución y de la vieja estructura profesional del INE cambios o modificaciones a la legislación que le dieran manga ancha para que ella pudiera tomar decisiones administrativas sin tener que pasar por las engorrosas comisiones que la legislación anterior había construido.
Rápidamente, con el permiso inscrito en papel, con una ley a modo y sintiéndose parte de la “gran transformación”, comenzó a hacer de las suyas. Logró que 13 estados tuvieran contratos con su proveedor preferido José Alfredo Hernández Casillas que a través de 7 empresas triangulaba y simulaba concursos para ser adjudicado con competencias a modo y designaciones directas. El monto total de los contratos dados a sus empresas suman, según la ASF y el OIC del INE unos 1,300 millones de pesos. No es extraño que acabaran los hijos de la señora en parís bebiendo champagna en el hotel más exclusivo y caro de parís. No es extraña tampoco su cercanía con la 4t. Sus hijos trabajan en el gobierno federal y dos directamente con el gobernador Alfonso Durazo.
El poder corrompe y sin contrapesos y mecanismos legales que cumplir, mucho poder, corrompe más. Nada más, pero nada menos, también.


