El 22 de diciembre marca el aniversario un tanto desapercibido sobre un cambio trascendental que fue la adopción del actual régimen cambiario de libre flotación. Son ya 23 años con este arreglo que inclusive ya sobrepasó los 22 años y cuatro meses del tipo de cambio fijo, el famoso “12.50”. Ya es toda una generación que sólo conoce a la libre flotación cambiaria como sistema de cambios.

La flotación complementa la trilogía ideal de la banca central con la autonomía y política monetaria eficaz. Ha probado ser el mejor arreglo para absorber choques externos sobre la balanza de pagos, ya que funciona como un mecanismo autocorrector cuando se perciba que la cuenta corriente no es financiable sin implicar pérdida de reservas internacionales. Es decir, no se requieren intervenciones directas en el mercado de divisas por parte del Banco de México. Además, cuando éste interviene, lo hace de manera indirecta, muy esporádica y sujeto a reglas claras de mercado que excluyen cualquier discrecionalidad para guiar deliberadamente al tipo de cambio hacia un valor específico.

Con lo anterior, no tiene mucho sentido calcular supuestas sobre o subvaluaciones cambiarias, pues por definición, el tipo de cambio que se observe será de equilibrio, ya que es resultado de la demanda y la oferta de miles y miles de transactores en el mercado, por lo que resulta inútil tratar de “pronosticar” o construir “un modelo predictivo” sobre el tipo de cambio. Como no hay parámetros de política (que sí hay bajo un tipo de cambio fijo o de flotación sucia), no se puede modelar el comportamiento. Los operadores de mercado pueden tener el pulso del corto plazo que es valioso y pueden dar alguna idea de la cotización más inmediata, pero hasta ahí llega su capacidad predictiva. Lo más que podemos esperar es que si la economía crece, si se controla la inflación y si se disipan elementos de desconfianza e incertidumbre para la inversión, el tipo de cambio deberá tener una evolución más estable.

Como gobernador, Carstens hizo el error de opinar sobre el nivel del tipo de cambio y de hablar de subvaluación. Díaz de León ya ha dado señales de alejarse de esta práctica inconveniente. Lo que falta ahora para culminar la eficiencia de nuestro sistema cambiario es otorgar plena autonomía al Banco de México y transferirle la responsabilidad que hoy reside en la Comisión de Cambios, cuyas decisiones dependen de la Secretaría de Hacienda. Hasta ahora no ha habido conflictos en la Comisión entre Banxico y el gobierno, pero urge un antídoto legal para evitar que un futuro presidente tenga la tentación de regresar a un sistema cambiario controlado y de poner en práctica imaginativos esquemas de “ingeniería cambiaria”. Ya México experimentó en su historia con todo tipo de arreglos cambiarios controlados con resultados negativos. Todavía es tiempo para que este gobierno mande al Congreso una iniciativa en ese sentido.

federico@rubli.net