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Geopolítica

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Trump, un año de polarización y diplomacia de intercambio

El presidente de Estados Unidos cumple un año de su segundo mandato entre tensión interna, polarización y una política exterior transaccional.

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Donald Trump, presidente de Estados Unidos.AFP

Perla Pineda

A un año del inicio de su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha consolidado un estilo de gobierno más confrontativo y concentrado en el poder, marcado por una fuerte polarización interna, tensiones institucionales y una política exterior guiada por intereses transaccionales más que por alianzas tradicionales.

Lejos de un colapso del sistema político estadounidense, Gildardo López, académico de la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana, advierte una tensión sostenida y controlada en todos los frentes.

“Trump, que aprendió a operar el sistema político durante su primer periodo, ejerce ahora al máximo las atribuciones del Ejecutivo, empujando de forma constante los límites constitucionales. Ha cuidado de no vulnerar las tres grandes instituciones, pero ha ejercido una política confrontativa y de negociación permanente”, opinó.

En el plano económico, destacó que Estados Unidos ha evitado la recesión que se anticipaba hace un año y mantiene un crecimiento moderado, en torno a la media global. Sin embargo, ese desempeño macroeconómico contrasta con la percepción cotidiana de los ciudadanos. El costo de la vida es más alto que al inicio del mandato, el mercado laboral se ha enfriado y no se han creado empleos bien remunerados, lo que alimenta una sensación de incertidumbre que impacta directamente en la popularidad presidencial.

En política exterior, el giro es aún más evidente. Estados Unidos ha abandonado organismos internacionales, condicionado tratados y reducido su liderazgo normativo, sustituyéndolo por una lógica de “dar y recibir”. Viejos aliados europeos han quedado relegados, mientras que rivales históricos como Rusia y China son tratados con cautela pragmática. Moscú emerge como un socio tácito; Pekín, como un competidor con el que se negocia sin romper del todo.

El académico enumeró que la intervención en Venezuela, el interés estratégico en Groenlandia, la redefinición del hemisferio occidental bajo una versión reforzada de la doctrina Monroe y el uso de acuerdos comerciales y arancelarios como instrumentos de presión reflejan esta nueva geopolítica. Además, la reciente estrategia de seguridad nacional prioriza recursos energéticos, minerales críticos e inteligencia artificial, fusionando intereses empresariales con objetivos de Estado.

“Desde sus primeros días dejó claro cuál iba a ser el tono de su presidencia, una presidencia confrontativa, polarizante, que atiende exclusivamente a los intereses de los Estados Unidos”, dijo.

Para México, esta transformación puntualizó que se traduce en una relación bilateral sin reglas claras, marcada por presiones constantes en temas de seguridad, migración y combate al fentanilo, en una negociación diaria dominada por el discurso interno estadounidense.

Concluyó que, en el ámbito doméstico, las políticas migratorias, los ataques a universidades, a medios y a organismos reguladores, así como el intento de debilitar a la Reserva Federal, han encendido alertas sobre un desplazamiento del equilibrio entre poderes. Aun así, las instituciones han resistido, aunque cada vez más alineadas con la Casa Blanca.

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