El pasado 27 de noviembre, la Casa Real británica anunció la boda del Príncipe Enrique de Gales, mejor conocido por sus amigos de fiestas y de bebidas como el príncipe Harry, y una actriz estadounidense cuyo estatus civil es divorciada.

El último capítulo en la historia de la realeza británica donde apareció un divorcio como preámbulo de una boda ocurrió en 1936, cuando el rey Eduardo VIII decidió contraer matrimonio con la estadounidense Wallis Simpson, por cierto, de ideología socialista. La historia desencadenó una crisis al interior del castillo de Windsor.

Simpson, nacida en Baltimore, estaba a punto de divorciarse por segunda ocasión. Ante el polémico escenario, el rey se enfrentó a un dilema: elegir a Wallis como esposa o dar un paso atrás del trono. Prefirió la segunda opción.

Los momentos álgidos de la historia han sido llevados a libros, películas y programas de televisión; el caso más reciente lo hemos visto a través de Netflix, la exitosa serie The Crown, en la que se dramatiza el ascenso al trono de la reina Isabel.

La historia va más o menos así: el rey Eduardo cae en una historia de amor prohibido y abdica. Su hermano George asume el trono y muere. Elizabeth se convierte en reina. Fin de la historia. 

Lo que la historia y su ángulo del espectáculo generalmente dejan a un lado, es que la historia de amor del rey Eduardo, atípica e improbable, alteró para siempre la sucesión del trono.

Simpson nació en Pennsylvania como su madre Bessie Wallis Warfield. Su padre era un rico comerciante de harina que murió de tuberculosis pocos meses después de su nacimiento.

Wallis y su madre se mudaron a una casa adosada de Baltimore, y vivieron del escaso pago mensual que les daba el hermano de su difunto padre.

Era “una pobreza que cortaba el queso”, escribió el historiador Philip Ziegler, y Simpson estaba “consciente de que sus amigas podían permitirse comprar ropa más atractiva y gozar unas vacaciones más lujosas”.

Según la biografía de Anne Sebba del 2012, That Woman, Wallis se fue a vivir a Florida. Allí, a principios de 1900, conoció a su primer marido: Win Spencer, un piloto de la Marina. Se divorciaron una década más tarde. Al parecer, él era alcohólico.

Su siguiente esposo fue Ernest Simpson, un graduado de Harvard que renunció a su ciudadanía estadounidense y trabajó con su padre en la industria naviera británica, dando acceso a Wallis a la alta sociedad de Londres. En el obituario del periódico The New York Times sobre Simpson revelaba que “lamentablemente” ella se refería a su esposo Ernest como “el hombre olvidado”, debido a que en la vida de Wallis Simpson apareció un rey.

En realidad, Eduardo era sólo un príncipe cuando conoció a Wallis en una fiesta en 1931, un año que representó un periodo ocupado para el príncipe ya que tenía varias amigas. Pero no tenían lo que Wallis poseía: un acento estadounidense.

“Aquellas que hablaban con acento americano tenían muchas más posibilidades de seducir al príncipe”, escribió Sebba. “Le gustaba casi todo lo que caracterizaba como nuevo y moderno, y gran parte de él era estadounidense”.

Sin embargo, no fue amor a primera vista.

Su cortejo se llevó a cabo durante varios años y fiestas. Wallis se convirtió en una de las tres amigas más cercanas del príncipe. Luego, en 1934, el príncipe se decidió por Wallis como su favorita, dejando a un lado a las otras dos.

Cuando el rey Eduardo VIII abdicó, envió un mensaje a través de la radio:

“Hace unas horas cumplí mi último deber como rey y emperador, y ahora que he sido sucedido por mi hermano, el duque de York, mis primeras palabras deben ser para declarar mi lealtad hacia él. Esto lo hago con todo mi corazón”.

Veremos muy pronto las reacciones de la monarquía sobre el matrimonio del Príncipe de Gales.