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Reporte de la OCDE sobre la resiliencia de la economía global

Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“La resiliencia consiste en aceptar tu nueva realidad, aunque sea menos buena que la anterior”: Elizabeth Edwards, escritora y abogada estadounidense.
En los últimos años, la economía mundial ha enfrentado una sucesión casi continua de choques. Una pandemia, tensiones comerciales, inflación elevada, conflictos geopolíticos y, recientemente, una nueva ola de incertidumbre en el mercado energético. En este contexto, la discusión económica comienza a desplazarse gradualmente de la pregunta tradicional: ¿cuánto crecerá la economía? Hacia otra más relevante: ¿qué tan capaz es la economía de resistir estas frecuentes perturbaciones externas, sin sufrir daños duraderos y persistentes?
Éste es el eje del análisis del reciente informe de la OCDE “Economic Outlook, Interim Report: Testing Resilience”. En él, se analiza la evolución reciente de la economía mundial y se plantea el argumento de que, más que una desaceleración abrupta, el mundo enfrenta una prueba de resiliencia económica ante una combinación de tensiones geopolíticas, presiones inflacionarias persistentes y cambios tecnológicos acelerados.
Antes de la reciente escalada en Medio Oriente, la economía global mostraba una resistencia mayor de la que muchos analistas habían anticipado. En 2025, el crecimiento mundial se mantuvo relativamente sólido, apoyado por el consumo privado, por condiciones financieras todavía favorables y, sobre todo, por un fuerte incremento de la inversión vinculada a las tecnologías de inteligencia artificial. La economía mundial parecía haber encontrado un nuevo motor de expansión a partir del proceso de transformación tecnológica.
La situación cambió con el deterioro de la situación geopolítica en Medio Oriente. La interrupción del tráfico de energéticos en el estrecho de Ormuz provocó un incremento significativo en los precios internacionales de la energía y, como suele ocurrir en estos episodios, el impacto se transmite con rapidez al resto de la economía, con incrementos en los costos de producción, mayor presión sobre la inflación y deterioro del poder adquisitivo de los hogares.
A partir de ese análisis, el informe plantea que este nuevo entorno tendrá efectos visibles en las perspectivas de crecimiento global. En este sentido, se estima que la economía mundial crecerá alrededor de 2.9% en 2026 y cerca de 3% en 2027. No se trata de una recesión global, pero sí de un ritmo de expansión mucho más moderado en comparación con los estándares históricos. Al mismo tiempo, la inflación en las economías del G20 podría ubicarse alrededor de 4% en 2026, impulsada principalmente por el aumento de los precios de la energía y de algunos insumos industriales clave.
El análisis destaca un elemento que suele no ser tan relevante en el debate: los shocks energéticos tienen una capacidad desproporcionada para influir en las expectativas económicas (e inflacionarias) de los hogares. Las variaciones de precios de energía y alimentos afectan de manera muy visible la vida cotidiana en los hogares y, cuando estos precios aumentan de forma abrupta, las percepciones de inflación tienden a ajustarse al alza con rapidez, lo que afecta la formación de expectativas de inflación.
Este desajuste es más evidente en muchos países (como México), donde las reducciones de la tasa de referencia no se reflejan de la misma manera en las tasas de mercado de plazos cortos que en las de mediano y largo plazo, lo que parecería indicar que aún no existe certeza sobre el control inflacionario en el futuro.
Por ello, un mensaje central del informe es la necesidad de prudencia en la conducción de la política económica. El reto para los bancos centrales es evitar que un choque temporal de precios se convierta en una dinámica inflacionaria persistente. Para los gobiernos, el reto es diseñar medidas que amortigüen el impacto de los precios de la energía sobre los hogares más vulnerables, sin generar grandes presiones fiscales permanentes (como ocurre en México).
Transición energética
Otro elemento del análisis se refiere a la transición energética. La OCDE sostiene que mejorar la eficiencia energética y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados no solo constituye una estrategia climática, sino también una política económica de estabilidad macroeconómica. Las economías menos dependientes de los choques energéticos externos también serán más resilientes.
Para México, las implicaciones son particulares. El informe señala que, antes del reciente incremento de los precios de la energía, la inflación se mantenía por encima de los objetivos de política monetaria. Por lo tanto, nuevos shocks en los precios internacionales podrían complicar el proceso de convergencia inflacionaria.
Es muy importante para nuestro país que el informe destaque el papel creciente de la inversión tecnológica en el dinamismo económico global. La reciente expansión de la inversión en inteligencia artificial ya comienza a reflejarse en una mayor productividad en algunos sectores, sobre todo en Estados Unidos. Si la tendencia continúa, podría convertirse en uno de los motores principales del crecimiento económico mundial en la próxima década.
Para las economías emergentes, como la mexicana, surge así una disyuntiva clara: integrarse a las nuevas cadenas tecnológicas que se están formando en torno a la inteligencia artificial o permanecer en segmentos de menor valor agregado en la economía global.
Una conclusión importante es que en un entorno caracterizado por shocks cada vez más frecuentes, la estabilidad económica dependerá menos de evitar las crisis y más de la capacidad institucional para enfrentarlas. La resiliencia económica se está convirtiendo en uno de los activos más valiosos de las economías modernas. Construirla requiere algo más que buenas políticas macroeconómicas: instituciones sólidas, estructuras productivas diversificadas y la capacidad de anticipar los cambios estructurales que ya están redefiniendo la economía global.

