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Finanzas Personales

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¿Cómo aprendí a pagarme primero a mí mismo? (Parte 2 de 2)

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Joan Lanzagorta | Patrimonio

Joan Lanzagorta

En la primera parte conté cómo, sin darme cuenta, tomé el gusto por ahorrar en una alcancía y aprendí a pagarme primero a mí mismo, a pesar de que nunca había leído sobre este concepto.

Comenté que cuando cumplí 18 años, mi abuela me regaló una cuenta bancaria. Con ella abrí una cuenta de inversión a la que destinaba mis ahorros, para no tocarlos. En mi cuenta sólo quedaba el dinero que tenía disponible para gastar.

Curiosamente, mis ahorros me sirvieron para pagar una parte del nacimiento de mi hija. Como he contado algunas veces en este espacio, me casé y fui papá a los 21 años.

Afortunadamente conseguí un trabajo adecuado, en una buena empresa, aunque el primer ingreso nunca es suficiente para mantener una familia. Eso me llevó a intentar aprender mejores formas de administrar mi dinero y sobre todo de invertir: hacerlo crecer, para que rindiera más y su poder adquisitivo no se deteriorara. Así me inicié en el mundo de las finanzas personales.

Uno de los primeros libros que leí sobre el tema fue El hombre más rico de Babilonia, de George S. Clason: es un clásico sobre cultura financiera. Si no lo has leído, lo recomiendo mucho.

En él leí una idea simple que yo ya aplicaba, desde niño: siempre debes conservar al menos uno de cada diez pesos que ganas para ti. Y debes aprender a invertirlo de forma inteligente. Ese es el secreto de la construcción del patrimonio.

El hábito del ahorro ya lo tenía. Invertía en instrumentos que pagaban poco más de la inflación, lo cual ya era ganancia, aunque no por mucho: necesitaba aprender a hacerlo mejor. Pero no me quiero desviar del tema.

Como tenía un ingreso limitado, mi capacidad de ahorro también lo era. Cuando nació nuestra bebé, era simplemente imposible separar el 10% del ingreso. Vivíamos al día.

Hice una hoja de cálculo en la que anotábamos cada centavo y armamos un presupuesto bastante estricto. Pero recordé la forma más vieja de ahorrar que conocía. Así que mi esposa y yo acordamos que todas las monedas que nos sobraran del día, el “cambio”, las meteríamos en una alcancía. No era lo ideal, pero era lo que se podía.

Para que te des una idea, mi primer sueldo fue de 3,250 pesos brutos al mes. Libres de impuestos y retenciones, habrán sido 2,750 pesos, más o menos.

Al final del primer año, de puros cambios, juntamos cerca de 2,000 pesos. Mi esposa se sorprendió y yo más: no era el 10%, pero no era nada despreciable. Decidimos usar ese ahorro para iniciar un fondo para la educación de nuestra hija.

Con los años mi ingreso creció y la capacidad de ahorro también. Volví a pagarme primero a mí mismo: a separar, ahorrar e invertir parte del dinero que recibía. Así que esa alcancía dejó de ser necesaria. Pero nos costó tanto trabajo y fue tan satisfactorio ver lo que logramos, de puras monedas, que mi esposa y yo la recordamos con mucho cariño.

A una edad temprana aprendí otros dos conceptos: tener un fondo para emergencias y la importancia de una tarjeta de crédito con un límite amplio.

Cuando estábamos recién casados, mi papá tuvo un dolor abdominal que lo llevó de urgencia al hospital. Era apendicitis. Aunque tenía un buen seguro de gastos médicos por su trabajo, le exigieron presentar una tarjeta de crédito para la admisión. No le iban a hacer ningún cargo, pero sí una preautorización. Ninguna de las que traía pasó.

Recuerdo que mi mamá me llamó, angustiada, para preguntar si yo tenía una tarjeta de crédito. Tenía una, pero mi límite de crédito era muy pequeño. Entonces llamó a mi abuela, quien tomó un taxi, fue rápidamente al hospital y puso la suya para que mi papá pudiera entrar a cirugía de urgencia.

Me puse a pensar qué pasaría con mi esposa y con mi hija si eso sucediera conmigo. A pesar de que también teníamos un seguro de gastos médicos, necesitaba una tarjeta de crédito con límite amplio y además un colchón que nos permitiera enfrentar una situación así. Aunque tenía ahorros, todo ese dinero estaba invertido, por lo que empecé a construir mi fondo para emergencias desde cero.

Pedí un aumento en el límite de crédito de mi tarjeta y aunque me lo otorgaron, no era suficiente. Así que pedí una segunda tarjeta. Aprendí de mis abuelos a no endeudarme nunca con ellas. Mi padre sí lo hacía. Esa fue otra de las enseñanzas más importantes que recibí en mi camino financiero.

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Joan Lanzagorta

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia. Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com

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