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Día Internacional Sin Dietas: cuando comer sano también se vuelve una obsesión

Las dietas extremas ya no siempre se presentan como dietas. A veces se llaman wellness, alimentación limpia o vida fit. La pregunta es cuándo la búsqueda de salud empieza a convertirse en culpa, ansiedad y presión por adelgazar.
La dieta cambió de nombre. Ya no siempre llega como una lista impresa con alimentos prohibidos, conteo de calorías o promesas de bajar varios kilos en pocos días. Ahora puede aparecer con palabras más amables: wellness, alimentación limpia, balance, desinflamación, detox, recomposición corporal, vida fit o disciplina. El lenguaje cambió, pero la exigencia muchas veces sigue siendo la misma: comer para corregir el cuerpo.
Cada 6 de mayo se conmemora el Día Internacional Sin Dietas, una fecha que nació en 1992 por iniciativa de la activista británica Mary Evans Young para cuestionar la industria de los productos dietéticos, alertar sobre los trastornos de la conducta alimentaria y defender la diversidad corporal.
Más de tres décadas después, la conversación ya no puede quedarse solo en las dietas restrictivas de antes. El problema actual es más sutil: muchas prácticas que se presentan como autocuidado también pueden alimentar culpa, ansiedad y una relación cada vez más vigilada con la comida.
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La salud como mandato
Comer mejor no es el problema. El problema aparece cuando la comida deja de ser alimento, placer, cultura o convivencia, y se convierte en una prueba permanente de control. En la vida cotidiana, esto puede verse en el miedo a ciertos ingredientes, la necesidad de compensar cada comida, el rechazo a comer fuera de casa, la culpa después de un postre o la idea de que cualquier antojo es una falla de voluntad.
La cultura wellness ha ayudado a poner sobre la mesa temas importantes: el exceso de ultraprocesados, el consumo de azúcar, la salud metabólica, el descanso, la actividad física y el papel de la alimentación en la prevención de enfermedades. Pero también abrió una zona gris en la que lo sano puede volverse aspiracional, excluyente y obsesivo. La comida "limpia" empieza a funcionar como una etiqueta moral: quien la sigue parece disciplinado; quien no, parece descuidado.

Cultura de las dietas
Ese fenómeno tiene incluso un nombre clínico discutido en la literatura científica: ortorexia nerviosa, entendida como una fijación excesiva por comer alimentos considerados “puros” o “saludables”. Aunque no todas las personas interesadas en comer bien tienen un problema, la obsesión por la calidad de los alimentos puede generar angustia, aislamiento social y rigidez extrema alrededor de la comida.
Cuando lo sano se vuelve ansiedad
La presión no siempre se expresa como “quiero estar flaca”. A veces se disfraza de “quiero desinflamarme”, “quiero estar limpia”, “quiero eliminar toxinas”, “quiero portarme bien” o “quiero comer perfecto”. El vocabulario suaviza la restricción. Lo que antes era una dieta severa ahora puede presentarse como rutina de bienestar.
El cuerpo, entonces, se vuelve un proyecto interminable. Hay que optimizarlo, medirlo, drenarlo, deshincharlo, reducirlo, tonificarlo, corregirlo. En redes sociales, la comida se mira desde una lógica visual: platos altos en proteína, bowls perfectamente acomodados, bebidas funcionales, suplementos, ayunos, menús sin azúcar, sin gluten, sin lácteos, sin culpa. El problema no está en que existan esas opciones, sino en que se conviertan en una norma estética y emocional.
En México, la Ensanut Continua 2022 reportó que 1.6% de adolescentes presentó riesgo alto de trastorno de la conducta alimentaria; en mujeres fue de 2.0% y en hombres de 1.2%. Entre adolescentes de 14 a 19 años, la proporción subió a 2.3%. El dato muestra que la relación conflictiva con la comida no es un tema superficial ni exclusivo de adultos: también atraviesa a jóvenes que crecen expuestos a ideales corporales cada vez más exigentes.

Cultura de las dietas
Ozempic y la nueva conversación sobre adelgazar
En los últimos años, la conversación sobre peso también cambió por el auge de los medicamentos GLP-1, como Ozempic y Wegovy. Estos fármacos no pueden meterse en el mismo saco de las dietas milagro: tienen usos médicos reales y han representado una herramienta importante para pacientes con condiciones específicas.
Ozempic, cuyo principio activo es semaglutida, está indicado por la FDA como apoyo a dieta y ejercicio para mejorar el control glucémico en adultos con diabetes tipo 2, además de reducir ciertos riesgos cardiovasculares en pacientes específicos. No es, en sentido estricto, un producto cosmético para adelgazar. Wegovy, también con semaglutida, sí está indicado para manejo crónico de peso en personas con obesidad o sobrepeso bajo ciertos criterios médicos, junto con dieta reducida en calorías y actividad física.
El problema aparece cuando estos tratamientos se vuelven parte de una aspiración cultural de delgadez. En Estados Unidos, una encuesta publicada en noviembre de 2025 encontró que 18% de los adultos había usado alguna vez un medicamento GLP-1 y 12% lo estaba usando en ese momento, ya fuera para bajar de peso, tratar diabetes u otra condición. El dato no habla de México, pero sí muestra la dimensión que estos medicamentos han alcanzado en la conversación pública sobre peso, cuerpo y salud.
En México, la preocupación también tiene un frente sanitario. En marzo de 2026, Cofepris emitió una alerta por la falsificación de Ozempic 1 mg, lo que permite dimensionar otro riesgo: cuando la presión por adelgazar se mezcla con automedicación, compras por canales no autorizados y productos falsificados, el tema deja de ser tendencia y se vuelve un problema de salud pública.

Ozempic
No es contra cuidarse, es contra vivir castigándose
El Día Internacional Sin Dietas no debería leerse como una invitación a descuidar la salud. Esa sería una lectura pobre del tema. Comer mejor, atender una enfermedad metabólica, mejorar hábitos o seguir un tratamiento médico puede ser necesario y legítimo. La diferencia está en el punto de partida: no es lo mismo cuidarse desde la información que castigarse desde la culpa.
La comida también tiene una dimensión emocional, social y cultural. En México, comer es compartir, celebrar, recordar, acompañar. Reducirla únicamente a calorías, macros, ingredientes permitidos o miedo a subir de peso empobrece la experiencia y puede volver hostil un acto cotidiano.
Por eso, la conversación más relevante no es si las dietas son buenas o malas en abstracto, sino quién las prescribe, con qué objetivo, bajo qué vigilancia y desde qué narrativa.
Quizá el mayor reto de esta fecha es reconocer que la cultura de la dieta aprendió a hablar otro idioma. Ya no necesita decir “adelgaza rápido” para vender la misma ansiedad. Puede decir “desinflama”, “resetea”, “depura”, “come limpio”, “activa tu metabolismo” o “transforma tu cuerpo”. Puede aparecer en un jugo, en un polvo de proteína, en una rutina de ayuno, en una lista de alimentos prohibidos o en la promesa de controlar el apetito a cualquier costo.



