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El Palacio de Bellas Artes "ajusta cuentas" con el arte chicano
Inauguran la muestra histórica "Aztlán: el túnel del tiempo", compuesta por 33 artistas y colectivos contemporáneos, residentes en México y Estados Unidos, presentan obras e historias que reivindican el arte y el movimiento chicano.

Foto: Cortesía
El eco de las autopistas de Los Ángeles, el brillo del esmalte de los lowriders y la resistencia política de una identidad que se niega a ser borrada han tomado, finalmente, el recinto cultural más importante de México. Este martes se llevó a cabo la inauguración formal de Aztlán: El túnel del tiempo en el Museo del Palacio de Bellas Artes, una exposición que los curadores y autoridades no dudaron en calificar como un "ajuste de cuentas" y el cumplimiento de una deuda histórica con la comunidad chicana.
Durante décadas, el arte chicano —esa amalgama de resistencia, biculturalidad y experimentación nacida en las entrañas de Estados Unidos— fue visto por la academia mexicana como un pariente lejano, un fenómeno sociológico más que una corriente estética de peso. Esa historia cambió.
El evento marcó también uno de los primeros actos públicos de Mauricio Maillé como nuevo director del museo, quien subrayó la relevancia de albergar este proyecto en las salas Nacional y Diego Rivera. "Es un placer tener una exposición tan emblemática y significativa para la historia del arte en México, con los vínculos que nuestras comunidades han mantenido en Estados Unidos", señaló Maillé ante los medios.

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Un recorrido por la identidad y la memoria
Caminar por la sala es atravesar un túnel del tiempo. El recorrido, esta ocasión guiado por los curadores Jesse Lerner y Rubén Ortiz Torres, comienza con una cronología que conecta nueve siglos de relación entre el centro de México y el suroeste estadounidense, California, para ser más precisos.
A medida que avanzamos, la narrativa visual se divide en secciones como Inside Stories y Varrio (escrito con "v", como una declaración de identidad de la clase trabajadora latina). De acuerdo con sus curadores aquí el arte no es solo contemplación; es performance y supervivencia. Desde los archivos recuperados de la ciudad de Los Ángeles hasta las fotografías de Cristina Fernández sobre los sweatshops (talleres de maquila clandestinos), la muestra desnuda una realidad que a menudo permanece invisible.
En medio del montaje, nos detuvimos frente a la obra de Gabriela Ruiz, artista originaria de San Fernando Valley, California. Su pieza, una colaboración multimedia con la legendaria Patty Valdez (del colectivo ASCO), irradia una explosión de color que ella define como "anticromofobia".
"Para mí, el color es muy importante en mi práctica; trato de hablar de la fantasía como resistencia", dijo a El Economista. Hija de inmigrantes mexicanos y formada bajo la ética del DIY (Hazlo tú mismo), Ruiz representa a una nueva generación que ve en el arte chicano un movimiento político vivo. "Si los artistas de los 60 no hubieran hecho lo que hicieron, yo no estaría en estos espacios. Estar en Bellas Artes es un honor; es como reconectar con una familia que siempre ha estado aquí", añadió.

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Por su parte, la sección Desmuralismos desafía la noción didáctica del muralismo clásico mexicano. Artistas como Sandra de la Losa intervienen la historia oficial recuperando iconografías psicodélicas y ambientales de los años 70 que habían sido borradas por la gentrificación y la limpieza urbana.
Por su parte, Rubén Ochoa y Alfonso González Jr. llevan los materiales del barrio al museo: varillas, cemento, paletas de madera y esmaltes brillantes que se usan para rotular anuncios o decorar coches. La pieza de Guadalupe Rosales, que evoca la cultura del nightlife y los altares domésticos, transforma la galería en un santuario contemporáneo iluminado, donde el trauma y la memoria de figuras como Chalino Sánchez coexisten.
¿Por qué ahora?
Al finalizar el recorrido, la pregunta sobre la "deuda histórica" quedó en el aire. Para Ortiz Torres, la respuesta es clara: aunque el arte chicano ha sido validado en recintos como el Getty o museos en Nueva York, su llegada a Bellas Artes representa una validación institucional necesaria en su propia casa.
“Esta exposición está pensada para la Ciudad de México y para el Palacio de Bellas Artes. No es una muestra que viene de Estados Unidos de gira; es un diálogo con el público mexicano”, enfatizó.
"Para mí, no es solo una comunidad, es una familia", concluyó el curador claramente conmovido. "Aztlán: El túnel del tiempo no es solo una exposición de arte; es el regreso de una parte de México que cruzó la frontera, pero que nunca se fue del todo".

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Detalles de la muestra:
AztLÁn, túnel del tiempo contará con un programa de actividades que incluye el taller Técnicas básicas del mural: del boceto a la pared, a cargo de 3B Collective, sobre fundamentos de creación de murales y el uso de plantillas para texto e imagen, a propósito del mural El más allá (2026), creado especialmente para la exposición. El taller será gratuito y se impartirá en los espacios del Museo, previa inscripción a la convocatoria difundida en redes sociales.
También se realizarán una charla curatorial durante la Noche de Museos, mesas de discusión con artistas y la presentación del catálogo de la muestra, diseñado por Alejandro Magallanes y Mariana Ugalde, que será distribuido en EE. UU., así como un ciclo de cine en colaboración con la Cineteca Nacional.
La exposición se abrirá al público a partir del 25 de marzo de 2026 en las salas Nacional, Diego Rivera e Internacional del Museo del Palacio de Bellas Artes.
Para más información, consulta la página del MPBA y sus redes sociales (Facebook: Museo del Palacio de Bellas Artes / Instagram, Twitter: @mbellasartes).

