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Miedo y fascinación por los Cuernudos en el Cervantino
Entre cuernos, máscaras demoníacas y zapateados al son de “Los Matlachines”, la comparsa de Calnali, Hidalgo, convirtió las calles de Guanajuato en una fiesta donde hasta los más pequeños bailaron entre el asombro y las ganas de salir corriendo

Cuernudos de Calnali, Festival Cervantino.
A mis abuelos
Guanajuato, Gto.- La Plaza Allende ha sido tomada por sorpresa. Los diablos o vaqueros o venados, porque parecen todo eso en una sola criatura bípeda, se instalaron allí y ejecutaron sus danzas rituales antes de lo previsto. A estas alturas, tienen al menos un ciento de cautivos. Los están involucrando en sus coreografías rituales. Zas, zas, por el golpeteo de la reata; tap, tap, con las botas vaqueras.
La banda Los Humildes de Tecueyaca, compuesta por nueve músicos de miradas curiosas aunque replegadas debajo del sombrero, es la encargada de la invocación musical que da sentido al bailoteo. Con sus siete metales y dos percusiones, los músicos también sirven como zapadores de la excéntrica comitiva, retumbando entre callejones para proferir encantamientos, como el flautista de Hamelín, a todo oído al alcance de la tambora, en el costado sureste de esta ciudad de arquitecturas superpuestas, donde el tráfico automovilístico ha sido frenado en seco.
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Nadie dijo que sería fácil. Hay que abrir el paso entre la gente para evitar una lesión o un atorón de cuernos entre los cables y cuerdas tendidas por los puestos de tacos y chucherías que se instalan cada Cervantino sobre la calle de Manuel Doblado.
“Los Matlachines”, un himno de la huasteca
El objetivo, y se está cumpliendo a cabalidad, es hacer caravana, cada vez más grande y efusiva, como bola de nieve, hasta colapsar sobre las escalinatas del Teatro Juárez y allí bailar, ya no para un ciento sino al menos un millar de entusiastas, decenas de celulares y un par de drones, el himno por antonomasia de la Huasteca hidalguense, “Los Matlachines”, un son paradójicamente festivo de estrictos protocolos:
Los bailarines se acomodan en dos filas y avanzan meneándose y taconeando en zigzag, entrelazando las hileras, formando arcos que todos atraviesan antes de disolverse y otro tipo de combinaciones que hacen que parezca un divertido juego de niños.

Cuernudos de Calnali, Festival Cervantino.
El público está sorpresivamente encendido. Está gritando monosílabos agudos y también unos rasposos vivas: “¡Viva Calnali!” y “¡Viva Hidalgo!”. La comparsa ya no es uniforme. Ya no la conforman únicamente los de la mezcla de charro, demonio y venado. Más bien, al Teatro Juárez se aproxima una turba heterogénea y tan ruidosa que levanta de sus sillas, allá a lo lejos, a los comensales de los balcones en la Trattoria.
Bailando vienen civiles y Cuernudos abrazados como compadres. Algunas personas dan pasos de tambora mientras van, todavía más cautivos, con la reata en la cintura y michelada en mano. Por delante de Los Humildes de Tecueyaca, la gente baila prácticamente en reversa. Detrás de los demonios, como la estela de un cometa.
Para alguien de ascendencia calnalense, es inevitable retener las lágrimas. La música y el baile confirman, de nuevo, que son idiomas sin fronteras. Esa sensación es quizás el efecto de la colectividad.
Un sincretismo que no deja de cambiar
Hay una rica historia de cruces culturales detrás de estas dualidades de humano y animal o de diablo y charro. El Cuernudo es un personaje sincretizado que cobra vida múltiple durante el Carnaval de Calnali, en los días previos al Miércoles de Ceniza.
Combina máscara demoníaca, astas de venado y prendas de charro, como las chaparreras, las espuelas y la reata. Entre las astas se incorporan otros adornos que evocan la vegetación que las cornamentas de esta envergadura irremediablemente recogen. Igual de importante es el espejo que cada uno coloca en la parte frontal del sombrero.
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La tradición local atribuye la presencia del espejo a una relación con antiguas prácticas de cacería. Se dice que habría servido para reflejar o deslumbrar a las presas. Sin embargo, uno de los Cuernudos, durante un descanso de hidratación, comparte una atribución más poética: “es como el reflejo sobre el agua cuando un venado baja a beber al río”. Después de todo, históricamente nuestras mitologías son necesariamente poligénicas.
Todos los personajes tienden a agudizar la voz, hacerla lo más delgada posible, para desprenderse del humano que opera al personaje. El traje parece conferir legitimidad y algo de anonimato para provocar al público o bromear con él.
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El carnaval de Calnali tiene cerca de dos siglos de historia, según referencias locales, aunque la figura del Cuernudo adquirió su configuración actual durante el siglo XX.
El aspecto profano del personaje no prueba por sí mismo la supervivencia de un culto pagano, pero sí permite explorar cómo el carnaval abre un espacio para transgredir, jugar con el miedo y alterar temporalmente el orden cotidiano.
En una región donde celebraciones como el Xantolo expresan una relación ritual con los difuntos, el carnaval ocupa otro momento del calendario, previo a la Cuaresma. Son tradiciones distintas, aunque ambas muestran la fuerza de las prácticas colectivas para transmitir una memoria cultural.

Cuernudos de Calnali, Festival Cervantino.
Los niños, el miedo y la fascinación
Cuando abrieron la comparsa, ni los Cuernudos ni Los Humildes tuvieron un telón que les abriera. Esto, por la naturaleza de la expresión cultural. Una vez concluida la provocación, con las máscaras demoníacas expandiendo y contrayéndose al ritmo de la agitada respiración de los que, poco a poco, vuelven a ser humanos, tampoco hay telón que se cierre.
Lo natural es que la transfiguración suceda frente al público que todavía está entusiasmado y ahora se acerca para pedirles fotografías, plantear dudas y hasta comentar: “¡Yo soy de Calnali!”, para volverse a abrazar como compadres.

Cuernudos de Calnali, Festival Cervantino.
Pero hay otros personajes que son igual de importantes dentro de la ecuación y tienen cara de absortos cuando no de miedo y fascinación: las y los niños.
Especialmente Diego Josué, un niño de aproximadamente siete años que se esconde detrás de los mayores para seguir observando a los ahora transfigurantes. Se escucha que su mamá le dice: “Ya se terminó”, pero Diego no quiere irse y responde: “Hasta que se vayan”. Pero cuando la madre le pregunta si quiere una foto con ellos, el pequeño se niega. Le dan miedo.
“Me gusta cómo bailan. Nunca había visto algo parecido”, responde cuando se consulta su opinión sobre lo sucedido. Tiene la misma mirada que todos los niños ponen cuando conocen a los Cornudos y los ven bailar: miedo y fascinación.



