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Maldonne: los vestidos que esconden el dolor de las mujeres
Cinco mujeres con vestidos floreados se arrojan al suelo, ruedan, se retuercen. La respiración se entrecorta en esos movimientos convulsos que anteceden al llanto o lo prolongan.

Cinco bailarinas exponen las contradicciones de la feminidad en la puesta en escena de la coreógrafa francesa Leïla Ka.
Primero son los espasmos. Cinco mujeres con vestidos floreados se arrojan al suelo, ruedan, se retuercen. La respiración se entrecorta en esos movimientos convulsos que anteceden al llanto o lo prolongan. Hay algo parecido al espanto, a la angustia, a los golpes que, aunque no dejan marcas visibles, alcanzan el fondo del alma.
En Maldonne, la coreógrafa francesa Leïla Ka hace de la ropa una segunda piel y, a ratos, una condena. Los vestidos cambian, se acumulan, cuelgan. Las bailarinas parecen muñecas de aparador que, después de atravesar el desorden, deben reincorporarse, arreglarse y volver a sonreír.
Pero antes hay que limpiar. Las intérpretes parecen fregar el piso con pequeños cepillos en una escena de agotamiento y desesperación. Los cuerpos que antes se estremecían ahora trabajan. La intimidad irrumpe entre movimientos que sugieren deseo, sexo, rabia y vulnerabilidad. La vida sigue, parece decir la coreografía, incluso cuando una quisiera detener el tren.
La música popular que retumba en el Teatro Principal de la Ciudad de Guanajuato, los gritos y los cambios de vestuario van abriendo distintas capas de una experiencia femenina que no cabe en una sola imagen. Hay vestidos festivos, pero mujeres ensombrecidas; hay reverencias y aplausos del público que también forman parte del espectáculo, como si se tratara de una farsa, la farsa del reconocimiento al trabajo de las mujeres y luego la opresión, como si incluso la despedida de una obra teatral tuviera que ejecutarse correctamente ante la mirada ajena.
En otro momento, los vestidos de colores quedan suspendidos. La estampa tiene algo inquietante: la ropa que promete alegría también puede convertirse en una imagen de asfixia. La obra roza así la desesperación y la idea de la muerte sin que sea necesario convertirlas en una explicación literal.
Después llegan los cuerpos vestidos de rojo, cargando sobre sí las prendas anteriores. ¿Un despertar, un embarazo, un parto, una pérdida? La escena no ofrece respuestas cerradas. Pero tal vez ésa sea su fuerza: permitir que las imágenes se queden abiertas, incómodas, reverberando en quien las mira.
En la obra Tragùdia, Edipo reconoce una verdad que trastoca su identidad, pero en Maldonne la revelación es colectiva y fragmentaria. Sus mujeres hacen visible el peso de los papeles que se les asignan y que, a veces, terminan por imponerse ellas mismas. La anagnórisis no llega como una respuesta, pero sí lo hace como una pregunta:
En realidad, ¿cuánto de lo que mostramos al mundo nos pertenece y cuánto hemos aprendido a representar?
