Si usted visita la exposición A veces las cosas funcionan por las razones equivocadas, de Darío Escobar (Guatemala, 1971), en la Galería RGR, seguramente se topará con un motivo de sentimientos encontrados. La provocación es premeditada por el artista guatemalteco que reside en México desde hace tres años.

En ese espacio, donde han expuesto artistas como Felipe Pantone, Carlos Cruz-Diez o Patrick Hamilton, Escobar colocó distintos paneles de redilas, esos armazones de camiones de carga que son muy comunes de apreciar en las calles y carreteras de América Latina, construidos de complejos bloques de madera y herrería que soportan cargas de todo tipo: frutas, animales, mudanzas, personas, y cuya mayoría transita decorada a capricho con formas geométricas y coloridas, composiciones abstractas plasmadas con pintura industrial y un cálculo minucioso.

Usted probablemente se preguntará si se trata de una apropiación artera del artista o si este ha reproducido las piezas desde cero, con el ensamble de las tablas en bloques fijos por barras de metal atornilladas, y después ejecutó nuevos diseños sobre las estructuras, un acto que también podría asimilarse como otra variante de la apropiación, un plagio. Pues bien, usted nunca lo sabrá a ciencia cierta. La disolución de la autoría: qué es influencia, que es apropiación y que es hurto, fue fundamental para el artista.

Luego entonces, ¿qué es arte?, esa pregunta que nunca se responde. ¿En qué momento un objeto está facultado para convertirse en arte o para no ser considerado como tal? ¿Un objeto, por muy común que parezca, se puede convertir en arte una vez que se coloca dentro de una galería como la RGR?

Usted ya sabe: hace poco más de un siglo, con sus correspondientes antecedentes, Marcel Duchamp puso el planteamiento del ready-made (o arte encontrado) sobre la mesa o, más bien dicho, sobre el pedestal, y henos aquí, aún absortos en la disyuntiva.

Vanguardia en redilas

“Hace muchos años fui al Palacio de Bellas Artes a ver una exposición fantástica sobre las vanguardias rusas que dieron paso al arte abstracto y geométrico (Vanguardia rusa. El vértigo del futuro, en 2015). Casualmente, cuando salí de la exhibición vi uno de estos camiones de redilas por el que, después de haber leído todo el manifiesto suprematista, dije: bueno, pues es que al final nosotros en América Latina hemos llegado a las mismas situaciones formales y no por un exceso de pensamiento o de sobreintelectualización de las ideas sino simplemente por un ejercicio informal y de intuición, que son las formas más claras de la inteligencia. A partir de eso empecé a desarrollar esta serie de piezas en donde hay una reflexión profunda sobre todo en relación a lo que es alta cultura”, platica el artista plástico.

—¿El espacio de exhibición define qué es “alta cultura” y qué es “popular”?

“Para mí sí. Gran parte de la manera en la que se encierra el proyecto es precisamente para mostrar estas partes de camiones en una galería que antes ha mostrado piezas de Gego (Gertrund Goldschmidt), de Cruz-Diez, de (Jesús Rafael) Soto, los grandes geometristas latinoamericanos”, equipara.

Poner el arte en el filo de la navaja, provocar la reacción y, a veces, descrédito del artista por la apropiación de un objeto, dice Escobar, es uno de los ejercicios del arte del último siglo. Postula que el “espacio de jugueteo del arte” es mucho más complejo y una de sus cualidades es la capacidad de devolver la mirada a sitios en los que por otras vías sería imposible.

“Hoy en día me da mucha risa que toda la gente es políticamente correcta de las redes sociales para afuera. Estamos en un momento muy interesante en términos históricos, donde todo el mundo tiene una solvencia moral tremenda; es como una segunda inquisición. Todos están dispuestos a meterse en las llamas de la pureza en función de su bienestar”, provoca.

—¿Opina que el concepto de alta cultura debe erradicarse?

“Totalmente. Desde que estoy en México he estado en contacto con los grandes maestros del arte popular; son personas de un conocimiento fantástico. Me parece muy injusto relegar toda esa percepción a un plano que no entra en lo que llamamos alta cultura. Es un momento saludable de pensar y repensar el arte y la literatura, porque finalmente son dos vías para poder entender el mundo”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx