Los maestros cantores de Nüremberg (Die Meistersinger von Nürnberg), ópera en tres actos de Richard Wagner estrenada en 1868, aparte de ser un monumento musical de los más grandes, brillantes y bien logrados que se han escrito, sirvió al autor para ajustar cuentas con uno de sus más enconados detractores, el crítico musical Eduard Hanslick, quien aparece en la obra con el nombre de Sixtus Beckmesser, personaje ridículo y mezquino, mediante el cual Wagner le puso una buena tunda a su rival.

Esto último ocurre a lo largo de la obra, pero en particular en dos momentos: en la espantosa serenata de Beckmesser, encarnado por el barítono Johannes Martin Kränzle (buena voz y buena actuación), a Eva (la soprano Annette Dasch, también con buen manejo de su instrumento), y en el plagio que comete Beckmesser en la competencia de cantores al querer pasar el poema de su antagonista como propio.

La historia se ubica en Nüremberg a mitad del siglo XVI, una ciudad pujante en donde el gremio de los maestros agrupa a la naciente burguesía. Están reunidos ahí gente culta, buenos lectores, buenos músicos y literatos, que esperan su momento para irrumpir en la historia tal como los personajes de la ópera.

La calidad de Wagner queda de manifiesto por contraposición a lo negativo de Eduard Hanslick. Ni hablar, el maestro tenía cierta perversidad, era peligrosillo, como comentara en su momento Karl Marx al hacer un parangón entre los nibelungos y el clan Wagner; sin embargo, el gran maestro no pensó que al poner a su enemigo como personaje también lo dotaría, en un mismo movimiento, de fama y trascendencia. De no ser por Wagner y Los maestros cantores de Nüremberg, ¿quién sabría quién fue Hanslick?

Meticulosa producción

Meticulosidad en la composición de la música, en el tratamiento de las voces y en la trama por parte de Wagner, aparte de un importante contenido, todas estas virtudes las vimos fielmente reflejadas el 13 de diciembre en la transmisión del Met de NY al Auditorio Nacional; acertada producción que correspondió a Otto Schenk.

El maestro James Levine estuvo a cargo de la dirección musical. Se le notaba la pasión y el entusiasmo al dirigir esta música wagneriana.

Desde los primeros compases de la Obertura se mostró la calidad de la obra, con potencia sonora, cuasi hipnótica de los metales, y quedó revoloteando en nuestro cerebro aún terminado el espectáculo. Con esto el Met cerraba el 2014, y lo hacía de manera muy brillante.

La escenografía cargada de detalles bien logrados que parecía que teníamos enfrente a una ciudad medieval, y el vestuario también a cargo de Günther Schneider-Siemssen fueron de primera. En la parte de la coreografía a cargo de Carmen de Lavallade, la escena en la que el pueblo sale a pelear en la calle porque alguien perturbó su sueño es memorable: decenas de hombres y mujeres en pijama apenas iluminados por la claridad de la noche. Fantástico. Estoy convencido de que las transmisiones del Met servirán como ejemplo para que en México hagamos bien las cosas en el terreno operístico.

Confrontación

En realidad lo que había en el fondo de la disputa entre Wagner y Hanslick era una confrontación entre una vieja concepción que se tenía del canto y una nueva impulsada por el autor de Los maestros cantores. El género más apropiado para presentar estas ideas nuevas respecto del canto, en contraposición con las ideas tradicionales, fue el de comedia. Fiel seguidor de la técnica de la composición dramática griega, para Wagner la tragedia implicaba situaciones extremas de muerte y dolor y, bueno, de lo que aquí se trataba era de una confrontación de ideas, un combate si se quiere, gozoso.

El acierto de Wagner estriba no en poner sus ideas nuevas como si fuesen un catecismo o un decálogo, sino que uno de los personajes, Beckmesser, muestra con saña y con envidia los errores del nuevo cantante, Walter (el tenor Johan Botha, buena voz aunque al principio un tanto entubada), que desea ingresar a los maestros cantores. Y al mencionar los errores va dejando ver claramente sus anticuadas ideas.

Hanslick no sólo criticaba a Wagner sus canciones, sino su manera de componer música.

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