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Mónica Ojeda o cómo no dar la espalda a la violencia
Con obras como “Nefando”, reconoce la autora ecuatoriana ha tocado heridas profundas que lo mismo hacen catarsis que disgustan.

El oficio no debe de olvidarse, debe ser la esencia de la narración, porque, sin prescindir de la intuición, llevará a la escritora o al escritor a profundidades inusitadas de una historia, más allá de las propias restricciones morales, porque la moral, sin dejar se ser un principio básico, deberá convertirse en una herramienta para exponer lo inmoral hasta la incomodidad, toda vez que mantener vetada la inmoralidad de la violencia, de la perversión, no hará más que fortalecer su capacidad destructiva.
Para la escritora Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988), autora de novelas como Mandíbula (Candaya, 2018) y Nefando (Candaya, 2016, pero editada en México por Almadía este año), así como del compendio de cuentos Las voladoras (Páginas de espuma, 2020), con el que abre la brecha del bautizado “gótico andino”, hacer inmersión en la oscuridad humana, con toda honestidad, es parte del oficio, con el arrojo de muy pocos. Descarta que su obra tenga una capacidad de propuesta de cambio sino de comprensión de la condición humana.
“Si tengo una poética, esa tiene que ver con no tener miedo de ir hasta el fondo, al extremo del pensamiento, y con esto quiero decir que también al fondo de las experiencias que me propongo investigar o indagar cuando comienzo a escribir algo. Me lanzo a la piscina, digamos, y voy hasta donde mi propia cabeza no da más. Quizás sí soy una persona que está en muy buena conexión con su lado oscuro, porque cuando me lo preguntan, me siento un poco rara, me cuestiono: ‘¿y la demás gente no lo hace?’. Y cuando ya no tengo fuerza para continuar los libros es cuando se acaban. El mismo ritmo de intensidad de la investigación, lo que experimento con la búsqueda, me marca la tensión y el tempo del libro”.
Sin embargo, precisa, este proceso es aún más dependiente del oficio, puesto que tejer sobre la urdimbre requiere del dominio de la técnica, estimulada por el desconocimiento de lo que se irá construyendo. Es un proceso, por lo tanto, aunado a lo emocional, por antonomasia espontáneo.
Inevitable pensar la violencia
Nefando es una novela polifónica intercalada, de corta duración pero mucho contenido. Aborda el abuso y la pornografía infantil, y lo que hay después de ello. Habla sobre la capacidad de perpetración de los deseos personales. Es un laberinto que, más que extraviar al lector, lo confronta con el minotauro una y otra vez. Se trata de un relato que lo mismo cuestiona la religión como un flagelo y un cómplice que toma de la mano a la imaginación para llevarla a la enigmática deep web, en un sitio donde los límites están diluidos.
“Fue la primera novela que publiqué fuera de Ecuador y que me dio la posibilidad de llegar a lectores que no había alcanzado antes. Eso, como la parte más superficial. Por otro lado, en una parte más densa, he recibido feedbacks muy positivos, de personas que me dicen que les gusta que se hable de ello porque las abusaron de pequeñas y sus familias no las dejan hablar; pero también hay quienes se han puesto en contacto para decirme que no les gusta cómo he tratado el tema, que les parece ofensivo. Y eso también me parece válido. Una escribe un libro y no sabe lo que va a generar. Ya está allí y hay que cargar con las consecuencias. Dinamité una experiencia que es muy dolorosa y como consecuencia toqué una herida en los cuerpos y en la mente, heridas sociales y comunitarias, además”.
¿Por qué escribir sobre violencia?
“Es que no veo otra cosa. Estamos rodeados de violencia todo el tiempo, a cada segundo. No es algo que te pase por la tangente sino que te atraviesa. Siento que la escritura me da la posibilidad de hacer lo que la vida no me da: pensar en la violencia; porque una cosa es vivirla, verla, pero en el día a día todos estamos girando la pera hacia otra parte, porque no queremos ver cosas que son horribles. Si estuviéramos pensando todo el tiempo en ella nos suicidaríamos en masa, no aguantaríamos. Pero cuando escribo no puedo pensar en otra cosa. Eso pasa porque quizás la escritura me da tiempo para articular, sitiar lo que en el día a día soy incapaz”.
¿Quién es?
Con tres novelas, dos poemarios y un libro de cuentos, Mónica Ojeda (actualmente residente de Madrid, España) ha irrumpido en la narrativa hispanoamericana como una de las representantes imprescindibles del nuevo boom latinoamericano y ha sido recibida con notable entusiasmo por la crítica. En 2017 fue incluida en la lista Bogotá39 del Hay Festival como una de los mejores escritores de ficción menores de 40 años en América Latina. Tiene una maestría en Creación Literaria y en Teoría y Crítica de la Cultura y estudios de doctorado en Humanidades sobre literatura pornoerótica latinoamericana. Ganó el Premio Alba Narrativa en 2014 y el Premio Nacional de Poesía Desembarco en 2015, en su país. Con Madíbula fue finalista del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.