La obra del artista oaxaqueño Jaime Ruíz es más de lo que aparenta. Hay una tensión siempre presente en el tacto de la superficie, en el formato, en las capas de materiales que componen la obra; en el proceso y el origen del creador.

De ahí las obras que Ruíz expone en el espacio de la Galería L en Artsy bajo el nombre Mantener hegemonías ha sido mi vicio y mi virtud, una selección de trabajos que es producto de un hallazgo durante una visita al estudio del artista en la Ciudad de México.

“Galería L ha estado siempre interesada en mis dibujos, pero cuando hicieron las visitas de estudio para el programa Rotante vieron estas otras piezas que estamos presentando, que son las bases de mi trabajo. Entonces decidimos presentar algunas obras no convencionales además de mis dibujos”, comparte el artista.

Hay trazos de libre asociación, figurativos todos, ya característicos de su obra; pero también hay atípicos esténciles de gran formato en los que el artista pone en tensión pigmentos naturales oaxaqueños con pinturas industriales. Asimismo, el artista se reapropia de productos de consumo masivo y los recubre con materiales orgánicos. Estas dicotomías plásticas condensan su discurso sobre las hegemonías, el colonialismo y la migración.

“Me tocó ser parte de una generación marcada por los movimientos migratorios: los desplazamientos de la gente de Oaxaca que se va de manera ilegal a Estados Unidos, buscando la noción extinta del sueño americano. Mis padres emigraron a la ciudad de Oaxaca. Esa fue una oportunidad para no tener que hacer un gran desplazamiento a Estados Unidos, pero es otra sutileza de movimiento migratorio”, reflexiona.

De ahí que la obra de Ruíz asocie de manera reiterada lo rural y lo urbano como un binomio en conflicto que configura la psique del migrante. Porque naturalmente somos coloniales, explica, nos apropiamos de otros sistemas de manera violenta y en la historia hay evidencia de este comportamiento social reiterativo.

En Artsy se expone una serie de pequeñas figuras de pinos aromatizantes para autos, bastante populares en el país vecino del norte, un emblema de la industrialización y de la idealización del estatus, explica Ruíz. Pero los ha cubierto con la técnica pictórica más emblemática del arte oaxaqueño: una base de óleo sobre la que se vacían puños de tierra, de manera que al menos una parte de esta se quede impregnada en la pieza.

“Esta técnica ha caído en un cliché, tanto que se conoce como la Escuela de arte oaxaqueño, pero tiene una iconografía que se ha vuelto obsoleta, porque es un folclor a final de cuentas. He tratado de sugerir cómo esa tierra regional oaxaqueña se puede apropiar de un icono de la producción en serie norteamericana. Lo llamo proceso de recolonización, porque recolonizar implicaría transformar un objeto para despojarlo de atributos capitalistas e industriales”.

Pigmento natural versus esmalte industrial

Otra de las series expuestas en Artsy se compone por esténciles de gran formato que asemejan la disección de una pléyade. Son formas circulares sobre lienzos, como capturando soles de distintos confines. Pero explica que realmente se trata de un trabajo que enfatiza la siempre latente crisis de agua.

“Son lienzos que miden 1.50 por 1.50 y están teñidos con una base de pigmentos naturales de la comunidad de Teotitlán del Valle, como pericón, de pigmentación amarilla, y añil, de pigmento azul. Sobre estas telas ya teñidas coloqué un tinaco convencional y alrededor bañé las telas con un esmalte automotivo, muy industrial, que termina creando un círculo perfecto”.

Detalla que si bien el resultado de la obra resulta paisajístico, la asimilación del proceso transforma el argumento. Esa marca de apariencia solar impregnada en el lienzo manifiesta la otrora presencia del contenedor del líquido elemental, que ya no está más pero dejó su huella.

“Me parecía importante mostrar que los títulos de este grupo de obras esencialmente abstractas sugieren esta forma de crear hegemonías. El pigmento industrial que está posado sobre un elemento orgánico implica todas formas coloniales de apropiarse de otros sistemas”, concluye Ruíz.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx