Una mañana, recibí la llamada del Dr. Matez, quien con extraña turbación me urgía a que a la brevedad posible , atendiera a una paciente que necesitaba ayuda psiquiátrica .

En tonos sintéticos e impersonales explicó que se trataba de una mujer adulta, con una neoplasia del sistema linfático, diseminada a órganos distantes, ganglios y médula ósea. Además, presentaba ansiedad severa, insomnio e hiperactividad. Después de acordar la cita para ese mismo día, el Dr. Matez concluyó:

-Solamente quiero pedirle un favor muy importante, doctor: la madre de la paciente me ha insistido que, de ninguna manera, la paciente debe conocer su diagnóstico.

Al momento de colgar, me di cuenta del error cometido al aceptar semejante engaño.

En su libro How We Die, el médico y escritor Sherwin B. Nuland advierte que, a menos que podamos tener plena consciencia de estar muriendo y de poder conocer, hasta donde sea posible, las circunstancias de nuestra propia muerte, nos será imposible compartir la consumación final con aquellos que nos aman.

María Félix resultó ser una paciente quien, a pesar de lo avanzado de su enfermedad, aún poseía una peculiar belleza de otros tiempos. Tan pronto entró al consultorio, pude sentir lo apremiante de su situación.

Jamás había visto a alguien tan completa y absolutamente angustiada. La mujer no podía permanecer sentada más de tres segundos.

Caminaba de un lado a otro disparando la mirada hacia cualquier y hacia ningún punto.

Era imposible hacer contacto con ella y no paraba de repetir cuán desesperada se sentía.

Las preguntas que yo hacía no encontraban respuesta, ni siquiera un intento fugaz de atención.

Comencé a contagiarme de su ansiedad y descubrí reflejado lo avasallador de su desesperación en mis propios huesos, hasta que de pronto le pregunté algo que no había alcanzado a meditar: ¿Qué tienes que ver con tu doctor? .

María Félix detuvo de golpe aquel martirizante monólogo. Volteó a verme y con un aplomo casi sobrenatural respondió: El Dr. Matez está casado con mi hermana .

A partir de entonces, entendí que el importante secreto que yo, absurdamente, había pactado era producto de la obstinada voluntad de una madre controladora y muy poco sensible, que además resultó ser la suegra de un médico incapaz de anteponer los deseos, intereses y necesidades de su paciente a los de los familiares de ésta y a los suyos propios.

Pregunté a María Félix qué era lo que ella quería saber y su respuesta fue precisa: Solamente, la verdad .

Al fin, pudimos sentarnos a conversar. Cuando terminó de confirmar lo que ya sabía , aparecieron unas cuantas lágrimas serenas en sus hermosos ojos, salió del consultorio y nunca más volvió.

Al poco tiempo, me enteré que había muerto distanciada de su madre pero habiendo recuperado el sosiego necesario para despedirse de su única hija.

María Félix sabía que estaba muriéndose. Su familia y su médico decidieron engañarla, cuando ella necesitaba solamente la verdad.

moises.rozanes@eleconomista.mx