Curioso. O quizá debería decir aterrador. Porque fue en el mes de mayo cuando Jonathan Harker emprendió el viaje que lo llevaría primero a Budapest y luego a Transilvania. Determinado a llegar a su destino, a su cita pactada con el Conde, no consideró ninguna advertencia. Ni el retraso de los trenes, ni la palidez de los rostros de quienes se encontró en el trayecto cuando les contaba a dónde se dirigía. Ni siquiera respondió a la pregunta de la posadera que le dijo si de verdad tenía que ir. Claro que sí. No habían pasado ni cinco jornadas de su viaje cuando en Bistritz, en el hotel Golden Krone, recibió una amable nota que lo animó definitivamente. En ella se podía leer lo siguiente: "Mi querido amigo: bienvenido a los Cárpatos. Lo estoy esperando ansiosamente. Duerma bien, esta noche. Mañana a las tres saldrá la diligencia para Bucovina; ya tiene un lugar reservado. En el desfiladero de Borgo mi carruaje lo estará esperando y lo traerá a mi casa. Espero que su viaje desde Londres haya transcurrido sin tropiezos, y que disfrute de su estancia en mi bello país. Su amigo, Drácula.”

Alucinante. No sólo que la historia anterior sea la más clásica y conocida narración sobre vampiros, sino que se haya convertido en famosa novela, obra maestra del irlandés Bram Stoker, publicada también en mayo, justo el 25 –un día como hoy lector querido- del año 1897.  Escrita en un periodo de siete años y atendiendo a la fascinación de su autor por el la Historia, el ocultismo y todo lo teatral, “Drácula” ha sido descrita como novela “gótica” o “de terror”, más acertadamente como “epistolar” o “documental”, pero es lo de menos. Es una de las obras más citadas, adaptadas, testereadas e intervenidas de la Literatura Universal. También una de las más impresionantes. Y es que lector, una vez atrapado entre sus páginas, caminará también hasta llegar al mítico castillo de Drácula. Y en él se encontrará, cara a cara, con el horror más puro. El muerto vivo. El que no se refleja en los espejos. El hijo del diablo y padre de la noche que seduce irremediablemente a quien elige...y acepta su invitación.

Basada en las leyendas centroeuropeas sobre vampiros y muertos-vivos que ya habían servido de inspiración a otros autores decimonónicos como John Polidori, y en la existencia real del  príncipe rumano Vlad Draculea, célebre en el siglo XV por su maldad extrema - y conocido como “Vlad El empalador”-  la novela de Bram Stoker, estuvo planeada para llamarse “El No muerto”, pero desde su tiraje inicial de 3 mil ejemplares se llamó simplemente –y para toda la eternidad- “Drácula”.

Imprescindible. Escuche el concierto de los hijos de la noche y recorra todas las líneas de ese escrito si hay insomnio. Amanezca tranquila y sepa usted que es cierto: aquel vive más de una vida más de una muerte ha de morir, pero esta vez se trata de lo contrario: la vida se prologa y multiplica cuando se acaban las páginas de un libro.

Anímese. Aquí la invitación formal del autor para empezar.

“Se escuchó el ruido de cadenas que golpeaban y el chirrido de pesados cerrojos que se corrían. Una llave giró haciendo el conocido ruido producido por el largo desuso, y la inmensa puerta se abrió hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, nítidamente afeitado, a excepción de un largo bigote blanco, y vestido de negro de la cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color en parte alguna (..) me hizo un ademán con su mano derecha, haciendo un gesto cortés y hablando en excelente inglés, aunque con una entonación extraña, dijo:

—Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia voluntad!

(...) en el instante en que traspuse el umbral de la puerta, dio un paso impulsivamente hacia adelante y, extendiendo la mano, sujetó la mía con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue aminorado por el hecho de que parecía fría como el hielo; de que parecía más la mano de un muerto que la de un hombre vivo.

La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo había sufrido con el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba hablando; así que, para asegurarme, le pregunté:

—¿El conde Drácula?

Se inclinó cortésmente al responderme.

—Yo soy Drácula y le doy la bienvenida, señor Harker, a mi casa.”