Aunque la imagen del Diego Rivera artista-obrero, con ese overol de trabajo como el principal distintivo de su carácter arremangado, revolucionario, inquieto, es parte de su mito imprescindible, tan grande como su propia sombra, cierto es que el autor del “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” se distinguió desde muy joven por su buen gusto para vestir, en todo momento, incluso cuando se encerraba en su estudio para pintar.

La exposición Diego Rivera. Genio, figura y silueta en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo da constancia de ello, con la exhibición de 75 prendas que el muralista usó a diferentes edades y otra importante cantidad de objetos, fotografías y documentos relacionados con su vida, obra y las impresiones que su personalidad inevitable sembraba en los demás.

Lo que había en el ropero

Las tres casas de este complejo construido por Juan O’Gorman, fueron ocupadas por esta exposición dividida en seis núcleos que revelan los gustos del artista en materiales, cortes, colores y marcas de la ropa de las que era asiduo; desde los trajes hasta las piyamas, incluidos objetos como un bastón de madera tallada policromada y un curioso chullo de lana, seguramente traído de Perú.

Todas las habitaciones de las casas de Diego, Frida y O’Gorman tienen fotografías del artista de valor histórico, como las de dos y cuatro años, cuando usaba pantalones cortos como los que podían vestir los niños de familias holgadas, como la suya, producto de la bonanza de la minería en el estado de Guanajuato, lugar en el que nació el 8 de diciembre de 1986; esos mismos pantalones que se pintó a sí mismo en el autorretrato de la obra que resguarda el Museo Mural Diego Rivera.

También hay testimonios visuales de los atuendos que usó durante su estancia en Europa entre los años 1907 y 1921 y de cómo el estilo parisino de principios del siglo XX influyó definitivamente en su imagen.

Es posible apreciar de muy cerca el elegante traje negro con el que lo vistieron el día de su muerte y ese famoso overol de trabajo gastado por el uso diario, ambos vistiendo maniquíes expuestos en el estudio, rodeados por decenas de artesanías, piezas arqueológicas, calacas y diablos de papel maché. Mucho menos pasan inadvertidas las curiosas piyamas y batas de algodón que cuelgan de los maniquíes en los baños y cuartos del museo.

El enorme Diego Rivera

Gracias a la curaduría de Renato Camarillo Duque, los visitantes del museo pueden redescubrir la encomiable arquitectura de la que es conocida como la primera casa funcionalista del país.

También resulta de impacto lo imponente que era Diego por su tamaño, porque, aunque ya de por sí medía 1.85 metros, parecía aún más grande por la medida de su cintura y, quizás también, por lo intimidante de sus enormes ojos, pero además por la extensión de su calzado dentro de esos botines de cuero con zipper metálico que tanto le gustaban y de los que tenía varios pares.

En la casa de Frida hay una reproducción con prendas de una de las imágenes más icónicas que se conocen de Diego y Frida juntos. En esa escena es posible comparar la magnitud de esta pareja que hizo sinergia muy a pesar de las diferencias de tamaño y edad.

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