Pocas cosas tan sospechosas como la eternidad y nada con tantas lecturas como las historias nacionales. Se acaba el mes de septiembre y por si ya tiene nostalgia prematura, no celebró lo suficiente o quiere estar preparado para el magno bicentenario del año que entra, sigamos festejando y revisemos. La Independencia no se logró en un grito y no fue el cura Hidalgo quien recibió los vítores del pueblo liberado. (Tuvieron que pasar once años y once días, después de los tañidos de la campana de Dolores, para que los insurgentes pasaran de revoltosos malhechores a convertirse en los héroes que nos dieron patria). El almanaque nacional indica que la consumación de la Independencia tiene una fecha precisa: el  27 de septiembre de 1821.

Antes de que se pregunte por qué no festejamos justo en ese día, lector querido, habremos de decir que mucha de la culpa -además de la ignorancia, la resaca y cierto resentimiento - es quizá por la dificultad de separar tamaño acontecimiento nacional de la equívoca figura de un sólo hombre: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu.

Gallardo, con la pinta y las mejores aptitudes de un soldado, Agustín de Iturbide,-primero había sido un ilustrado criollo y favorito de Calleja nuestro archienemigo de la Independencia,  después un hábil general del ejército realista que casi acaba con Morelos, más tarde y porque no era nada tonto, amigo de la causa libertaria y al final,  el luminoso estratega que después de simbólico abrazo en Acatempan, haber firmado el Plan de Iguala, y acordado la paz, se consideró a sí mismo como el consumador de nuestra Independencia.

Fue así como el 27 de septiembre de 1821, el ejército de las tropas españolas de Agustín de Iturbide, unido con el de los insurgentes mexicanos de Vicente Guerrero - previamente enemigos acérrimos, y ya ocupados en idénticas pasiones – entraron hombro con hombro, a la otrora capital de la Nueva España, hoy Ciudad de México.  Reunidos y estupefactos, los 7, 616 infantes, junto con los 7,755 elementos de caballería y los 763 artilleros con todo y sus 68 cañones y llevando a Iturbide al frente, marcharon oyendo vivas, pisaron fuerte las calles y se sintieron, por fin, triunfantes y más felices que cansados. Estrenaban también nombre: desde su creación, aquel ejército se había llamado Trigarante debido a las tres garantías que defendía: la religión -católica como la única tolerada-, la Independencia  -y total libertad de México- y la unión –entre ambos bandos- para hacer frente ante cualquier opositor. Era un día glorioso.

Sin embargo la historia todo le cobraría. Oscilando entre el heroísmo y la traición de haber peleado contra un imperio para llegar a implantar  otro, Agustín de Iturbide, como Antonio López de Santa Anna  y Porfirio Díaz, sería personaje crucial de la tríada de los villanos de la historia nacional, y como quiso la fatalidad que cumpliera 38 años justo aquel 27 de septiembre, la memoria patria se negó a celebrar la fiesta de la independencia en aquella fecha. (Además de que no existe en todo el territorio nacional ninguna estatua o monumento en su homenaje ni calle que lleve su nombre).

La celebración  del onomástico de Iturbide había empezado con un agasajo monacal y gastronómico en la ciudad de Puebla (sí, con la invención culinaria y en su honor, de los chiles en nogada). Después con una cabalgata -agotadora, pero triunfal-al frente de un ejército que cualquier general habría soñado. Las crónicas atestiguan que aquel día, el reloj todavía no marcaba el medio día cuando el Jefe máximo del Ejército Trigarante –el cumpleañero-, montado en un caballo negro y seguido del Estado Mayor, avanzó por el Paseo Nuevo hasta llegar a la avenida de Corpus Christi, deteniéndose en la esquina del convento de San Francisco bajo un soberbio arco triunfal, donde fue recibido por el alcalde más antiguo, José Ignacio Ormaechea, quien le entregó las llaves de la ciudad (que ni puertas, ni cerraduras, ni nuevo nombre tenía).

Después, el homenajeado dio un discurso que a la letra decía: “Mexicanos: Ya estáis en el caso de saludar a la patria independiente como os anuncié en Iguala; ya recorrí el inmenso espació que hay desde la esclavitud a la libertad, y toqué los diversos resortes para que todo americano manifestase su opinión escondida. Ya me veis en la capital del imperio más opulento sin dejar atrás ni arroyos de sangre, ni campos talados, ni viudas desconsoladas, ni desgraciados hijos que llenen de maldiciones al asesino de su padre; por el contrario, recorridas quedan las principales provincias de este reino, y todas han dirigido al Ejército Trigarante vivas expresivos y al cielo votos de gratitud.”

Aquel fin de fiesta fue luminoso pero también el principio de la negra leyenda del primer imperio mexicano. Dicen que ante el pelotón de fusilamiento, muy pocos años después, el emperador Iturbide gritaba que no era un traidor...

Sin embargo, para muchos dejó reinando a la desconfianza y sembrada la sospecha de cuánta culpa tiene que nos burlemos del honor, perdonemos toda ofensa y aceptemos a la traición como costumbre...como otra más de nuestras tradiciones.