El autor de memorables obras como La ley de Herodes, Maten al león o Relámpagos de agosto cumpliría este miércoles 92 años de edad .

Jorge Ibargüengoitia nació el 22 de enero de 1928, en Guanajuato, que no en nuestra Ciudad de México, pero fue chilango de adopción. Si todavía estuviera aquí, pasado mañana estaría cumpliendo 92 años. Seguramente altos personajes de la cultura y las letras, amigos —y enemigos— ya tendrían el día apartado y estarían componiendo discursos sobre su obra y describiéndolo como experto en múltiples como dicen todas sus semblanzas oficiales: “escritor, periodista, dramaturgo, cronista de la vida diaria”. Poeta no. (Aunque nadie sabe. Tal vez, con los años su pluma hubiera adquirido cierto lirismo o cambiado de estilo para abandonar el humor y la ironía). En tal imaginaria celebración por su cumpleaños estarían también algunos fanáticos de siempre. Nuevos admiradores que acabaran de descubrir sus textos (¿me está usted oyendo, lector querido?), para darle brillo y pulimento a la ocasión.

La fiesta contaría con gran variedad de tacos y tortas: la cubana, que le gustaba tanto, las tortas Jorge y los taquitos de lengua y cochinada. Y probablemente las noticias de la semana hablarían de la creación de nuevos reconocimientos literarios en su honor, basados, por supuesto, en su obra. (Se me ocurren varios: el Premio Cuévano para dramaturgia de provincia, el Galardón Ontananza y Periñón para novela histórica, el reconocimiento Ibargüengoitia, La mujer que no para narrativa de género y el Certamen Autopsias Rápidas para cuento corto y fulminante). En caso de que existiera acto oficial contendría alguna frase del tipo: “Dentro del panorama de la literatura mexicana, Ibargüengoitia se ha distinguido por su alto sentido crítico y su notable sentido del humor. Tanto sus novelas, como sus obras de teatro y artículos periodísticos, realizados en toda una vida de trabajo, son imprescindibles para conocer la literatura mexicana del siglo XX y por su mirada distinta hacia la historia de México”. Después, aplausos. Todos de pie. Más aplausos.

Ibargüengoitia hubiera cerrado con un discurso que dijera lo que una vez escribió:

“Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión ‘lo que nosotros hubiéramos querido’, decían, ‘es que fueras ingeniero. Más tarde se acostumbraron”.

Muchos de nosotros, en cambio, todavía no nos acostumbramos. A celebrar su cumpleaños cada mes de enero, sin haberlo leído por la mañana en algún diario nacional abriéndonos los ojos y haciéndonos el día, con confesiones mañaneras como la que aparece en su libro Instrucciones para vivir en México:

“Circunstancias como la de hoy que tuve que levantarme a las cinco de la mañana, me han hecho recapacitar y llegar a la conclusión de que francamente levantarse temprano no sólo es muy desagradable, sino completamente idiota.

Ahora comprendo que los últimos veinte años los he pasado en un mundo dado a la molicie. ‘Paso por ti cuando reviente el alba’. Es decir, a las nueve y media de la mañana —dicen mis amigos.

Los que se levantan temprano a fuerzas constituyen un grupo social de descontentos, en donde se gestarían revoluciones si sus miembros no tuvieran la tendencia a quedarse dormidos con cualquier pretexto y en cualquier postura. En vez de revolucionar, gruñen y dicen que el destino les hizo trampa.

Los que madrugan por gusto son peores

—Yo siento que la cama materialmente me avienta a las cinco de la mañana.

—Mal veo despuntar el sol, brinco de la cama, abro la ventana y pregunto: ‘¿solecito, solecito, qué quieres de mí hoy?’.

—Cuando me estoy rasurando oigo el canto del primer jilguero, después, un regaderazo con agua helada, me seco con una toalla especial de ixtle para que me abra el poro, y por último mi té de boldo. Quedo como nuevo.

Esta clase de gente tiene la costumbre de salir a la calle de noche y caminar con paso vivaz por el centro del asfalto —le temen a la banqueta, porque creen que hay gente agazapada en los zaguanes, lista para asaltarlos; no se dan cuenta de que los asaltantes están dormidos a esa hora— dejan a su paso una estela de agua de colonia o talco desodorante que queda flotando en el ambiente hasta que pasa el primer autobús. Van a misa de cinco, a la Adoración Nocturna, a hacer ejercicio, a pasear un perro desmañanado o, peor todavía, a despertar al velador del edificio para que les abra el despacho.

Son, por lo general, gente pudiente y creen que la fortuna que tienen se las concedió Dios nomás por el gusto que le da verlos levantarse temprano”.

Olvídese, lector querido. Quiso el reloj seguir girando para honrar otras muertes y celebrar otros cumpleaños. Ya no está Jorge Ibargüengoitia, no habrá discurso ni taquiza y no ha llegado ninguna invitación. Sin embargo, no importa. Tenemos fiesta el miércoles. Y, usted, ¿se levantó temprano?