Es asunto muy manido comparar un concierto de rock con una celebración religiosa. Manido, y desgraciadamente, para los fanáticos del rock, casi siempre falso.

Ya lo cantaron los de Oasis: no hay que poner la vida en las manos de ninguna banda de rock. No así, no como si uno se encontrara frente a Jesús en la montaña o Buda en el bosque. Postdata: los rockeros siempre decepcionan. Rara vez un rockero logra una conjunción tal con su público que se logre eso, que uno esté dispuesto a poner la vida en sus manos.

Yo pongo mi vida en las manos de Bruce Springsteen. No es una fe ciega, lo reconozco. Hizo falta un bautismo: el mío fue la noche del lunes en el Palacio de los Deportes.

Soy una seguidora reciente de Springsteen y su increíble banda, la E Street Band. Comencé a escucharlos con el Devils & Dust (2005), un disco al que le tengo un cariño que raya en lo impúdico. Las canciones que me hablaban muy de cerca, me decían que ciertos tormentos les pertenecen a todos y al mismo tiempo son personales.

A partir de él, comencé a explorar desordenadamente la carrera de Springsteen. Empecé por el Born to Run, después The River, de ahí a The Rising y luego a su hermano mayor, Born in the USA. Con esto quiero decir que no soy una conocedora de Bruce Springsteen (como sí lo es mi amigo Sergio Zurita, quien publicó en estas páginas el texto Mi madre, Bruce Springsteen y la Tierra Prometida .

Si quieren una descripción mucho más completa y emotiva de quién es Bruce Springsteen y por qué es imprescindible los urjo a que lean ese artículo).

Pero eso, el expertise, fue innecesario la noche del lunes. Como con los grandes artistas, la comunicación de Springsteen con su público es inmediata, diáfana y tan llena de emociones que es muy difícil de capturar periodísticamente. ¿Qué puedo decir? El tipo salió y tuvo al público en un puño desde el primer guitarrazo. Un puño generoso, debo decir.

HACER CONTACTO CON OTRA ESPECIE

El tipo es un showman, pero un showman honesto. Bajó del escenario y dejó que una corriente de manos lo subiera de regreso. Sólo había visto eso en videoclips. Dejó que el público de las primeras filas acariciara su Fender Telecaster. Tomó casi cada mano que se alargó para tocarlo (tuiteó Juan Villoro: Fue como hacer contacto con otra especie. ¡Como tocar una ballena gris en Guerrero Negro! ).

Recogió personalmente los carteles con los que la gente le pidió canciones. Ninguno de esos actos se sintió como una payasada de ensayo. Springsteen es feliz en el escenario y quiere que todo mundo sea feliz con él.

Springsteen nunca había venido a México. ¿Por qué? Quizá porque nadie se lo había propuesto. Quizá porque en México se le consideraba un hit de los 80, quizá porque aquí ni las estaciones de radio de rock, ni las de pop, ni las de nostalgia lo programan más allá de Born in the USA (y quizá también porque muchos piensan que esa canción es un himno al chauvinismo norteamericano).

No sé la historia pasada de Springsteen y los organizadores mexicanos de conciertos pero creo entrever el futuro: después del concierto del 10 de diciembre del 2012, la E Street Band va a tener que hacer parada en México cada gira.

Tiene que ser así porque lo que pasó tiene lustre de leyenda. El Palacio de los Deportes no estaba lleno, tenía una entrada a 80% de su capacidad.

Unas 14,000 personas (informan los organizadores), pero 14,000 personas muy fieles. Tengo 51 años y llevo 40 de ser fan de Bruce , me dijo un señor eufórico, de lentes y barriga, antes de que empezara el concierto. Voy a llorar cuando empiece . Como él era gran parte de la audiencia, hombres y mujeres maduros que cantaron Glory Days y Dancing in the Dark como se entona el hechizo de la adolescencia perpetua.

Pero no eran los únicos presentes: muchos padres con sus hijos, muchos adultos jóvenes, algunos adolescentes. Incluso un contingente del movimiento #YoSoy132 se hizo presente con pancartas y gritos (grillaron pero, me consta, disfrutaron ampliamente del concierto).

Para los interesados en datos duros y estadísticas: el show duró tres horas exactas y la banda interpretó 26 canciones. La primera fue Badlands , la última fue Tenth Avenue Freeze Out . En medio, Thunder Road , Born to Run . Sacadas de las peticiones del público, Because the Night , The Promised Land y The River .

Para mí, la más emotiva fue My City of Ruins , dedicada a los espíritus que nos acompañan, a todas aquellas personas y lugares que están tallados en nuestro corazón . Un momento para guardar silencio, escuchar y abrazar al amigo que ha tenido un mal año.

No creo que la música por sí sola tenga poderes mágicos o religiosos. En lo que sí creo es en el poder de un artista para hacerla ser mágica, para hacerla curativa. Para hacer de ella una fe. La próxima vez que me pregunten mi religión no diré más que no profeso alguna. Diré que soy seguidora del evangelio según san Bruce.

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