Se atribuye a Einstein aquella frase que decía sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana . No debería entonces sorprendernos que cada semana, alguna noticia celebre la frase y la ponga por todo lo alto.

La más reciente celebración de la estupidez es el magno evento que pretendía despegar la campaña de Josefina Vázquez Mota. Dispuestos a mostrar fuerza, a hacerlo en grande, sus asesores, previeron un lanzamiento que eclipsaría los de sus contrincantes: el estadio azul de la Ciudad de México a reventar, vítores a la futura presidenta. La imagen flotaba en el cuarto de guerra panista cual sueño húmedo político.

Previendo que la gente es lenta para subir gradas y sentarse, a alguien se le ocurrió que el público debía llegar desde las ocho de la mañana. Los autobuses fueron arribando y el inmueble llenando poco a poco de una masa informe de simpatizantes y adherentes.

¿Cuándo deberá salir la candidata? En materia de estadios, sin futbol de por medio, sólo hay dos posibilidades: cuando el inmueble se está llenando o cuando se está vaciando. Un estratega genial apurará el discurso en el punto medio, para lograr máximo impacto y mejores fotos.

Los panistas no.

Esperaron mientras simpatizantes y adherentes se cocinaban al sol, y entonces soltaron oradores de compromiso para ir calentando el templete. Entonces se le aviso a la gente que sus autobuses se iban. Desbandada asoleada.

Para cuando Josefina salió al estrado a decir su vehemente discurso la tribuna parecía la de un partido de práctica entre Cruz Azul y Necaxa.

Escuchar a Roberto Gil, coordinador de la campaña, enarbolar explicaciones y mea culpas en Radio Fórmula al día siguiente, daba pena ajena. Especialmente con todo ese rollo de vamos a aprender de nuestros errores . Señor Gil: no están ustedes en una elección del consejo estudiantil de secundaria.

La mayor parte de la crítica por el desaguisado se enfocó en el supuesto abuso del tiempo y ocio de simpatizantes y adherentes. ¿Cómo los hacen esperar tanto? decía una y otra voz en la radio como si eso fuera el tema central.

Hay gente que acampa toda la noche para conseguir boletos para un concierto, el tiempo de espera en un mitin no es menor a lo vivido el domingo, cualquier marcha o manifestación de las que paralizan la ciudad un día sí y el otro también se toman más tiempo para ir a mentarle la madre a un edificio vacío. El tema de la espera no es el problema.

El problema es el mal espectáculo. La falta de logística con los autobuses. La incapacidad para entretener a la multitud, o de perdida, de avisar por audio local para que no se vayan. La idea (fantasiosa) de que la gente estará dispuesta a soplarse lo que sea, incluidos dos discursos soporíferos de gente que no venían a ver (la señora Wallace y el ameno jerarca panista), y seguir ahí para ver qué lugares comunes recita la candidata. Aplaudir, ondear banderas.

Así como se le criticó a Peña Nieto su incapacidad para improvisar cuando le preguntaron por sus lecturas, acá la lentitud de reacción es pasmosa. ¿Nadie se dio cuenta que el estadio se vaciaba? No. A nadie se le ocurrió cortar a Madero y adelantar a la Vázquez Mota para que saliera alguna foto con gente en las gradas.

EL DEBIDO PROCESO

El otro lado de la polémica semanal, lo pone el caso Florence Cassez. El ministro Saldívar de la Suprema Corte de Justicia propone un proyecto de dictamen donde afirma que se debe liberar a la francesa (condenada a sesenta años de cárcel por varios delitos entre los que se encuentra secuestro y delincuencia organizada) basado en que no se le cumplió debido proceso.

Clamor popular para pedir que se escuche a las víctimas, para que se explique a los jueces que la Cassez es mala-mala-mala y que no merece que se le respeten los derechos elementales de un ciudadano, nacional o extranjero. El argumento parece ser que si alguien es presunto culpable de delitos muy graves, no debe tener derechos. Se deben pasar las leyes por alto para encarcelarlo sea como sea.

El mayor problema de ese argumento es que: (1) Como relató Héctor De Mauleón en Nexos, en su detallado análisis del expediente del caso Cassez: no hay manera de tener certeza legal o moral sobre su culpabilidad. (2) Está documentado que se violaron sus derechos fundamentales y hay inconsistencias en su juicio que rebasan la duda razonable. (3) No se le puede pedir a una institución que procura justicia mediante la ley que viole la ley para hacer justicia.

Esos derechos fundamentales que el ministro propone salvaguardar en la Cassez, son los que nos protegen a todos los ciudadanos (o nos deberían proteger) del abuso de autoridad, la presunción culpable, y el linchamiento jurídico. Son el eslabón más básico de una democracia y de un estado con ciudadanos libres. Con testimonios tan sonados como Presunto Culpable, bastaría para ilustrar cómo se las gastan nuestras procuradurías, ministerios públicos y juzgados.

No hay reivindicación que valga, ni justicia real, si se violan los derechos fundamentales de los ciudadanos; por más justificada indignación ante la impunidad. De pronto las ridículas campañas del presidente Sarkozy al tenor de todos somos Florence Cassez , no suenan tan mal.

Desconozco si es culpable o no, no me corresponde juzgarla; pero si sus derechos fueron violados, las cosas no se hicieron bien. No se trata de liberarla sin condiciones. Si hay un caso real, que se revoque su condena, y se le juzgue de nuevo, pero con debido proceso. Es una petición elemental, de civilidad y mínima justicia humana.

Twitter: @ rgarciamainou