El caso de Rodrigo

38 años, licenciado en Comunicación. Rodrigo nunca se ha sentido como víctima, pero reconoce haber vivido algunos ejemplos de discriminación que si bien podrían parecerle insignificantes, denotan una sociedad atrapada en los prejuicios.

“La primera vez que tuve contacto con el racismo fue en casa de mi abuela paterna, quien siempre que llegaba una persona de piel blanca decía que tenía un bonito color. Mi madre es morena, mi abuela paterna menos, pero no tan blanquita como sus hermanas o su madre. Recuerdo que alguna vez fue una novia de uno de mis tíos, muy blanca, y mi abuela le dijo a mi mamá: ‘Mira que bonito color de piel, no como el tuyo o el mío’. Por otro lado, mi abuela nunca trató mal a mi madre y yo, que soy de piel morena, siempre fui el consentido”.

Rodrigo también recuerda un episodio de su infancia en el que fue atacado verbalmente por una niña de su colonia. Rodrigo tendría cerca de ocho años. Era una época de posadas y los niños de la cuadra salieron a pedir posada: “En una de esas, uno de los niños de la cuadra, que a muchos nos caía mal, tuvo un accidente con una vela. Nada grave, sólo le cayó un poco de cera en la frente. Pero yo me reí. Su prima, güerita por cierto, se enojó y me dijo ¿de que te ríes, pinche negro? Yo ni me sentí aludido (ríe). No era negro y no entendía por qué quería insultarme con eso, a diferencia de otro amigo de la cuadra llamado José, quién sí era mulato y muy payaso. A ése sí, cuando alguien se enojaba le decía ‘soruyo’ y cosas por el estilo”.

Salvo por esos episodios, Rodrigo no siente que su color de piel haya sido un tema en su vida, pero sí su forma de hablar que para muchos es catalogada como fresa: “Desde que estaba en primaria me han dicho ‘fresita’, y hubo una empresa en la que un sujeto me estaba molestando todo el tiempo con eso de manera burlona, y aunque me molestaba no me sentía atacado o como víctima. Curiosamente, donde sí sentí eso fue cuando entré a la UNAM, en donde una mujer y varios compañeros me trataron de forma despectiva”.

El caso de Elena

38 años, maestra en Marketing y publicidad.

Elena recuerda que desde temprana edad batallaba por haber nacido mujer: “Lo primero que dijo mi padre cuando se enteró de que había nacido fue ‘uy, una vieja’”. Y aunque no duda del amor de su padre, reconoce que todo el tiempo trataba de demostrarle que podía ser igual o más capaz que su hermano.

Elena reconoce que su padre era un macho y que siempre la estaba haciendo menos cuando ella trataba de dar sus opiniones en asuntos familiares: “Mi padre siempre me aplicaba la de ‘cállate, tú no sabes’, lo cual me hacía ponerme como demonio. Ahora ya tengo superada esa parte de mi padre, pero la padecí bastante; por otro lado, me obligó a superarme día a día para demostrarle que yo también podía. Al final lo entendió, pero si fue un poco tormentoso”.

Elena desearía haber tenido otro tipo de relación con su padre, ahora fallecido. Sin embargo, no le guarda rencor y mucho menos se percibe como víctima: “Ha cambiado mi percepción de los hombres. Me costó trabajo. O sea, sí existe el machismo, pero por mucho tiempo pensé que todos los hombres eran así y hasta tenía cierto resentimiento, pero aunque a todos nos educaron en esa cultura, he conocido a muchos otros dispuestos a generar un cambio, y buscan relacionarse diferente con las mujeres. Así que también me he reconciliado con ellos”.