Abu Dhabi, EAU. Es casi mediodía en los Emiratos Árabes Unidos. De los altavoces instalados en todos los puntos de la Mezquita Sheikh Zayed, mejor conocida como la Gran Mezquita de Abu Dhabi, emana el magnético canto del Adhan, el llamado al orador para el Dhuhr, la segunda de las cinco oraciones del Salat, la disciplina diaria con la que todo musulmán debe cumplir. El vibrato de la voz masculina que parece expeler de los propios muros impolutos de la mezquita se replica en las calles y edificios de la ciudad. Desde la propia mezquita se le escucha repetirse, como ecos, a lo lejos, en los edificios a la distancia. Y luego se transmite en aeropuertos, centros comerciales, edificios de gobierno, museos, sin distinción.

Los visitantes que se retratan en los jardines y junto a las fuentes reflectantes, a la entrada del recinto sagrado, voltean a las cúpulas y minaretes rematados con detalles áureos. Buscan el sistema megafónico del que proviene esa voz, pero que, dado que está perfectamente oculto, dota a ese llamado a la oración de una especie de mística omnipresencia.

Para llegar hasta ese punto, a unos pasos de los arcos monumentales a la entrada del complejo decorados con bajorrelieves florales que imitan la caligrafía árabe, los visitantes han tenido que someterse a una amable pero estricta secuencia de filtros apostados a lo largo de una vía subterránea de alrededor de 300 metros de longitud, donde el personal de seguridad se ha cerciorado de que todo aquel que aspire a ingresar al recinto sagrado use la ropa adecuada y esté informado de los derechos y obligaciones que se exigen de cada visitante a este referente contemporáneo de la fe musulmana, cuyo esplendor arquitectónico es visible desde kilómetros a la redonda en la capital emiratí.

Todas las mujeres deben cubrirse el cuerpo con una túnica y la cabeza con un pañuelo. A las que no llevan consigo esas prendas, el personal las remite hasta una habitación privada donde se les presta la prenda que se les haya exigido. Lo mismo sucede con los hombres, a quienes se les solicita se cubran detalles como bermudas o pantalones desgarrados. La mayoría de los tatuajes también deben ocultarse.

Arquitectura para la espiritualidad

Es una mezquita joven, no por ello, poco emblemática. Es la más grande e importante de la nación. Se terminó de construir y se convirtió en casa de la fe musulmana en el 2007, después de 11 años de edificación. Lleva el nombre del jeque Zayed bin Sultán Al Nahayan, principal responsable de la unificación de los Emiratos Árabes Unidos.

El edificio, sus detalles inagotables y el resplandor de sus más de 165,000 metros cuadrados de recubrimiento de mármol sivec de Macedonia, característico por su blancura, la mezcla de los estilos árabe, mongol y otomano, la perfecta simetría en todos y cada uno de sus elementos, por más grandes o pequeños que resulten, y las 82 cúpulas de diferentes tamaños, constituyen una expresión de la soberbia poética arquitectónica.

El público visitante recorre la construcción prácticamente en silencio, parece en introspección inducida por el esplendor de los pasillos que rodean el patio central, habitados por más de 1,000 columnas decoradas con formas florales coloreadas por incrustaciones de piedras semipreciosas: lapislázuli, ágata rosa, amatista, con botones de concha nácar, y rematadas en la parte superior con detalles de palmeras estilizadas, también en dorado, que sostienen las arcadas exteriores.

Con 16,000 metros cuadrados de extensión, el patio puede acoger la oración de hasta 32,000 fieles que lo colman durante el Ramadán. En cada esquina se yerguen los minaretes hasta los 107 metros de altura. Ningún visitante puede poner un pie sobre este lugar; mucho menos puede pisar la alfombra del salón de oración al interior de la mezquita, un sitio sagrado y ostentoso por igual.

Los fieles musulmanes, los únicos con permiso para ingresar al salón de oración, deben mirar hacia la qibla o muro donde se ubica el mihrab o nicho que indica la línea perpendicular hacia la Kaaba, el prisma que resguarda la reliquia que habita el centro de la Meca, en Arabia Saudita.

Este salón de oración está iluminado por tres lámparas de araña monumentales elaboradas con acero, bañadas en oro de 25 quilates, con incrustaciones de cristales de Swarovski. La mayor lámpara de tres, la central, mide 10 metros de diámetro y 15 metros de altura: es tan alta como un edificio de cinco pisos y pesa unas 12 toneladas. La alfombra, por su parte, está hecha de lana de algodón y es la más grande tejida a mano en el mundo, con una superficie de 5,400 metros cuadrados.

Pasan de las tres de la tarde. De nuevo es escucha el acogedor canto del Adhan. Es el llamado para el Asr, la oración de la tarde, la tercera del día. El llamado se replica en todos los rincones del país. Y en este lugar, los fieles se disponen a orar de cara a la qibla, mientras los visitantes se llevan en la mirada una experiencia de espiritualidad inducida por la arquitectura.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx