Respira hondo...Ya...

Bueno, ahora empuja

- como hombre, con fibra, sin desmayo-

tu granito de arena.

Y cuando al fin te encuentres en la cima

y lo veas que rueda cuestabajo

dedícate a buscarlo una y mil veces

en la pluralidad de este desierto.

“El nuevo mito de Sísifo”

José Emilio Pacheco

1. El año en que nació José Emilio Pacheco, 1939, el Castillo de Chapultepec se convirtió en el Museo Nacional de Historia y T.S. Elliot publicó The old possums book of practical cats. La Guerra Civil Española terminaba y la Segunda Guerra Mundial estaba comenzando. La Ciudad de México, su lugar de nacimiento, todavía era la región más transparente y sus calles y plazas, la inspiración de cancioneros y escritores; una locación ideal del cine de oro.

La asombrada metrópoli miraba cómo la modernidad la alcanzaba cada vez más relumbrante y rápida. Las letras de Pacheco hablaron de la inmensidad de arenas y mares, pero también fueron citadinas. Nos dijeron que muy probablemente era un niño en la Colonia Roma y sus lectores quisimos pensar que la historia de Carlitos – el héroe de Las Batallas en el Desierto- era la suya propia con otro nombre y otros adjetivos, la de “un niño héroe librando el más solitario de los combates”, como algún día lo dijo Vicente Quirarte.

Poco antes de cumplir veinte años, Pacheco publicó su primer libro La Sangre de Medusa y otros cuentos marginales. El calendario indica que en el mismo año, 1958, Juan José Arreola publicó su Bestiario pero nadie nos había dicho que la relación entre estos dos escritores había sido cercana.

El mismo José Emilio, que poco hablaba de sí mismo, en una entrevista de hace casi veinte años, confesó: “En aquel tiempo no existían los talleres literarios. Me hubiese gustado mucho ir a uno porque así no habría tenido luego la necesidad de corregirme tanto. Ahora, debo decir que fui muy cercano a Juan José Arreola. Estuve con él y fui su amanuense, me dictó su libro Bestiario. Como él tenía que entregar ese texto y se enfrentaba a algunos problemas de diversa índole, le dije: “acuéstese, me dicta, lo tomo a mano, lo paso a máquina y usted corrige. Así fue. Lo único que le reprocho a Arreola es que él, que corrigió a todo el mundo, no me quiso corregir a mí, bajo el argumento de que así estaba bien mi trabajo”.

Sospechamos lo que siempre es verdad: que Pacheco, en su afán de perfección y disciplina siempre sospechó de sus textos. Y que sus excelencias literarias no buscaban trascendencia y fueron intentos, en su opinión, siempre modestos.  Así lo escribió dijo:

Que otros hagan aún el gran poema

los libros unitarios, las rotundas

obras que sean espejo de armonía

A mí sólo me importa el testimonio

del momento inasible, las palabras

que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.

La poesía anhelada es como un diario

en donde no hay proyecto ni medida.

“A quien pueda interesar”

2. Muchos libros nos regaló el poeta. Libros favoritos de títulos perfectos - No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Morirás lejos-, libros donde uno se convierte en personaje y adquiere los mismos gustos y memorias. (Yo, como Carlos el de Las Batallas en el Desierto, también detesto la crueldad con la gente, la violencia, los gritos, la presunción, la aritmética y encontrar dientes de ajo en el arroz). Muchos nos aprendimos sus poemas de memoria y los recitamos con gozo de tan ciertos (Mira las cosas que se van, recuérdalas, porque no volverás a verlas a nunca).

Pero no sólo de poesía vivó el poeta, lector querido y no iba con la lírica y la musa a todas partes. Pacheco estudió en la Facultad de Derecho y también en la de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. No solamente escribió verso. También entró a los terrenos de la investigación literaria, hizo notables traducciones, rigurosos ensayos y fue sido director y editor de colecciones bibliográficas, colaborando en diversas publicaciones, suplementos y revistas culturales, además de haber sido maestro en varias universidades del mundo. Muy larga, constante e importante también su labor periodística.

Hoy ya es de colección. Baste acudir a la antología en tres tomos de su columna semanal Inventario que desde 1973 hasta 2014, es decir, cuatro décadas, fue referente insoslayable para comprender la cultura en México y en el mundo.

Vaya un fragmento del Inventario publicado el 12 de mayo de 1986:

De acuerdo con Unamuno, no importa lo que un autor quiere decir sino lo que dice sin querer. Siempre he creído que un texto impreso es la mitad del poema. La poesía sucede o no en el encuentro con la experiencia ajena, por definición impredecible y fascinante. Cuanto “quise decir” está en la página. Cuanto “dije sin querer” lo revelarán los lectores.

3. Yo todavía no cumplía la docena de años cuando me encontré con su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo en el estante de la biblioteca de mi padre que estaba catalogado como libros “de escaso interés para los niños”, es decir, prohibidos, por lo pronto. Por eso lo abrí, al azar, sin muchas intenciones de leerlo de verdad. Y me topé con un poema corto, cuyo título, en inglés decía To grow old mientras las líneas de abajo estaban en español. Me pareció una idea original, pero chocante. Pero después de leerlo, “Sobre tu cara crecerá otra cara/ en cada surco que la edad madura/ y luego se consume/ y te enmascara/ y hace que brote tu caricatura...” pensé que el título en otro idioma era una sutil y muy elegante manera de no encarar el tema de envejecer. Y mejor ni pensar en ponerle nombre en español a la angustiosa idea de marchitarse y ser una víctima del tiempo. Yo, por supuesto, tenía la encantadora certeza de que para cumplir quince faltaba una eternidad. Y esa era mi única referencia de la vejez.

Pero pasaron los años. Uno, dos, tres, quince, veinte, treinta.... Y en todos ellos citaba aquel poema a la menor provocación. Primero con la intención de que había que reírse de la angustia de ser viejo, “como hace José Emilio Pacheco”. Después como una forma de consuelo. Si el poeta lo sabe y lo escribió, pensaba yo, es que es mi compinche y me regaló el poema para enseñarme que el tiempo no tiene la menor importancia y para salvarse de su amargo paso siempre se puede escribir. Luego, como un indicativo de sabiduría, admiración y cierta tristeza – envidia de la buena-de que alguien pudiera decir lo que yo quería y nunca pude haber dicho exactamente como él. Todo para que al final llegara yo al principio. Lo verdaderamente cierto. Leer de Pacheco todo lo que apareciera. Sin buscarlo, ni estudiarlo, sin atravesarlo con los odiosos clavos de la obsesión. Con la gloriosa sensación –le pese a quien le pese- de que siempre había sido mío y no me era   preciso estar delante de él. Sin tener nada que preguntarle o saber todo de su vida.  Suficiente cercanía tuve y tengo por haber leído sus palabras. Y porque me enseñó muchas cosas. Que el tiempo está todo el tiempo, que la vida transcurre, que de lo perdido siempre aparece algo, que aunque renazca el sol, los días no vuelven. Y porque me lo sigo encontrando todo el tiempo.

4. Del año de la muerte de José Emilio Pacheco, han pasado cinco. No era un día como hoy, fue un 26 de enero. Apenas antier.

No me pregunten cómo pasa el tiempo.