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Política

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Mario Campos: "Tenemos armas para dar la batalla contra la desinformación"

Las noticias falsas están en las redes sociales y conversaciones cotidianas; en muchos casos están ahí porque responden a intereses que operan con una eficacia inquietante, expone.

Todos los días circulan noticias falsas, medias verdades, rumores amplificados y narrativas diseñadas para engañar y polarizar. Están en las redes sociales y conversaciones cotidianas y no por accidente: responden a intereses claros que operan con una eficacia inquietante, en un contexto marcado por la desconfianza, el hartazgo y la urgencia permanente, plantea Mario Campos en su libro “Batalla por la Verdad. Cómo sobrevivir a la era de las fake news, editado por Aguilar.

En entrevista, el reconocido comunicador explica que, ante las maquinarias de la desinformación, las personas deben cuestionar lo que consumen de información, ya sea porque la buscan o simplemente porque están expuestas a ella.  Y para ello existen herramientas.

Destaca que la desinformación ha existido siempre y que, desde hace mucho tiempo, existen intentos por controlar a quién llega.

Lo relevante es que ahora existen los elementos para crear la “tormenta perfecta” para la desinformación.

Por una parte, está la rapidez con que circula la información y la velocidad con que se produce, además de la facilidad para suplantar las voces de personas o crear imágenes de personas que, a simple vista, parecen reales.

A ello se suma que, para muchas personas, las opiniones tienen el mismo estatus que los hechos.

En ese contexto, refiere, se construyen narrativas sobre temas como la existencia o no del cambio climático, la propagación de la Covid-19, las vacunas, entre otros.

Eso ha derivado en que, para algunos políticos, lo relevante ya no es apegarse a la verdad, sino al relato que construyen. Por ello, si determinado relato resulta funcional a su causa, consideran que ya no tienen ninguna obligación de apegarse a los hechos.

Con ese tipo de convicciones, en Estados Unidos muchos apelan a los alternative facts (hechos alternos) y en México hay quienes simplemente apelan a que tienen “otros datos”, con los cuales pretenden ganar la discusión.

Por todo eso, el autor considera que hoy las personas enfrentan el reto de poner a la verdad en el centro, no solo como una reivindicación ética, sino como una reivindicación pragmática.

Esto tiene que ver con lo valiosa que resulta la confianza que las personas pueden tener en lo que se dice de las cosas, de los procesos y de las situaciones.

Por ejemplo, tener la confianza en que cuando una autoridad informa que el Producto Interno Bruto (PIB) de determinada nación varió en cierta proporción durante determinado tiempo, el dato es confiable.

Eso simplemente porque a una persona, por su propia cuenta, le resultará muy complicado sacar la variación del PIB.

En ese sentido, destaca que a lo largo de los años se han cresado una serie de instituciones que se han ganado el respeto y credibilidad en temas específicos, como el INEGI, en lo que se refiere a indicadores económicos y sociales. Se tiene la confianza en que dicen la verdad.

En opinión de Campos, se trata de instancias valiosas que deben cuidarse, simplemente porque son fuente de referencia confiable para tomar buenas decisiones. Decisiones con base en conocimiento.

Para el comunicador, la buena noticia es que hay recursos para dar la batalla por la verdad, incluso los agrupa en externos e internos.

Entre los externos menciona las medidas adoptadas por algunos países para enfrentar riesgos a su seguridad nacional derivados del mal uso de inteligencia artificial y actos deliberados de desinformación.

De los internos, menciona los ejercicios para la verificación de información que circula en los medios de comunicación.

Incluso actualmente hay sitios de internet en los que es posible saber si una imagen o un audio fue creado con inteligencia artificial.

Algunas empresas verifican que los videomensajes que miran sus ejecutivos sean reales y no creados con inteligencia artificial.

Además, como lo plantea en su libro, Campos invita a cada persona  a cuestionarse qué intención tiene la información que ha llegado ante sus ojos y oídos.

También a que se cuestione si hay un intento de engaño, si existe la intención de inducirla a compartir determinada información o sus datos personales.

Las personas deberían cuidar su dieta informativa, opina

El interés del autor es que, este tipo de temas se discutan tanto en casa como en distintos foros de la vida cotidiana y profesional, y que las personas estén alertas ante las intenciones de quienes hacen llegar información, por ejemplo, a los usuarios de redes sociales.

Además, subraya que los elementos que hoy facilitan la desinformación van a continuar operando. Por ejemplo, el desarrollo y uso de la inteligencia artificial, los algoritmos mediante los cuales funcionas las plataformas de redes sociales y los relatos simplificados de los políticos.

Pese a ello, el autor mantiene su optimismo porque estos temas comienzan a discutirse cada vez más; las personas comienzan a ser más críticas con la información a la que están expuestas y con aquella que buscan por iniciativa propia, además de que existe un creciente interés por regular el desarrollo y uso de la inteligencia artificial.

Sugiere que, así como la gente cuida los alimentos que consume, debería cuidar la información que consume, lo cual implica preguntarse de dónde le llega y si alguien la pone a su alcance con alguna intención.

Por otra parte, destaca que, en algún momento, se celebraba que con el surgimiento de las redes sociales se había abierto la posibilidad de eliminar los intermediarios de la información.

Cualquier persona podía recibirla, por ejemplo, de un actor público, sin la intervención de los medios de comunicación y, por lo tanto, la filtración que pudieran hacer.

Sin embargo, ahora, cuando ese tipo de comunicación se realiza a través de plataformas digitales, aparentemente sin intermediarios, lo que debe tomarse en cuenta es que hay un algoritmo que decide qué es lo que pone ante los ojos del usuario final.

Lo delicado es que los algoritmos no son neutrales y pueden impulsar agendas que el usuario no identifica. Cambiaron los intermediarios y ahora son, en buena medida, los algoritmos.

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio. Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.

Periodista mexicano, originario de Amealco, Hidalgo. Editor del suplemento Los Políticos de El Economista. Estudié Sociología Política en la Universidad Autónoma Metropolitana. En tres ocasiones he ganado el Premio Nacional de Periodismo La Pluma de Plata que entrega el gobierno federal. También fui reconocido con el Premio Canadá a Voces que otorga la Comisión Canadiense de Turismo, así como otros que otorgan los gobiernos de Estados Unidos y Perú.

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