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El vínculo secreto entre Gabriel García Márquez y David Ricardo
Opinión
“Los sistemas que ocultan la verdadera magnitud de la deuda pública son perjudiciales para la nación” (David Ricardo “Essay on Funding System”, 1820)
“El interés del propietario siempre se opone a los intereses de cualquier otra clase de la comunidad” (David Ricardo “Principles of Political Economy and Taxation”, 1817)
“Ni tampoco se vaya con su familia para los Estados Unidos, que son omnipotentes y terribles, y con el cuento de la libertad terminarán por plagarnos a todos de miserias” (Gabriel García Márquez “El general en su laberinto”, 1989)
“No son los sistemas sino sus excesos los que deshumanizan la historia [..] Siempre será así... Mientras los subalternos sigan mintiéndonos para complacernos” (Gabriel García Márquez “El general en su laberinto”, 1989)
Literatura y teoría económica: El vínculo secreto entre Gabriel García Márquez y David Ricardo
Aunque la novela de García Márquez (1927-2014) “El general en su laberinto” (1989) es una poderosa meditación de tipo shakespeariano sobre la fragilidad del poder y la caída, que acecha a quien gobierna un país, o a un reino, toca de manera efímera, pero con gran poder simbólico la tragedia de la deuda pública latinoamericana. De esta manera, quizá sin estar consciente de ello, el premio Nobel de literatura de 1982, aborda un fenómeno tan relevante como es el de la deuda pública que, en el ámbito de la ciencia económica, uno de sus representantes mayores el economista inglés David Ricardo (1772-1823) consideró tan pernicioso, que combatió de manera encarnizada la mera existencia de la deuda pública de su país. Este magno economista británico, tiene tal importancia como pensador económico, que si viviera en el presente siglo XXI ya hubiera sido galardonado con el premio Nobel de economía. El plan para liquidar la deuda pública de Inglaterra fue presentado por David Ricardo en 1820 en el texto Essays on the Funding System, el cual fue publicado en la sexta edición de la Enciclopedia Británica. Surge así, de manera misteriosamente natural un invisible diálogo Inter temporal entre el gigante de la literatura latinoamericana Gabrel García Márquez, escritor universal, maestro supremo del boom latinoamericano, y el gigante de la economía clásica del siglo XIX.
Consideraciones sobre la grandeza intelectual de Gabriel García Márquez y la de David Ricardo
Reflexión sobre el genial escritor colombiano. Gabo como le dicen a García Márquez fue reconocido por la Academia Sueca con el Nobel de literatura en el año de 1982 “Por sus novelas y cuentos, en los que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, reflejando la vida y los conflictos de un continente”. Mario Vargas Llosa (1936-2025), premio Nobel de literatura 2010, que terminó en muy malos términos personales e ideológicos con Gabo, tuvo el valor de reconocer en su momento que “García Márquez es un escritor fuera de serie, uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo […] Cien años de soledad es una obra maestra que quedará mientras exista la lengua española”. Lo anterior, lo escribió Vargas Llosa en un monumental tratado, diseccionando la obra maestra de García Márquez Cien años de soledad (1967); el tratado en cuestión se intituló La muerte de un deicidio (1971). Hay que recordar que siempre el escritor peruano elogió al escritor colombiano, más allá de su severa crítica política, con un imparcial reconocimiento literario por la perfección narrativa, la invención mítica y la fuerza estructural de las novelas de García Márquez.
Por su parte, el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012) afirmó que “Gabriel García Márquez es el creador de un continente imaginario, Macondo que es ya parte de la geografía universal” (Carlos Fuentes “García Márquez: la creación de un continente.” Revista Plural, México, 1982). En mi opinión, Carlos Fuentes debió haber obtenido el premio Nobel de literatura si no hubiera habido en contra de él, el encono de escritores y críticos de derecha muy influyentes entonces en las decisiones del Comité Nobel de Literatura de la Academia Sueca. El extraordinario escritor Salman Rushdie (1947, ¿-), cuya literatura está profundamente influida por Gabo, como el lector sagaz puede comprobar fácilmente si lee por ejemplo la deslumbrante novela Midnight’s Children (1981), afirmó: “García Márquez reinventó la literatura[..] Después de él, todos escribimos de otra manera (Salman Rushdie: “Gabriel García Márquez’s Work Was Rooted in the Real: Magic in Service of Truth” New York Times, abril 2014). Para Salman, García Márquez fue un revolucionario del lenguaje.
La infaltable Susan Sontang (1933-2004) aunque critica severa de Gabo por su silencio ante la situación autoritaria del gobierno de Cuba en alguna entrevista de la que tengo borrosos recuerdos me parece que señaló lo siguiente: “La obra de García Márquez nos recuerda que la belleza también es una forma de resistencia.” En una entrevista escrita que le hicieron a Jean Paul Sartre (1905-1980) - que leí hace tiempo, pero que cito de memoria por no recordar donde, me parece que el autor de Critica de la razón dialéctica (1960) expresó sobre el valor artístico de Gabo algo parecido a lo siguiente: “García Márquez ha creado un universo que es a la vez político y poético”. Sartre lo veía como un escritor que unía compromiso político y belleza, algo que el filósofo y escritor francés consideraba inusual, pero, extremadamente valioso.
El poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973), premio Nobel de literatura 1971, y pensador medularmente marxista afirmó: “Gabriel García Márquez es el narrador total de la literatura universal del siglo XX, y Cien años de soledad es un acontecimiento histórico. Es la mayor revelación literaria de las Américas desde Don Quijote.” (Pablo Neruda “Entrevista “El Nacional, Caracas, Venezuela 1972).
En lo que respecta a mí, después de efectuar algunas relecturas de las novelas de García Márquez (cosa más importante que la lectura según el criterio de Jorge Luis Borges), llegué a la conclusión de que el escritor colombiano no sólo es un maestro de la literatura, sino que mediante el empleo del método literario del “Realismo Mágico” se convirtió en el alquimista de la memoria histórica de nuestro épico y a menudo vapuleado continente, en lo particular me parece que con dicho método convirtió lo cotidiano en prodigio, es sin duda un prosista inigualable en el campo de la novela, y es bajo esta tesitura el artesano de la frase perfecta, si no díganlo las memorables frases siguientes de Gabo: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados […] Le asustó (a Fermina Daza) la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites” […] El amor se hace más grande y noble en la calamidad” (El amor en los tiempos del colera, 1985); “La ilusión no se come -dijo ella- No se come, pero alimenta -replicó el coronel (El coronel no tiene quien le escriba, 1961); “La creación intelectual es el más misterioso y solitario de los oficios humanos […] La pobreza no es una virtud, es una injusticia […] La dignidad no consiste en poseer honores, sino en merecerlos” (Discurso de García Márquez en la Sociedad Interamericana de Prensa, 1996); “El poder es un misterio que nadie descifra […] El tiempo no pasa en la casa del poder: se pudre” (El otoño del patriarca, 1975). Sobre la novela El otoño del patriarca, me permito señalar, que García Márquez incursionó felizmente y con naturalidad asombrosa en el denso y polifónico lenguaje de William Faulkner (1897-1962), quien obtuvo el premio Nobel de literatura en 1949. Las similitudes entre Gabo y Faulkner se aprecian claramente, si uno liga el mítico condado de Yoknapatawpha de Absalom, ¡Absalom! (1936), con el mítico pueblo de Macondo de Cien años de soledad (1967).
Reflexión sobre el genial economista inglés. Los reconocimientos al economista David Ricardo, también han sido muy elogiosos y apreciables de parte de sus colegas economistas. Verbigracia, John Stuart Mill (1806-1873) escribió que “Ricardo llevó la ciencia económica a un nivel que nadie antes había alcanzado” […] Es el más grande de nuestros maestros”. (John Stuart Mill, Principles of Political Economy, Libro II, Capítulo I: Of Property, 1848). Asimismo, Karl Marx (1818-1883) señaló: “David Ricardo es la cumbre del pensamiento económico burgués (El capital, 1865), en su voluminosa y genial obra Teorías de la plusvalía (1861-1863), Marx equiparó a Ricardo con Newton (1642-1727) en su significación científica. En los majestuosos y hegelianamente densos escritos económicos intitulados Grundrisse, realizados entre 1857 y 1858, Marx consideró a Ricardo como el punto culminante de la economía burguesa, el autor que da a la teoría su forma más pura y sistemática, y el que convierte la economía en una ciencia estricta, como lo hizo Newton en la ciencia natural.
Uno de los escritores favoritos de Jorge Luis Borges fue Thomas De Quincey (1785-1859), quien aparte de ser escritor, fue un economista muy ilustrado. Este formidable autor expresó la importancia de David Ricardo en varios libros y ensayos que escribió. Así, en su texto Confesiones de un inglés consumidor de opio (1821), De Quincey al leer “Los principios” de David Ricardo se preguntó asombrado lo siguiente: “¿Había sido realmente escrito este trabajo profundo durante la tumultuosa prisa del siglo XIX? ¿Era posible que un inglés, y no en los claustros académicos, sino oprimido por cuidados mercantiles y senatoriales, el que hubiera logrado lo que todas las universidades de Europa y un siglo de pensamiento no habían conseguido avanzar ni siquiera un cabello? Ricardo -prosigue De Quincey- había deducido, a priori, leyes que arrojaron la primera luz en el caos oscuro de materiales, y había construido lo que antes era solo una colección de discusiones tentativas en una ciencia […] ahora asentada sobre una base eterna.” De Quincey señaló que el libro On the Principles of Political Economy and Taxation lo sacó de un estado de letargo mental provocado por el opio. En el texto Dialogues of Three Templars on Political Economy, chiefly in relation to the Principles of Mr. Ricardo publicado en 1824 en el diario London Magazine, De Quincey afirmó: “Los autores anteriores habían sido aplastados por el enorme peso de los hechos, detalles y excepciones; Mr. Ricardo dedujo, a priori, desde el entendimiento mismo, leyes que primero lanzaron luz en el caos oscuro de materiales, y así construyó una ciencia de proporciones regulares”. En el muy grato artículo Adam Smith y David Ricardo publicado en la revista Blackwood´s Magazine en 1842, De Quincey seguía reverenciando, casi religiosamente a David Ricardo, pero a la vez señalando con insuperable precisión analítica lo siguiente: “Exactamente dos años después de Waterloo, y por consiguiente exactamente veinticuatro años antes del presente verano de 1842, David Ricardo realizó el primer y último esfuerzo que pueda jamás hacerse para revolucionar esta ciencia que, para las naciones, profesa revelar los fundamentos de su prosperidad […] Ricardo fue un revolucionario único e irrepetible de la economía política.”
El genial y polímata economista austriaco Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) en su Historia del análisis económico (1954), expresó: “David Ricardo es el genio sistemático más poderoso de la economía clásica, el economista más grande del siglo XIX, y su influencia es sin paralelo”. John Maynard Keynes (1883-1946) un crítico pertinaz de David Ricardo, sin embargo, reconoció en su obra maestra Teoría general del empleo, el interés y el dinero, publicada en 1936 que: “Ricardo fue el arquitecto intelectual de la economía clásica, cuya influencia dominó la teoría económica por más de un siglo […] la economía clásica fue dominada por Ricardo como España fue dominada por la Santa Inquisición”.
A su vez, el crítico más grande de la economía de todos los tiempos, el italiano Piero Sraffa (1898-1983) en la introducción al volumen 1 de su laborioso Works and Correspondence of David Ricardo (1951) que comprende once volúmenes indicó que: “David Ricardo es el más grande teórico puro de la economía clásica” […] es el fundador de la economía científica, su obra es comparable a la de los grandes arquitectos de sistemas teóricos, en la línea de Newton”. La obra completa de David Ricardo realizada por Piero Sraffa con el sabio apoyo del economista marxista inglés Maurice Dobb (1900-1976) es para emplear una famosa frase de Schumpeter “un monumento de lealtad insobornable, y de erudición única”.
Los once volúmenes que comprenden los “Works”, por su rigor filológico, precisión conceptual, profundidad intelectual y científica, fueron alabados por un contumaz economista neoclásico miembro de la escuela de Chicago, el premio Nobel de economía 1982, George Stigler (1911-1991) en su artículo escrito para el Journal of Political Economy (JPE) intitulado Sraffa´s Ricardo (1952) donde expresó lo siguiente: “El Ricardo de Sraffa es un trabajo de rara y excepcional erudición, (Sraffa’s Ricardo is a work of rare scholarship), un modelo de permanente rigor académico”. Stigler en ese citado ensayo sobre la edición de Sraffa, ponderó el “cuidado meticuloso, el buen juicio constante y la erudición profunda de Piero Sraffa” (“meticulous care, constant good sense, and erudition of Mr. Sraffa”). La impresión de Stigler no es superflua, el distinguido miembro de la escuela de Chicago revisó y comparó el texto de la primera edición de la obra magna de David Ricardo y concluyó con un dictamen que las futuras generaciones no podrán refutar: “La precisión de Sraffa es casi perfecta”.
Por las razones vertidas por George Stigler, considero que uno de los grandes aciertos del Fondo de Cultura Económica (FCE) fue la traducción al español de los “Works” de Sraffa. Recuerdo nítidamente a pesar del largo tiempo transcurrido, que estudiando en el CIDE un posgrado en economía, un caluroso día de verano por accidente después de una larga caminata entré sin haberlo planeado a la librería Daniel Cosío Villegas del Fondo de Cultura Económica, que se ubicaba (y creo que sigue ubicándose) en avenida universidad 985 y la calle de Parroquia. Fue un día intelectualmente venturoso, en esa ocasión el siempre enigmático azar me brindó un portentoso regalo: En una superflua inspección de libros estando en el interior de la librería sin saber que comprar, vi de repente que estaban a la venta varios ejemplares en español de los “Works” de Sraffa, con las pastas esmirriadas, y muy maltrechas, pero eso no importó compré todos los ejemplares posibles aprovechando la baratura de su precio, creo que solo faltaron en la compra los volúmenes X y XI. Ese fue un ¡Happy Day! sentimiento que me acompañó durante la placentera lectura de los “Works” de Ricardo en español. Por esta insólita felicidad de un lector agradecido, aprovecho la oportunidad para rendir en este articulo un homenaje merecido a los traductores de tan insigne obra en once volúmenes. Veo en mi biblioteca personal, los nombres de los siguientes traductores: Volumen I “Principios de economía política y tributación” (1973). Traductor: Juan Broc B.; Volumen II “Notas sobre los Principios de economía política de Malthus” (1974). Traductor: Julio Estrada M.; Volumen III —“Folletos y artículos, 1809-1811” (1975). Traductora: Nelly Wolff.; Volumen IV —“Folletos y artículos 1815–1823” (1976). Traductor: Florentino M. Torner.; Volumen V —“Discursos y evidencia parlamentaria” (1977). Traductor: Florentino M. Torner (en algunos catálogos aparece también participación de Carlos Villegas).; Volumen VI — “Correspondencia 1810–1815” (1978). Traductora: Nelly Wolff.; Volumen VII — “Correspondencia 1816–1818” (1979). Traductora: Nelly Wolff.; Volumen VIII — “Correspondencia 1819–1821” (1980). Traductor: Carlos Villegas.; Volumen IX — “Correspondencia julio 1821–1823” (1981). Traductor: Carlos Villegas.; Volumen X — “Miscelánea biográfica”. Traductora: Margarita Álvarez Franco (1982).; y Volumen XI — “Índice general” (1983). Traductora: Margarita Álvarez Franco. Revisor general de la edición completa: Manuel Sánchez Sarto.
Es importante señalar, que cuando entré a la liberaría Daniel Cosío Villegas del Fondo de Cultura Económica y adquirí los diversos tomos en español de los “Works”, recuerdo que todavía no se publicaban o estaban por publicarse los volúmenes X y XI. De estos últimos sólo tengo una impresión mimeografiada, conservo una copia respectiva de ambos tomos, sin importarme que la copia en el papel exhiba una textura irregular y emane un olor a solvente. Dada la relevancia indiscutible de estos once tomos conviene hacer una breve síntesis individual de cada tomo y de su relevancia, sobre todo en el tema tratado por David Ricardo acerca del financiamiento de los gastos del gobierno a través de la deuda pública, y/o a través de los impuestos.
En el volumen I se presenta la obra maestra de David Ricardo Sobre los principios de economía política y tributación (On the Principles of Political Economy and Taxation). Al respecto, destacan los doce capítulos dedicados al tema tributario. El capítulo VIII trata de los impuestos en general. En este capítulo David Ricardo divide a los impuestos en directos e indirectos, y señala que no crean riqueza y solo redistribuyen la renta nacional y en una perspectiva de equilibrio de largo plazo pueden incidir en la tasa de acumulación del capital; el capítulo IX trata de los impuestos a los productos agrícolas. En este capítulo Ricardo afirma que si el impuesto grava a los productos del sector agrícola, por ejemplo, el trigo, el precio de este producto se incrementa para cubrir el impuesto, que se traslada al consumidor. De acuerdo con su teoría de la renta, el precio más alto del trigo incrementa la diferencia entre las tierras fértiles y las menos fértiles, la renta surge de esa diferencia de productividad, se benefician entonces los terratenientes propietarios de las tierras más fértiles y pierden los propietarios de rentas menos fértiles, el impuesto en el sector agrícola beneficia al terrateniente y perjudica al consumidor y al pequeño propietario agrícola, el impuesto afecta también a la tasa de beneficio del capital con efectos negativos sobre la acumulación y el crecimiento. Hay que recordar que David Ricardo solo reconoce la renta diferencial, la teoría de la renta absoluta fue formulada por Marx; el capítulo X versa del análisis de los impuestos a la renta de la tierra. Ricardo afirma que este impuesto grava exclusivamente a los propietarios de la tierra, en virtud de que no altera el precio de los productos agrícolas debido a que la renta es un excedente, un ingreso residual que se paga después de cubrir los costos de producción. Un impuesto a la renta no favorece a los propietarios de la tierra y los capitalistas y trabajadores salen indemnes del impuesto.
En el capítulo XI se analiza el rubro de los “diezmos”. En la época de David Ricardo esta carga fiscal era un impuesto al sector agrícola que implicaba destinar un décimo de la producción agrícola a la Iglesia, por lo que señala el insigne economista tienen el mismo efecto de un gravamen a los productos agrícolas, pero con una proporcionalidad menor. El capítulo XII examina el impuesto territorial. Este impuesto tiene los mismos efectos que los impuestos a la renta de la tierra. Para Ricardo ambos impuestos al gravar a un ingreso no ganado no tienen efectos sobre la acumulación del capital y por ende no afectan al crecimiento económico. El capítulo XIII trata sobre la tributación al oro. Este impuesto sólo tiene efectos inflacionarios, dado que la carga fiscal que se impone a las minas de oro afecta su producción, al limitar sobre todo la oferta de las minas menos fértiles, entonces el costo se encarece, el valor aumenta y con ello los precios generales de las mercancías. En el capítulo XIV David Ricardo analiza los impuestos a las viviendas. Este impuesto grava a los propietarios de las tierras y bienes inmobiliarios que se alquilan, no es trasladable el impuesto al inquilino, no se alteran los bienes-salarios, ni la tasa de beneficio y por ende no afecta la acumulación de capital productivo. Es un impuesto positivo.
El capítulo XV analiza el impuesto a los beneficios. Para David Ricardo se trata de un impuesto, que afecta negativamente a la tasa de beneficio, a las inversiones, y a la acumulación de capital por lo que frena el desarrollo económico. El capítulo XVI examina los impuestos al salario. En la perspectiva ricardiana de equilibrios de largo plazo, los salarios se ubican al nivel de subsistencia, por lo que un impuesto al salario mina la productividad del trabajador. En el corto plazo si la respuesta al impuesto es un alza del salario nominal, la tasa de beneficios cae y con ello se afecta la acumulación de capital y el progreso económico.
El capítulo XVII se aborda el tema de los impuestos a las mercancías distintas a los productos agrícolas. El efecto depende de la incidencia tributaria al producto gravado. Si se tributa a las mercancías no agrícolas el precio de estas se incrementa, lo que afecta negativamente al consumo al reducirse su poder adquisitivo. Si se grava al consumo (bienes salarios) los trabajadores demandarán más salarios nominales para mantener su nivel mínimo de subsistencia y con ello se afecta negativamente la tasa de beneficio. Si la tributación se concentra en bienes de lujo son los consumidores más ricos los afectados, no se altera en este caso la tasa de salarios ni la tasa de beneficio. En este capítulo, David Ricardo al tratar la tributación de estos productos, formula el teorema de la “equivalencia ricardiana”, que Robert J. Barro (1947, ¿-) redescubrió y popularizó en 1974 en su ensayo Are Government Bonds Net Wealth?
El capítulo XVIII examina la tributación a las clases más pobres del país. Es un impuesto injusto en virtud de que los salarios se ubican en el largo plazo al nivel de subsistencia y para mantener ese nivel demandarán más salario, afectando con ello negativamente la tasa de beneficio y la acumulación de capital. En el capítulo XXIX se estudian los impuestos pagados por el productor. La reacción es trasladar el impuesto al consumidor elevando los precios.
El tema de los subsidios fiscales se trata en los capítulos XXII y XXIII. El capítulo XXII es de gran importancia porque versa sobre la política fiscal, donde David Ricardo acepta la conocida regla fiscal de Jean Baptiste Say (1767-1832), la cual establece que: “El gasto público es financiado con impuestos corrientes, por lo que la deuda pública es solo un impuesto diferido” (J.B. Say Tratado de economía política, 1803). En resumen, el tema tributario examinado en este Volumen I dedicado a los “Principios” cubre 141 páginas de un total de 429 en la versión original inglesa de la tercera edición, lo que implica que abarca un tercio del opus magnum de David Ricardo.
En el Volumen II de los “Works” se presentan las notas críticas de Ricardo al libro de Malthus (1766-1834), es notable este volumen por iniciar una de las grandes controversias científicas de la historia del pensamiento económico, la polémica “Ricardo–Malthus sobre teoría del valor, demanda efectiva, acumulación y renta”. El libro de Malthus que crítica David Ricardo en estas notas es Principios de economía política publicado en 1820.
En el Volumen III se presentan los primeros escritos de David Ricardo (1809-1811), dicho volumen es extenso, de más de 400 páginas. Los temas principales que aborda son de carácter esencialmente monetario destaca el artículo: The High Price of Bullion: A Proof of the Depreciation of Bank Notes (1810), donde David Ricardo adopta una posición ultra monetarista. Todos los artículos que escribió Ricardo, que aparecen en este volumen tienen fundamentalmente una orientación monetaria, como el ensayo muy poco valorado por los historiadores del pensamiento económico, el cual lleva por título en inglés de “Three Letters on the Bullion Report” escrito en 1810. Este ensayo es importante, en virtud de que David Ricardo incursiona en el tema del señoreaje financiero que practica el Banco de Inglaterra al cual se opone por considerarlo excesivo, y mal gestionado. David Ricardo afirmó que los recursos de este señoreaje, que forman parte del remanente financiero (remanente operativo lo denomina la contabilidad de Banxico) pertenecen al gobierno y no a la elite del banco, que, por cierto, los gestionaba discrecionalmente, y los usufructuaba totalmente a su conveniencia. David Ricardo, no sólo señaló que el remanente operativo del Banco de Inglaterra estaba mal administrado, y por su fina y exacta capacidad de calculó afirmó con mucha seguridad, que una buena administración fácilmente triplicaría el monto del señoreaje en beneficio del Estado. En su obra Plan for the Establishment of a National Bank (“Plan para el establecimiento de un banco nacional”) escrita poco antes de su muerte, David Ricardo después de una larga reflexión solicitó limitar atribuciones a la carta real (Charter) otorgadas por la Corona británica al Banco de Inglaterra, las cuales vencían con el término de la licencia en el año 1833. Ricardo consideró que para evitar la especulación y preservar la estabilidad monetaria, era necesario convertir al Banco de Inglaterra, en un banco del Estado, y respaldar le emisión de billetes bancarios con oro. En 1797 había sido testigo David Ricardo de una corrida bancaria (denominada Crisis de Restricción Monetaria) por la especulación que se desató ante el temor de una invasión francesa a Inglaterra. Los depositantes en masa acudieron al Banco de Inglaterra (una institución entonces constituida por accionistas privados) a convertir los billetes emitidos por el banco en guineas metálicas. Hay que recordar que el oro acuñado se realizaba en forma de guineas. El texto del plan para el establecimiento de un banco nacional de Ricardo fue publicado un año después de su muerte.
En el volumen IV son de gran relieve dos ensayos: Proposals for an Economical and Secure Currency (1816) donde David Ricardo propone un sistema monetario basado en lingotes, no en monedas acuñadas. El argumento que lo sostiene es otra muestra del apego casi irrestricto de David Ricardo a la teoría cuantitativa del dinero. Por eso Marx denominó a Ricardo con el término de “Cuantitativista monetario exagerado” (El capital, Volumen III, 1894). En este cuarto volumen aparece también, el último texto de David Ricardo escrito antes de morir “Absolute Value and Exchange Value” (1823), donde David Ricardo establece las dos condiciones para la existencia de una mercancía de patrón de valor perfecta (perfect standard commodity of value) por ser invariable. Estas dos condiciones son: (1) La mercancía‑patrón debe requerir siempre la misma proporción entre trabajo y capital (o trabajo y medios de producción), (2) La mercancía‑patrón debe ser afectada por las variaciones de salarios y ganancias en la misma medida que las demás mercancías. Malthus criticó las propuestas de medidas de valor de Ricardo en el folleto que escribió The Measure of Value Stated and Illustrated (1823) aduciendo que el trabajo comandado era la verdadera y perfecta medida del valor. Ricardo contratacó a Malthus en su texto Notes on Malthus´s Measure of Value (1823), fue una crítica detallada y devastadora. Este último trabajo no apareció en los “Works” de Sraffa. Es relevante indicar que dicho manuscrito fue descubierto por el economista italiano Pier Luigi Porta (1945-2016). La Royal Economic Society lo juzgó de gran importancia científica, razón por la cual patrocinó su publicación en 1992 por la Cambridge University Press.
En el volumen V encontramos todos los discursos parlamentarios y testimonios ante comités vertidos por David Ricardo y que tocan los siguientes temas: política económica aplicada, banca, moneda, comercio, impuestos, propuestas de legislación, y reformas institucionales. En sus discursos a la Cámara de los Comunes sobre estos temas se puede apreciar nítidamente el radicalismo filosófico de Ricardo el cual aplicó coherentemente durante toda su carrera parlamentaria, favoreciendo una más amplia (aunque no una total) democracia política, lo que de acuerdo con David Ricardo evitaría los tumultos de una revolución social y política de parte del pueblo.
El volumen VI abarca toda la correspondencia de Ricardo entre 1810 y 1815 que efectuó entre otros con James Mill (1773-1836), Robert Malthus, Francis Horner (1778-1817), y Étienne Dumont (1759-1829). En esta correspondencia se aprecia claramente la gestación del sistema ricardiano, por lo que los debates sobre asuntos económicos que integran esta correspondencia constituyen de facto la “prehistoria” intelectual de los “Principles”.
En el volumen VII están todas las cartas de David Ricardo escritas entre 1816 y 1818 que cubren, los momentos anteriores a la publicación de los “Principles” y la etapa inmediata posterior; versan sobre la recepción de la obra, e incluyen debates sobre teoría de la renta y teoría de la acumulación. Ricardo debate intensamente con sus interlocutores sobre su sistema.
En el volumen VIII está toda la correspondencia ya madura de Ricardo que cubre el periodo 1819-1821 que incluye la que mantuvo con personajes ya conocidos como: Robert Malthus, James Mill, Jean Baptiste Say, y John Ramsay McCulloch (1789-1864). Cubre algunos temas nuevos como comercio internacional, adiciones a la teoría del valor, y política agrícola, de esta manera David Ricardo extendió su sistema a la explicación de la totalidad de los fenómenos económicos.
En el volumen IX se presentan las últimas cartas de David Ricardo antes de su muerte, corresponden al periodo 1821–1823. En esta correspondencia Ricardo da los últimos toques a su sistema, y además efectúa propuestas sobre reformas monetarias de carácter institucional. Este volumen constituye de facto el cierre de la arquitectura conceptual del sistema ricardiano.
En el volumen X se contiene una miscelánea con tintes biográficos de David Ricardo. Específicamente contiene: Documentos biográficos, testimonios, notas editoriales, materiales complementarios. Un tema central que ocupa este volumen es la vida intelectual de David Ricardo, el contexto histórico, y sus redes de correspondencia. Este volumen, es esencial para los investigadores que quieran emprender estudios biográficos de mayor alcance, y la reconstrucción contextual que modularon la vida del distinguido economista inglés. En el volumen XI sólo detalla un índice general.
De acuerdo con el estudio meticuloso de David Ricardo realizado por John E. King (1947, ¿-) se desprende la siguiente información: “un balance de la correspondencia de David Ricardo que comprenden los tomos VI al IX de los “Works” el cual nos permite señalar la existencia de 555 cartas de las cuales 259 son de Ricardo y 296 son remitidas a él; 167 de las cartas tratan de la correspondencia “Ricardo-Malthus”; 107 tratan de la correspondencia “Ricardo-James Mill”; 99 se vinculan a la correspondencia “Ricardo-Hutches Trower”, este último personaje un bróker financiero amigo y colega de David Ricardo; 76 son cartas que contienen la correspondencia “Ricardo-J.R.Mc Culloch”; 17 integran la correspondencia “Ricardo-Jean Baptiste Say”. En el volumen XI se presentan cartas tardías (John E. King “David Ricardo”, PalgraveMacMillan/Routledge, Great Economists, 2013).
La vastedad de este trabajo filológico y conceptual sobre la obra completa de David Ricardo intitulada brevemente “Works” a cargo de uno de los mayores economistas de la historia del pensamiento económico, Piero Sraffa mereció un reconocimiento especial de parte de la Academia Sueca (aún no dominada en el campo de la economía por personajes neoliberales), con el otorgamiento en 1961 de la Söderström Gold Medal, premio concedido por la “Royal Swedish Academy of Sciences” a Piero Sraffa. Se trata de una de las distinciones económicas más prestigiosas del mundo antes de la creación del Nobel de Economía en 1969. Esta medalla tiene tal importancia, que representó en su momento de facto un galardón equivalente al premio Nobel de economía.
La medalla de oro Söderström, ha sido otorgada por la Academia Sueca (y por los miembros del comité de premiación que lo integraban) a creadores científicos en el campo de la economía realizadas por sus notables contribuciones en los años previos a la instrumentación del Nobel de Economía. Hasta entonces, la medalla Söderström había sido considerada legítimamente como el máximo honor científico brindado por la Royal Swedish Academy of Sciences en el dilecto campo de la economía. Esta medalla comenzó a otorgarse a partir del año de 1907.
La Academia Sueca otorgó la Söderström Gold Medal, a Piero Sraffa en 1961 en primer término por su monumental edición crítica de The Works and Correspondence of David Ricardo (1951–1955); en segundo término por su papel decisivo en la reconstrucción moderna de la economía clásica, con su imponente trabajo analítico en el campo de la economía pura intitulado: Producción de mercancías por medio de mercancías: preludio a una crítica de la teoría económica (1960); en tercer término por su influencia internacional como historiador del pensamiento económico. Fue el economista sueco Gunnar Myrdal (1898-1987) premio Nobel de economía 1974 quien nominó a Piero Sraffa y defendió su candidatura ante la Academia Sueca para que se le concediera el otorgamiento de la Söderström Gold Medal. Es muy ilustrativo el relato sobre las incidencias previas a la concesión de la medalla a Sraffa que, encontramos en el magnífico ensayo de Rogério Arthmar (1963, ¿-) y Michael McLure (1952, ¿-) intitulado Sraffa, Myrdal, and the 1961 Söderström Gold Medal publicado por la prestigiosa revista The Scandinavian Journal of Economics (2019).
El peso y prestigio de Gunnar Myrdal era tal, que fue sin duda el economista clave para la creación por parte del Banco Central de Suecia del premio Nobel de Economía, y aún se recuerda su memorable batalla intelectual para lograr su admisión como tal al interior de la Royal Swedish Academy of Sciences (Assar Lindbeck, “The Prize in Economic Sciences in Memory of Alfred Nobel” Journal of Economic Literature, 1992). En el “Anexo” presentamos los nombres y año de todos los economistas galardonados con la Söderström Gold Medal. Particular relevancia tiene el otorgamiento de esta medalla a John Maynard Keynes en el año 1939. En el proceso de otorgamiento de esta medalla a Keynes, se libró al interior de la Academia Sueca, particularmente dentro del Comité de Premiación, una ardua batalla científico-ideológica entre los jóvenes miembros de la escuela de economía de Estocolmo con peso en la Academia Sueca, y los economistas conservadores como Gustav Cassel (1866-1945) que se opusieron ardientemente a concederle dicho galardón a Keynes. En este contexto, hacemos un reconocimiento al economista conservador sueco Eli Heckscher (1879-1952), quien, a pesar de ser un crítico persistente de la teoría económica de Keynes, consideró que sus contribuciones a la macroeconomía eran revolucionarias y le otorgó su voto favorable, el cual fue decisivo para premiar a Keynes en aquella ocasión. Rogerio Arthmar y Michael McLure relatan esta apasionante controversia ocurrida alrededor de 1939 en su texto “Keynes y la Real Academia Sueca”, publicado en la revista “Historia de las ideas europeas” en el año 2018. Otra prueba del buen criterio que prevalecía entonces por su pluralidad al interior de la Academia Sueca fue el otorgamiento de la Söderström Gold Medal, al economista estadounidense profesor Alvin Hansen (1887-1975), un gran keynesiano tardío, pero sólido y eficaz macroeconomista, quien realizó aportaciones en extremo valiosas al desarrolló de las partes estáticas y dinámicas de la teoría macroeconómica de Keynes. Dan testimonio de ello, las famosas curvas IS-LM de la macroeconomía contemporánea en cuya creación participó Hansen desde el lado fiscal. Por eso en los libros de texto más sofisticados; a esas curvas, también se les denominan: curvas Hicks-Hansen. En su finísimo y muy elegante libro de memorias, el magno economista canadiense John Kenneth Galbraith (1908-2006), se refirió a Alvin Hansen en los siguientes elogiosos términos: “Alvin Hansen es el trasmisor de Keynes en Estados Unidos, un héroe intelectual del New Deal de Roosevelt mediante la poderosa influencia que tuvo sobre la entonces joven generación de economistas forjados en la economía del New Deal a través de sus legendarios seminarios de Harvard” (John Kenneth Galbraith “A Life in Our Times”, 1981). Es mi opinión, que John Kenneth Galbraith debió haber obtenido también el premio Nobel de economía, si no existieran las filias y fobias antikeynesianas de las cinco décadas pasadas, entre los cinco miembros conservadores que integran el Comité Nobel de Economía.
La conexión Gabriel García Márquez-David Ricardo sobre el problema de la calamitosa deuda pública.
La frase perfecta a pesar de su carácter ominoso que aparece en la novela de Gabo “El general en su laberinto” es: “la deuda pública es eterna”, línea que aparece cuando el generalísimo Simón Bolívar (1783-1830) reflexiona sobre la ruina fiscal de “La Gran Colombia” y la imposibilidad de que el nuevo Estado salde los compromisos adquiridos durante la guerra y la construcción republicana. Hay que recordar que “La Gran Colombia” en el proyecto de Bolívar estaba planificado como una unidad latinoamericana de gran calado, una república continental formada por cuatro grandes territorios: Venezuela, Nueva Granada (hoy Colombia), Quito (hoy Ecuador) y Panamá. El proyecto bolivariano proponía una gran unificación geopolítica, orientada a superar el subdesarrollo del continente. La capital de “La Gran Colombia” sería Bogotá y habría un ejército continental para defenderla. La presidencia quedaría en manos de Bolívar, y la vicepresidencia estaría en manos de Francisco de Paula Santander (1792-1840), habría un congreso poderoso y un poder judicial independiente. El proyecto bolivariano sería el primer paso para una integración total latinoamericana con una identidad compartida, que le brindaría reciedumbre geopolítica al continente, capaz de resistir al imperialismo europeo y al más peligroso de los imperialismos el de los Estados Unidos, era de acuerdo con el pensamiento de Bolívar la mejor forma de evitar la balcanización de “Latinoamérica” como la ocurrida años después en Yugoslavia después de la muerte del general Josip Broz Tito (1892-1980). La unidad latinoamericana de triunfar el plan de Bolívar evitaría su fragmentación. En suma, el proyecto bolivariano era la respuesta al caos postcolonial. Al fallar el proyecto, por la traición de Santander y la lucha encarnizada de facciones políticas y económicas que le sucedió, significó el desmoronamiento del sueño, quedaba entonces una situación financiera muy delicada en “La Gran Colombia”, una enorme deuda pública cuya eternidad sería un peso perpetuo terrible.
Si Valdimir Illich Uliánov “Lenin” (1870-1924) el arquitecto de la revolución rusa hacia el final de sus días terrenales con agudo terror vio el descarrilamiento de su proyecto comunista sin poder hacer nada para impedirlo, de manera similar, Símon Bolívar hacia el final de su vida vio el descarrilamiento de su proyecto de unidad latinoamericana sin poder detenerlo. A partir de entonces, un laberinto político, social, económico y financiero acompañará al Libertador en su trágica caída política.
Con la frase “La deuda pública es eterna”, expresada en la novela, García Márquez condensa un diagnóstico histórico, político y moral: la deuda se vuelve perpetua, impagable, paralizadora del desarrollo económico y social de América Latina, que terminará devorando a la república. En este lúcido juicio, Gabo se conecta con David Ricardo en su grave preocupación de la existencia de una deuda pública en este último caso el país es Inglaterra; una deuda pública, tan grande y quemante del desarrollo económico para el imperio británico. ¿Cuál es esa conexión invisible? Una deuda pública eterna implicaría para América Latina como para la Inglaterra de principios del siglo XIX que el pago de los intereses fatalmente superaría por largo tiempo, sino por siempre a la capacidad fiscal.
En Gabo “La Gran Colombia” no tiene base tributaria suficiente. Los intereses crecen más rápido que la recaudación. La deuda pública es un asunto de geopolítica (presión diplomática, dependencia externa, subordinación económica), aunque su materialidad sea financiera. Derivado de la guerra, del gasto militar, y de los gastos para sustentar el proyecto bolivariano La Gran Colombia nace totalmente endeudada. Respecto a la solución de la deuda pública eterna, Gabo es pesimista, no propone solución alguna en la novela. La deuda pública es eterna porque la república nunca logra romper el ciclo financiero que la circunda, no es ni crea riqueza, es sólo una carga intergeneracional de pesadilla, que solo crea una clase rentista que destruye la soberanía fiscal, y por ende amenaza a la soberanía económica y política del continente. David Ricardo también ve una amenaza en el crecimiento de la deuda pública de Inglaterra generada por las guerras napoleónicas, el imperio inglés -pensó Ricardo-puede desmoronarse y el desarrollo económico detenerse, y paralizarse por décadas.
Gabriel García Márquez fue un novelista no un economista, pero su intuición realista de que la deuda pública eterna constituye una verdadera tragedia histórica debido a que para él no tiene solución, se convierte entonces en un símbolo de la descomposición del proyecto bolivariano, un lúcido recordatorio de que la independencia no resolvió la dependencia económica de América Latina. La novela de Gabo es una poderosa metáfora de la existencia de un laberinto político, económico y financiero sin solución. Por eso la deuda pública es el enemigo silencioso que acompañará al Libertador Simón Bolívar en su estrepitosa caída. Las lecciones de la expresión de Gabo en “El general en su laberinto” de que la deuda pública es eterna son las siguientes: (i) la deuda pública es el mecanismo por el cual América Latina queda atrapada indisolublemente por un ciclo fatal de dependencia económica y política (ii) la estructura económica mundial de Europa y Estados Unidos hace eterno su dominio sobre América Latina al hacer eterna la deuda pública (iii) es un símbolo del laberinto del continente. El generalísimo Bolívar no puede salir del laberinto político debido a que la república misma no puede salir del laberinto fiscal y sobre todo del laberinto financiero.
En la novela “El general en su laberinto” Gabriel García Márquez reconstruye a partir de un argumento que le cedió el siempre generoso escritor Álvaro Mutis (1923-2013) los últimos siete meses de vida de Simón Bolívar, desde su renuncia al poder hasta su muerte en Santa Marta. Gabo desmonta con elegancia e insuperable sutileza y belleza lingüística el mito del Libertador y revela al generalísimo derrotado, enfermo, traicionado y atrapado en un laberinto político, económico, histórico y existencial. Gabo en su novela muestra que el generalísimo Simón Bolívar una vez que asume el poder político al cometer el error de elegir aliados inconstantes e incompetentes, en poco tiempo se encuentra con traiciones de carácter político y personal, los aliados tan pronto se percatan de las dificultades del proyecto bolivariano reculan, abandonan al “General”, se crean facciones políticas cuyos miembros para evitar los inmensos costos personales de un proyecto solidario, lo primero que desean es minarlo, las excusas no faltan, deciden acusar a Bolívar de querer ser un dictador, de esta forma lo van erosionando, y a medida que va teniendo éxito su oposición, celebran su previsible caída política, entonces los amigos de Simón Bolívar dejan de creer en él porque lo ven derrotado. Todo es negrura, todo es traición política y personal. ¿Qué sigue a este desastre? la desintegración del continente y una deuda financiera implacable y devastadora para los estados que integraron la Gran Colombia.
La traición no es solo política: es existencial. Bolívar descubre que el poder no genera lealtad, sino ingratitud cuando se acaba, entonces el General se consume moralmente. ¿Qué queda entonces? La respuesta que ofrece Gabo en la novela es clara: La muerte como salida del laberinto. El generalísimo muere en Santa Marta, rodeado de pocos amigos, sin poder político, sin recursos económicos, sin patria, y sin proyecto. La muerte es la única salida de este laberinto que la historia con sus veleidades recurrentes les impone a los individuos. En el centro de todo este desastre, está, la indiferencia absoluta del universo, no hay paraíso solo el cielo azul, como expresó en otro tiempo John Lennon (1940-1980), que mutatis mutandis replicamos como sigue: “There's no heaven, above Bolívar, only sky”.
Para el escritor colombiano la metáfora anterior sugiere que el mundo político, histórico y existencial de Bolívar carece de trascendencia, todos los ideales se han consumido, solo hay una negrura abismal como le ocurre a Job el personaje bíblico, quien descubre perplejo que está solo en la inmensidad del universo, y que abandonado a una terrible soledad se da cuenta en un momento de fina lucidez que los mandatos de Dios son inescrutables, por lo tanto, en este mundo no hay justificación metafísica que sustente una sólida moralidad en el ser humano. Sólo existe el cielo abierto a la inmensidad sin propósito alguno sin un centro moral, como la esfera infinita de Pascal (1623-1662) que carece de un centro, y por eso mismo en el horizonte solo existe el universo que muestra en su girar inacabable una indiferencia absoluta sobre el destino humano. El General sabe que su laberinto es indescifrable, Simón Bolívar es bajo esta tesitura un hombre que, en el final de sus días, lúcidamente se percata que su Gran utopía se ha derrumbado por completo.
Con su maestría insuperable, Gabo termina la novela con un telúrico sentimiento de soledad absoluta, la descripción final de la novela por el narrador del relato es de una belleza indescriptible, que resulta irresistible no transcribir, por expresar de manera inquietante en la tarde última de su vida el desánimo de Bolívar; una vida que sin embargo, es preciosa la de este genial arquitecto reconocido como tal por sus triunfos militares independistas, entre los que destacan: las históricas batallas de Boyacá (independencia de Colombia), Carabobo (independencia de Venezuela), Bomboná (liberación en el sur de Colombia), Pichincha (liberación de Ecuador), y Junín (liberación de Perú), batalla esta última que constituye la antesala de la gran gesta de Ayacucho (Perú).
La prosa de la novela de Gabo alcanza en su soberbio final, alcanza los niveles poéticos más elevados posible, tan altos como un “Haiku” renacentista como el que nos ofrece el poeta Matsuo Bashó (1644-1694) o, como los memorables hexámetros dactílicos de Homero (siglo VIII a.C.,), y de Virgilio (70–19 a.C.) o, mejor como una “Terza rima” de encadenados tercetos de Dante Alighieri (1265–1321), veamos cómo es ello.
“Simón Bolívar entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse” (“El general en su laberinto”, 1989).
En los tiempos antiguos en la mitología griega, el arquitecto griego Dédalo construyó un laberinto por orden del Rey Minos de Creta para encerrar a un monstruo socialmente peligroso, el Minotauro. Se supone que el laberinto de Dédalo es un edificio kafkiano con infinitos pasillos que se doblan, sin un centro, como la esfera infinita de Pascal, sin salida posible, dicho laberinto representa el enigma sin solución del universo y de la existencia humana. La historia mitológica de Dédalo es toda una gran metáfora de múltiples aristas que implican lo siguiente: el conocimiento intelectual humano se vuelve prisión sin solución; el poder político deviene en un monstruo como el “Leviatán” (1651) de Thomas Hobbes (1588-1679); es una razón intelectual que se extravía en su propia complejidad; es un Estado y gobierno que encierra a sus súbditos que lo sostienen. Si James Joyce (1882-1941) convierte a Stephen Dedalus en el intelectual que busca infructuosamente escapar a los laberintos de la historia, Jorge Luis Borges (1899-1986) juega con la idea del laberinto en su metafísica literaria para afirmar que: “el universo es un enigma sin solución”, por su parte, Italo Calvino (1923-1985) utiliza la metáfora del laberinto para desarrollar en su novelística, una peculiar estructura narrativa apasionante, como su portentosa novela “Las ciudades invisibles” (1972), con su memorable diálogo entre el veneciano viajero Marco Polo (1254-1324) y el legendario emperador mongol y fundador de la dinastía Yuan de China, Kublai Kan (1215-1294). Bajo esta tesitura laberíntica, Gabo propone en su novela sobre Simón Bolívar que el proyecto del generalísimo desembocó fatalmente en un laberinto sin solución, por la existencia de la deuda pública eterna y la sinrazón política, enmarcada por la traición de Santander y la lucha de facciones tan aborrecida por Shakespeare (1564-1616) como lo señaló con gran precisión el infaltable crítico literario Harold Bloom (1930-2019) en su estudio de Shakespeare (Harold Bloom Shakespeare: la invención de lo humano, 2002).
Gabo expone -quizá sin saberlo- con insólita y asombrosa precisión artística el contenido de la implacable y enigmática “Ley de la impotencia de la administración pública de Marx” que establece que “La administración pública del Estado burgués (y podríamos añadir de cualquier Estado) es estructuralmente incapaz de gobernar (con efectividad) la sociedad que pretende administrar” (Karl Marx “La monarquía constitucional Gaceta Renana, 1843).
¿Cómo se relaciona el punto de vista de García Márquez con el de David Ricardo?
Visto desde una amplia perspectiva histórica la conexión entre el escritor colombiano y el economista inglés es profunda. En el ensayo efectuado por David Ricardo, citado anteriormente la deuda pública constituye un impuesto diferido que corre el albur de volverse un problema perpetuo si no se liquida de una vez. La diferencia con Gabo es que David Ricardo propone una solución técnica radical que es la de establecer un impuesto extraordinario sobre el capital para liquidar totalmente la deuda pública por una sola vez, en lugar de mantenerla vigente y estar pagando intereses perpetuos, que de proseguir convierte a la deuda pública en una forma económica, socialmente injusta, e ineficiente y por ende -razona David Ricardo- debe liquidarse en su totalidad una vez que aparezca, si no se vuelve una carga perpetua que socava el potencial del crecimiento económico de un país.
La carga tributaria de una deuda pública permanente según David Ricardo destruye a los elementos productivos de la sociedad; a los capitalistas, la clase que soporta en parte significativa la carga mayor con impuestos, lo que de ser así, disminuye el fondo monetario para la acumulación, y a los trabajadores les afecta al reducirse el potencial del empleo, y por ende se perjudica el crecimiento económico al beneficiarse con elevados intereses la clase rentista con lo que se empeora la distribución del ingreso, que para Ricardo tiene que ver dicha distribución con el desarrollo económico. Hay que recordar que David Ricardo expresó que “El principal problema de la economía política es la determinación de las leyes que regulan la distribución de la producción y el ingreso”. Esto debido a que la forma en que se distribuye el ingreso afecta a la acumulación del capital. Para David Ricardo, la tributación impuesta por el Estado para el pago de la deuda pública y sus intereses no recae en la clase rentista (terratenientes) con lo que es negativa para la distribución de las clases capitalistas y trabajadoras, quienes son en realidad quienes sostienen la capacidad de acumulación y del crecimiento económico de un país. Pero esta negatividad se convierte en positiva para el futuro al eliminarse de una vez por todas la deuda pública con la tributación por una sola vez.
Si García Márquez ve a la deuda pública como un laberinto sin solución y narra en su novela la tragedia de no encontrarla, en contraste David Ricardo propone una salida técnica, que resulta muy dura en su aplicación en el corto plazo, pero que es benéfica en una visión de largo plazo ¿Por qué Ricardo defendía la amortización total de la deuda pública? Aparte de las razones esgrimidas anteriormente el razonamiento de David Ricardo fue el siguiente: (I) la deuda pública es un impuesto diferido. (II) mantener perpetuamente la deuda pública es algo injusto para las generaciones futuras (III) amortizar la deuda pública de una vez, aunque es un proceso super doloroso en el corto plazo, es mucho más eficiente que pagar intereses eternamente (IV) la deuda no es “riqueza neta” para la Nación.
En el “Essay on the Funding System” David Ricardo, estimó que la deuda pública del gobierno inglés después de finalizadas las guerras napoleónicas era significativa y amenazante para el crecimiento económico. El estudioso historiador de la economía Brian R. Mitchell (1936, ¿-) estimó el PIB inglés entre 1815 y 1820 en una cantidad que rondaba entre 350-450 millones de libras, y estimó la deuda pública inglesa entre 800 y 1,000 millones de libras, por lo que la ratio deuda pública/ PIB según sus estimaciones rondó entre 200 y 226% (B.R. Mitchell British Historical Statistics, Cambridge University Press, 1988).
Por otra parte, las estimaciones del Banco de Inglaterra en su serie estadística histórica, arrojan una peculiar línea de tiempo relativa a la proporción deuda pública/PIB. Según esta línea, la deuda pública británica alcanzó en el año 1816 alrededor del 200% del PIB, justo después de finalizada la guerra de Waterloo, lo que convirtió este nivel en uno de los picos más altos de la historia financiera del Reino Unido.
De acuerdo con los datos de B.R. Mitchell, en el momento en que publicó David Ricardo su texto “Essay on the Funding System” (1820), la deuda/PIB del gobierno inglés se ubicaba en 226%, lo que indica que en sólo un lustro después de finalizada la guerra de Waterloo, la deuda pública había crecido 26 puntos porcentuales del PIB, situación que alarmó mucho a David Ricardo de ahí su agresiva propuesta para su cancelación inmediata. El dato de Mitchell representa una estimación de deuda pública de magnitud colosal, una de las más altas en la historia económica de Inglaterra. Ricardo argumentó enérgicamente que mantener esa magnitud de deuda pública a la postre implicaría transferencias cuantiosas hacia los tenedores de bonos, que en la época de Ricardo la mayor parte de los tenedores de los fondos colocados en esa deuda, la detentaban los landors o terratenientes, lo que perjudicaría la distribución del ingreso, y socavaría la magnitud de los fondos monetarios que se pudieran canalizar a la acumulación productiva de capital. Por lo tanto, en la visión de David Ricardo, mantener elevada la deuda pública implicaría, que la economía rápidamente entrara al temido estado estacionario (Stationary State) o más exactamente a una situación de estancamiento económico secular.
David Ricardo propuso en su ensayo establecer un impuesto único sobre la propiedad que denominó capital levy. (impuesto extraordinario al capital). Este impuesto gravaría toda la riqueza nacional. Ricardo estimó en 3,000 millones de libras el total de la riqueza nacional en toda Inglaterra y señaló que sería factible liquidar con el monto gravado la totalidad de la deuda pública de un plumazo estableciendo una tasa tributaria entre 20 y 25% sobre el total de la riqueza nacional, por lo que David Ricardo estimó la deuda pública nominal entre 600 y 750 millones de libras, montos ligeramente menores que los cálculos obtenidos por el historiador económico B.R. Mitchell, lo que revela el genio financiero calculista de David Ricardo y su profundo conocimiento del sistema financiero y económico inglés, de ahí su inmensa capacidad como jobber financiero para generar continuas ganancias de su actividad financiera en el London Stock Exchange.
Si Nikolai Bujarín (1888-1938) legendario pensador y revolucionario bolchevique, dijo alguna vez que Vladimir Ilich Lenin no se equivocaba nunca en las decisiones de gran envergadura política, los traders contemporáneos, colegas de David Ricardo en la Bolsa de Valores de Inglaterra que lo veían actuar, y acumular ganancias continuas expresaron -mutatis mutandis- una expresión similar a la de Bujarín, según la cual David Ricardo como “Jobber” de la Bolsa de Valores de Inglaterra nunca se equivocaba. Esa singular impresión de sus contemporáneos, la interiorizó el propio economista inglés. Al respecto Branko Milanovic (1953, ¿-) señaló lo siguiente:
“El propio Ricardo, que nunca fue ni vanidoso ni engreído, seguramente sea quien mejor describió la influencia que ejercía en los mercados: No pocas veces -escribió Ricardo-uno decía a otro: <>. Así las cosas, debe resultar evidente que a menudo he creado yo la demanda que me permitiría desprenderme, al cabo de muy poco tiempo y con pingües beneficios, del artículo comprado. Al final, mi reputación como especulador de éxito ha llegado a tal punto que a veces creo que podría ir al mercado a comprar al buen tuntún cualquier cosa, y lo más probable es que obtuviera una ganancia revendiéndola de inmediato” (Branko Milanovic “Miradas sobre la desigualdad: De la revolución francesa al final de la guerra fría”, 2024).
¿Cuáles serían las consecuencias distributivas de la radical propuesta tributaria de David Ricardo para liquidar la totalidad de la deuda pública? Los rentistas tenedores de bonos del Estado perderían la renta futura al extinguirse la totalidad de la deuda pública (los terratenientes en la visión de David Ricardo eran los propietarios fundamentales de los bonos del Estado). Los capitalistas agrícolas, y los capitalistas vinculados a la manufactura pagarían la deuda pública, pero se librarían de pagar intereses futuros a perpetuidad. Por un año no habría acumulación de capital ni crecimiento económico, pero a partir del segundo año sin la carga de la deuda pública habría enormes fondos monetarios disponibles para la acumulación de capital y para retomar de manera enérgica el crecimiento económico.
Consideraciones en torno a la personalidad de David Ricardo
La novelista angloirlandesa María Edgeworth (1767-1849) por su interés en los graves problemas sociales de Irlanda se acercó a personalidades y profesionales del ámbito político, social y económico de Inglaterra, para conocer su opinión de los asuntos que atañían al bienestar social de la población de esa Nación. Su primer acercamiento fue al “Círculo Bowood” liderado por Lord Lansdowne (1780-1863) donde se reunían en su residencia escritores, científicos filósofos, economistas y políticos, entre otros: Jeremy Bentham (1748-1832), Joseph Priestley (1733-1803), Richard Price (1723-1791), David Ricardo, Thomas Malthus, y James Mill (1733-1832). También María Edgeworth tuvo acercamientos con un grupo de pensadores liberales que formaban el “Circulo Easton Grey” liderado por el jurista Samuel Romilly (1757-1818), el historiador y crítico literario Henry Hallam (1777-1859), y la estrella del círculo Bowood Lord Lansdowne. Consta que David Ricardo también asistía a las reuniones que Romilly convocaba en su residencia. Se sabe que María Edgeworth, conoció en 1821 a David Ricardo, evento que pudo suceder en las reuniones habituales en Bowood o en su defecto en las de Easton Grey. Como puede corroborarse, en la correspondencia publicada primero en el Economic Journal (1891), y luego en el volumen IX de los “Works” de Sraffa, ambos efectuaron intercambios de opinión sobre la crisis agraria irlandesa, la pobreza rural y la desigualdad económica. En 1821 se presentó una cosecha de papa muy raquítica en el oeste de Irlanda, que detonó una hambruna en gran escala en el país, la cual se agravó por la emergencia de tifus, en el que murieron alrededor de un millón de personas. En esas críticas circunstancias María Edgeworth y David Ricardo iniciaron un intercambio epistolar que ocurrió entre 1821 y 1822. La novelista discrepaba de Ricardo (y también de Malthus), argumentando que la raíz del problema estaba en la mala gestión de la tierra y la explotación campesina por los terratenientes y no solo por la presión demográfica.
Por mi parte, constaté que en el volumen IX de los “Works” aparece brevemente una correspondencia entre la novelista y el economista inglés, la lectura de las cartas de esa magra correspondencia revela dos visiones completamente distintas y distantes. María Edgeworth tenía la firme convicción de que la culpa de la pobreza de los campesinos irlandeses, y de la hambruna que se desató en ese país era de los terratenientes. También culpó del desastre agrícola irlandés al avance industrial. Sus opiniones diferían mucho de las que mantenía David Ricardo. Por la lectura de las cartas, sabemos que la novelista no quedó satisfecha con las explicaciones demasiado abstractas y densas que le dio David Ricardo.
El breve intercambio epistolar intelectual que tuvieron María Edgeworth y David Ricardo virtualmente se circunscribe a tres cartas. En la primera carta que remite la novelista con fecha de 28 de diciembre de 1822, el tema abordado es la pobreza rural en Irlanda, específicamente Edgeworth le describe a David Ricardo las condiciones de miseria de los campesinos, la crisis de la papa y la alta dependencia de la población del país sobre ese producto agrícola y responsabiliza de tales hechos a la desatención hacia el campesinado por parte de los terratenientes e implícitamente a la pasividad del gobierno. Subraya la escritora en esa carta, que el problema no es solo demográfico, sino de mala gestión en el campo y es también el efecto de la desigualdad estructural distributiva, causas que prevalecen en Irlanda. Por su parte, David Ricardo en su carta de respuesta con fecha 11 de enero de 1823 reconoce la gravedad de la situación en Irlanda, pero atribuye la situación a la presión demográfica, que mina la productividad. La respuesta de Ricardo es de agradecimiento por la franqueza con que se expresa Edgeworth, pero le reafirma su compromiso con los principios de economía política, elaborados por el propio Ricardo.
María Edgeworth insatisfecha con la respuesta del economista inglés le replica en la carta que le envía en mayo de 1823, que el modelo abstracto de Ricardo ignora totalmente la realidad empírica existente en Irlanda, le hace observaciones muy agudas de la realidad social, que indican claramente un severo reproche a David Ricardo por su falta de comprensión hacia los problemas sociales y la miseria campesina prevalecientes en Irlanda.
Sin embargo, en la correspondencia que María Edgeworth mantuvo con David Ricardo, ella reconoce de manera inequívoca su probidad intelectual, lo que confirma el tono respetuoso y mutuo, y sobre todo el reconocimiento de la integridad intelectual existente entre ambos. En lo particular, María Edgeworth opinó con mucha claridad que David Ricardo era un hombre íntegro y honesto, aunque demasiado teórico y distante de la realidad social irlandesa. Su crítica se dirigía a sus modelos abstractos, no a su carácter personal. En una reunión que tuvo la escritora en 1821 por una visita que efectuó a la familia de David Ricardo en la famosa residencia de Gatcomb, que había adquirido el autor de “Los principios”, caracterizó al distinguido economista inglés en los siguientes términos: “El señor Ricardo, con un porte muy sereno, nos recibió con la mayor sencillez y amabilidad. Su manera es llana, su conversación llena de franqueza, y el círculo de su familia respira un aire de benevolencia cultivada.” (“The Works and Correspondence of David Ricardo, Volume X: Biographical Miscellany, 1955).
En realidad, no sabemos cuántas veces se reunieron la novelista y el economista en los círculos de Bowood y de Easton Grey. Sólo sabemos que María Edgeworth no participó en las reuniones celebradas por el “Club de Economía Política” creado en Inglaterra en 1821 al que asistía David Ricardo, en virtud de que sólo asistían hombres al club. Investigando en lo personal en el libro publicado por Christina Colvin (1917–2003), intitulado “María Edgeworth, Letters from England, 1813-1844” (1971), texto citado en las notas y referencias correspondientes al capítulo II del libro que escribió David Weatherall que lleva por nombre David Ricardo: A Biography (1976) constaté lo siguiente: En el libro de recopilación de cartas de Edgeworth por Christina Colvin, solo aparecen tres cartas entre Edgeworth y Ricardo, que son las mismas que luego se integraron al Volumen IX de la edición crítica de Sraffa (1952).
Es importante señalar que María Edgeworth fue una novelista perteneciente al realismo social, corriente literaria que emergió incontenible en la segunda mitad del siglo XIX en Europa, fue por lo tanto precursora de esa vigorosa literatura que alcanzó su cumbre con Honoré de Balzac (1799-1850), Charles Dickens (1812–1870), Gustav Flaubert (1821–1880), y Emile Zola (1840–1902). Asimismo, su novela Castle Rackrent (1800) influyó de manera determinante en la escritura de la novela Waverley (1814) de Walter Scott (1771–1832), por su parte Jane Austen (1775–1817) vertió grandes elogios a María Edgeworth por su novela Belinda (1801). El gran poeta inglés William Wordsworth (1770–1850) ponderó muy favorablemente la literatura de María Edgeworth, y afirmó que es la auténtica iniciadora del “realismo social” en el género de la novela moderna del siglo XIX. A pesar de los reconocimientos de estos genios literarios hacia María Edgeworth, su obra es insuficientemente valorada, por los críticos literarios más importantes del siglo XXI. La novela que recomiendo de esta escritora, que se atrevió a polemizar con David Ricardo en su propio terreno, el de la economía, en el tema sobre la situación social y económica de Irlanda, es la citada Castle Rackrent, una novela corta que en mi opinión prefigura una de las grandes obras maestras del premio Nobel de literatura 1929, Thomas Mann (1875–1955) Los Buddenbrook: decadencia de una familia publicada en 1901. Yo me atrevería a afirmar cotejando con mucho cuidado ambas novelas que Castle Rackent de María Edgeworth influyó en la creación, tema y estilo de la novela Los Buddenbrook del famoso autor de Muerte en Venecia (1912).
Si la novela de Mann trata del auge y decadencia de una familia de la alta burguesía de Lübeck, Alemania, la novela Castle Rackrent es una saga que relata en forma satírica y profunda la decadencia de una familia terrateniente de Irlanda. Si se me permite señalar, creo que la saga descrita por María Edgeworth, narrada con fina sobriedad e ironía por el agudo anciano Thady Quirk (sirviente de los terratenientes quien es el narrador en la novela), muestra con la mayor agudeza posible la corrupción, el saqueo, la ineptitud, el despilfarro y la mala administración de sus fincas de parte de la aristocracia irlandesa representada por los terratenientes: Sir Patrick O’Shaughlin Rackrent, que encarna a la vieja nobleza terrateniente de antes de la revolución industrial, explotadora e incapaz de adaptarse al nuevo ritmo de actividad económica demandado por el naciente capitalismo; Sir Murtagh Rackrent, que consume patrimonio familiar a raudales, y se involucra en ineficaces litigios, porque es incapaz de generar prosperidad económica a la familia; y Sir Condy Rackrent que encarna al aristócrata que quiere preservar la renta de sus propiedades apalancándose financieramente, y quien por su acumulación insensata de deudas en proyectos fallidos, como los que relata Emile Zola en su brillante obra El dinero (1891), da el tiro de gracia para el derrumbe económico de los Rackrent. Es un placer seguir, la narración del anciano sirviente Thady Quirk que va revelando en esta corta novela con fina ironía, cómo los terratenientes de Irlanda de principios del siglo XIX con su conducta veleidosa e incoherente arruinan sus propiedades, y la forma de cómo los sirvientes, abogados, y la clase capitalista financiera se aprovechan de su ineptitud.
Sobre la integridad intelectual de David Ricardo como economista y su legendaria tolerancia en las polémicas científicas
En su supremamente elegante A History of Western Philosophy (1945), Bertrand Rusell (1872-1970) premio Nobel de literatura 1950, solía afirmar que uno de los filósofos más queridos de todos los tiempos es Baruch Spinoza. Rusell expresó lo siguiente: “Spinoza (1634-1677) es el más noble y el más adorable de los grandes filósofos, aunque otros lo superaron intelectualmente, él éticamente es supremo” (“Spinoza is the noblest and most lovable of the great philosophers. Intellectually, some others have surpassed him, but ethically he is supreme”.)
Una opinión semejante en el ámbito de la economía, las finanzas y la política tuvieron quienes conocieron a David Ricardo. Así, John E. King (1947, ¿-) en su biografía intelectual de David Ricardo cita más extensamente los recuerdos de María Edgeworth en su visita a la residencia de Gatcomb de 1821 mencionada anteriormente, que dan una opinión muy certera de la integridad personal e intelectual del autor de los Principios de economía política y tributación. La cita aducida por John E. King es la siguiente: “El señor Ricardo, con un porte muy sereno, lleva una vida continua en la mente, y en la conversación inicia perpetuamente nuevos temas. Nunca discutí ni polemicé con alguien que argumentara con más justicia, menos por la victoria personal y más por la verdad. David Ricardo da pleno peso a cada argumento que se le presenta en contra, y parece no estar de ningún lado de la cuestión por un instante más de lo que dura la convicción de su mente en ese lado. Le resulta indiferente si eres tú quien encuentra la verdad o si es él quien la encuentra, con tal de que la verdad sea hallada.” (John E King David Ricardo. Great Thinkers in Economics, 2013).
Economistas e intelectuales que conocieron a David Ricardo, se asombraron que en las relaciones personales discutiendo diversos temas con él, no le preocupara que no tuviera la razón y por el ardiente amor a la verdad instalado profundamente en su espíritu prefiriera si fuere el caso, que la razón la tuviera su interlocutor. Tenía un amor indeclinable por hallar la verdad, escuchaba con más atención los argumentos con quienes discutía o polemizaba que sus propios argumentos. Esto no quiere decir que no discutía con vigor, pero examinaba a profundidad y con detalle los argumentos del otro. Le complacía encontrar la verdad, aunque él no la tuviera. Su objetividad en busca de la verdad era implacable. Ricardo creía que el capitalismo traía progreso y tenía muchas buenas razones para afirmarlo, pero escuchaba con atención lo que decían los pensadores socialistas. En este sentido, David Ricardo era un economista clásico del siglo XIX. Sin embargo, estaba muy atento a las ideas de pensadores como Robert Owen (1771-1858) y los primeros socialistas británicos, que defendían cooperativas y mejoras en la condición obrera, aunque no se alineó con ellos, pero reconocía la importancia de escuchar sus preocupaciones sobre salarios, pobreza y desigualdad.
Karl Marx (1818-1883) que era un crítico implacable contra los economistas que intuía que su teoría se construía por interés personal y por esa razón se convertían en defensores acríticos del capitalismo, admiraba la objetividad inexorable de David Ricardo. En el tomo I de El capital (1867), Marx escribió sobre esa característica del magno economista inglés lo siguiente: “Ricardo, con la implacable objetividad de un investigador científico, expone las contradicciones de la producción capitalista sin intentar disimularlas”. En otro lugar Marx afirmó: “Ricardo representa la culminación de la economía política clásica; su rigor científico lo lleva a formular las leyes del capital con una franqueza que sus sucesores ya no poseen”. (Teorías de la plusvalía, 1861-1863). Sobre esta característica de David Ricardo, Marx le escribió a Federico Engels (1820-1895) lo siguiente: “Ricardo fue honesto: no ocultó las contradicciones del capital, las expuso con crudeza, y por eso su obra sigue siendo científica”. (Carta a Engels, 24 de junio de 1865). Finalmente, en una misiva que Marx envió a Ludwig Kugelman (1828-1902) expresó su admiración por Ricardo en los siguientes términos: “Ricardo, con toda su franqueza científica, expuso las contradicciones de la producción capitalista. Precisamente por eso no fue un apologista, sino un investigador honesto”. (Carta a Kugelman, 11 de julio de 1868).
Un ejemplo práctico que demostró que David Ricardo fue un investigador honesto y objetivo ocurrió con su análisis sobre los efectos de la introducción de maquinaria en la economía y en el empleo. En la primera y segunda edición (1817, 1819) de los Principios de economía política y tributación, David Ricardo sostenía que la introducción de la maquinaria era beneficiosa para los trabajadores, pues aumentaba la productividad, el empleo y, en consecuencia, la riqueza general. Sin embargo, tras observar la realidad de la Inglaterra industrial, y allegarse de datos empíricos sobre los efectos de la introducción de maquinaria en las fábricas, Ricardo reconoció que la introducción de maquinaria podía desplazar mano de obra y reducir salarios, afectando negativamente a los trabajadores. En la tercera edición de su obra magna publicada en 1821, David Ricardo, para escándalo de sus discípulos (y de sus adversarios) todos ellos pensadores muy conservadores añadió un capítulo titulado “On Machinery” donde rectificó su postura inicial. Esta rectificación, fue uno de los ejemplos más claros de su honradez intelectual, un hecho luminoso en la historia del pensamiento económico.
Breve reflexión sobre la formalización de las actividades financieras en la Inglaterra ricardiana: del Exchange Alley (EA) al London Stock Exchange (LSE)
Antes de la creación de la Bolsa de Valores de Londres ocurrida en 1801, institución que se constituyó para operar con reglas de transparencia, existía el Change Alley (o Exchange Alley). Este último era un lugar que permitía la existencia de un mercado bursátil y financiero informal, ubicado físicamente muy cerca del Banco Central de Inglaterra en el distrito de Cornhill el núcleo de la City financiera inglesa. Cuando uno visita este distrito financiero, le impresiona arquitectónicamente la colina de Cornhill, una de las tres colinas históricas de Londres, las otras dos son las muy bellas Tower Hill y la Ludgate Hill. Hay que recordar que Cornhill fue el mercado medieval de granos de Londres, la célebre bolsa de granos que operaba después de la hora del mediodía. Cerca de Cornhill en St. Michael´s Alley se albergó la primera cafetería de Londres creada doce años antes del nacimiento de Shakespeare (1564-1616); el café que por cierto no tenía nombre, se le identificaba simplemente con un letrero por el nombre de su fundador “Pasqua Rosée’s Head”. El local original evolucionó con el tiempo y dio origen a lo que más tarde sería el “Jamaica Coffee House”, uno de los cafés históricos de la City. Como se sabe, las cafeterías fueron los lugares en los que se negociaban las operaciones financieras en Londres, en París, en Ámsterdam, y en Amberes. Es digno de notar que el gran edificio del Royal Exchange edificado por el arquitecto, financiero, diplomático y espía inglés Thomas Gresham (1518-1579) daba a Cornhill. En la creación del Royal Exchange, Gresham su autor se inspiró en la Bolsa del muy sofisticado centro financiero de Amberes, razón por la cual le dio un giro bursátil altamente especializado de tal manera, que el Royal Exchange se convirtió en el primer mercado bursátil londinense, su construcción data de 1565 y fue inaugurado por la Reina Isabel en 1571.
Es importante enfatizar, que las operaciones financieras bursátiles de compraventa de acciones, de bonos y de operaciones con divisas a cargo de corredores (brokers) y de especuladores (Jobbers) se efectuaban en cafés en mesas improvisadas para negociar. Al respecto, destacaban además del ya mencionado “Jamaica Coffee House”, el Jonathan´s Coffe-House y el Garraway´s Coffe-House. Antes de 1801, los brokers y los jobbers no tenían acreditación oficial para operar, no existían en el Change Alley reglas de transparencia y de gobernanza, cabe destacar que también participaban, comerciantes, banqueros, ahorradores que gustaban de la especulación. El Change Alley operó desde el siglo XVII hasta finales del siglo XVIII.
Con la crisis financiera de 1797, se acrecentaron los fraudes financieros y las manipulaciones de mercado. Uno de los más célebres delitos financieros de cuello blanco de esa época, lo llevó a cabo el jobber Joseph Elkins Daniels, personaje que aprovechó la complejidad de un instrumento financiero como el “Omnium”. Este instrumento era una singular combinación de distintos activos financieros, tales como bonos de deuda pública de largo plazo (verbigracia los Consols), bonos soberanos de corto plazo, anualidades ligadas a sorteos, diversos títulos de deuda emitidos simultáneamente y títulos accionarios. El Omnium al estar integrado por distintos instrumentos era un portafolio financiero de difícil valuación, por lo tanto, era fácil de manipulación financiera al no existir vectores matemáticos de precios como los que son inherentes a los fondos de inversión, y como los que prevalecen hoy día en los principales centros financieros del mundo en este turbulento siglo XXI. A pesar de esta complejidad, el fraude que cimbró el mercado financiero inglés de finales del siglo XVIII y que se originó de las inversiones en Omnium, fue muy sencillo, Joseph Elkins Daniels compró para inversionistas (uno de ellos de nombre Moses Montefiore) grandes cantidades de Omnium que tenían un plazo de vencimiento muy largo, esto fue aprovechado por Daniels, quien en muy breve tiempo después de la adquisición, vendió la totalidad de los Omnium en operaciones spot en efectivo, es decir en cash y luego desapareció con el dinero, simplemente se fugó. Pasado el tiempo las autoridades lo localizaron en la Isla del Hombre (Isle of Man). ¿Por qué razón Elkins Daniels se fugó a esa Isla? La razón es clara, la Isla del Hombre ha sido una entidad que depende muy poco de la Corona británica y que se ubica en el mar de Irlanda y se encuentra bordeada por Inglaterra, Escocia y País de Gales. Desde el punto de vista de la razón de Estado, la Isla de Man es un híbrido político extrañísimo en la ecléctica Europa. Si la comparamos con la Cataluña de España, la Isla, tiene mucha más autonomía política. Actualmente dispone de un poderoso autogobierno interno. Un primer ministro, un jefe de Estado propio, un Parlamento local denominado “Tynwald”, y, por cierto, este es uno de los parlamentos más antiguos del mundo. Tiene un sistema fiscal propio, leyes propias, moneda propia (libra manesa). Sospecho (y sólo es una simple sospecha) que andando el tiempo Inglaterra y otros países europeos copiaron el modelo original de gobierno de la Isla del Hombre. Esta rareza política enquistada en Europa parece que alberga a un país estricta y absolutamente independiente, situación que parece reforzarse por el hecho de que la Isla del Hombre no forma parte del Reino Unido, pero, he ahí la paradoja geográfica y política, dicha Isla tiene una cierta dependencia respecto de la Corona británica, en dos aspectos a saber: El Reino Unido administra la defensa nacional y las relaciones con el exterior de la Isla. Por las razones de independencia política, el estafador financiero Elkin Daniels sabía muy bien donde fugarse sin ningún género de duda eligió la Isla del Hombre, pero no contaba que no hay crimen perfecto, ignoraba que la Isla del Hombre dependía del gobierno inglés en el ámbito de las relaciones exteriores, por lo que después de una ardua investigación policial fue capturado en dicho lugar.
Lo que favoreció a Elkin Daniels después de su captura fue el hecho de que las leyes contra el crimen financiero de principios del siglo XIX en Inglaterra eran laxas, se señala en algún informe que este personaje fue mencionado en 1807 por David Ricardo haciendo referencia de que estaba en libertad a pesar de sus sonados delitos, pero en los archivos que investigue no encontré referencia alguna de él. Si es correcto el hecho de que existe una mención de Elkin Daniels por parte de David Ricardo en ese año turbulento, se puede entonces inferir que diez años después de ocurridos sus delitos financieros, este jobber andaba muy ufano recorriendo las calles de la City londinense. Lo que se conserva en fuentes secundarias, es que Erik Daniels tenía fama de especulador poco escrupuloso, pero no aparece en los listados oficiales de procesados o encarcelados en el Reino Unido. Sin embargo, es un hecho que, en un mercado poco regulado, la manipulación financiera fraudulenta del tipo de la efectuada por Elkin Daniels se presentó una y otra vez en aquella época con otros jobbers y brokers financieros ingleses. En el caso de Daniels, es probable que (como muchos corredores de entonces) haya enfrentado sanciones internas mínimas o pérdida de credibilidad sin consecuencias, y sin que hubiere tenido un proceso penal formal, ya que la regulación bursátil de entonces era todavía muy débil, por lo tanto los propios participantes del mercado brokers y jobbers, fueron quienes ante la ola creciente de fraudes financieros consideraron necesario tomar acciones correctivas e introducir reglas formales de autorregulación en esta clase de operaciones financieras.
De esta manera, en el mes de marzo de 1801 se decretó la apertura oficial del London Stock Exchange (LSE) cuya sede se ubicó en la calle de Bartholomew Lane en el edificio Capel Court que lo albergó por un tiempo. Sin embargo, en 1854 el LSE fue trasladado a la calle Threadneedle Street donde se ubican el Royal Exchange y el Banco de Inglaterra. No fue sino hasta el 30 de diciembre de 1801 que se aprobaron las reglas formales de mayor transparencia y rendición de cuentas y se estableció la cuota de membresía para los corredores, cuando se considera que nace oficialmente la Bolsa de Valores de Londres (London Stock Exchange). Es este el momento en que se institucionaliza el mercado de valores y entre los miembros fundadores destacan: William Hammond, John Barnes, Benjamín Burnell, y James Peacok, de todos estos corredores no se conservan fecha de nacimiento y muerte. David Ricardo no participó en la creación del LSE, su papel fue más temprano: en los años finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, Ricardo integró comités internos de la Bolsa que buscaban mejorar la integridad y la confianza en las operaciones financieras, especialmente en torno a la deuda pública británica. En esos comités tuvo un papel importante por su reputación de honestidad y por su claro conocimiento del mercado financiero.
El delicado contexto financiero del problema de la deuda pública y la desigualdad económica en la Inglaterra de David Ricardo y el papel jugado por las guerras napoleónicas
Las guerras napoleónicas entre Inglaterra y Francia que involucraron a otros países europeos exigieron un enorme gasto militar, por lo que, al finalizar dichas guerras, la deuda británica superaba el 200% del PIB situación vinculada al prolongado tiempo que duraron las hostilidades militares, nada menos que siete años algo menos que la duración de diez años de la guerra de Troya. Como toda guerra de largo alcance, ello conmocionó a Europa y desde luego sus efectos económicos por el peso del continente se difundieron en los continentes restantes. El genio militar de Napoleón (1769-1821) con sus ambiciones imperiales de dimensión universal (como las que albergaba San Antonio, el personaje principal de la super novela de Gustav Flaubert Las tentaciones de San Antonio, 1874), consideró necesario, que para lograr el dominio continental europeo debía infligir una derrota militar contundente a Inglaterra.
La estrategia de Napoléon consistió entonces en lo siguiente: En primer lugar, intentó minar la capacidad económica de Inglaterra mediante un estratégico bloqueo económico, que no funcionó por el poderío naval inglés y la importancia del control marítimo británico, que permitió que prosiguiera en gran medida (no sin accidentes) la fluidez del comercio. En segundo lugar, al fracasar el bloqueo, Napoleón desarrolló una nueva estrategia a efecto de derrotar a su enconado rival, para ello emprendió de manera sucesiva (si es que no simultánea) varias batallas navales, con el objetivo de controlar la mayor parte del continente europeo.
El gobierno británico respondió a Napoleón con una fina estrategia militar y geopolítica, utilizó su poderío naval concentrando mucha de sus fuerzas en él, en virtud de que estaban muy conscientes los gobernantes británicos de que su fuerza naval era superior a la de Francia. Sin embargo, al no ser suficientes estas estrategias, para enfrentar al genio militar de Napoléon, los gobernantes ingleses hábilmente articularon alianzas políticas con diversos países europeos, para ello utilizaron su gran poderío económico y financiero particularmente, para allegarse de aliados estratégicos, financiando las coaliciones de esos “amigos potenciales”. Como otro elemento estratégico de carácter geopolítico, el gobierno del imperio británico se propuso aniquilar o romper por lo menos alianzas político-militares claves que mantenía su rival francés. El primer objetivo fue el de quebrar la alianza España-Francia.
En este contexto geopolítico-militar, la llamada Batalla de Trafalgar emprendida por Inglaterra contra el dúo España-Francia, con resultados militares positivos, fue pieza clave en la futura derrota de Napoléon. En efecto, al triunfar militarmente Inglaterra en esa batalla contra España el resultado principal inmediato fue que se intensificara el poderío naval inglés y su dominio marítimo. El 21 de octubre de 1805 el almirante Nelson (1758–1805) y su armada naval derrotaron a la fuerza naval conjunta España-Francia. La hegemonía naval británica, reforzada máximamente por el triunfo en la batalla de Trafalgar logró un gran propósito a saber: impedirle a Napoleón sus planes guerreros de invasión a Inglaterra.
Perdida la batalla de Trafalgar, Napoleón intensificó con cierta desesperación el bloqueo económico a Inglaterra y ordenó a los países europeos bajo su dominio cerrar sus puertos a los británicos, un estilo de guerra que recuerda los hechos recientes de bloqueo militar en el Golfo Pérsico en 2026. La instrucción o, mejor dicho, la orden militar de Napoleón fue acatada por varios países, excepto por Portugal que se rebeló. La respuesta de Napoleón a esta inesperada rebelión del país del inmortal escritor Eca de Queiroz (1845-1900) fue intentar un castigo ejemplar inmediato al país rebelde, ordenó que su formidable fuerza militar terrestre invadiera Portugal, evento que ocurrió en 1807. Portugal, para sorpresa de Napoleón resistió tanto (como Vietnam en los años 1960’s, o como la resistencia militar iraní de 2026) que no solo sobrevivió al ataque, sino que emergió como fuerza militar triunfante, y el gobierno portugués para protegerse con más vigor y eficacia decidió realizar una alianza geopolítica con Inglaterra.
El bloqueo económico de Napoléon a Inglaterra volvió a fracasar y el comercio británico por su fuerza naval y desde luego por la magnitud del imperio económico-financiero inglés logró sobrevivir. Ante esta aviesa circunstancia, Napoleón invadió España e instaló como rey a José Bonaparte (1768-1844) y procedió a destronar del poder político a los borbones, el llamado “Rey Intruso” gobernó España por cinco años, y ¡hete aquí que sucede lo inesperado! Desde un inicio de la imposición se subleva el pueblo español en 1808, quien rechaza a José Bonaparte; para tal efecto se formaron Juntas patriotas, todo lo cual complicó tremendamente la estrategia militar imperial de Napoléon en virtud de que la rebelión popular española causó mucha inestabilidad social y política debilitando a Francia. En 1808, se registró la primera gran victoria española y la derrota del ejército francés en la batalla de Bailén. Asimismo, de nueva cuenta el ejército español derrotó al ejército francés en las batallas de Talavera (1809) y de Arapiles (1812), debilitando su poder y complicando grandemente la estrategia militar imperial de Napoléon. Para entonces, Inglaterra había conformado una alianza militar, un eje geopolítico poderoso integrado por Inglaterra y Portugal; eje que combatió contra Francia y aliados durante siete años (1808-1815). Sin embargo, la batalla crucial que inició el declive del imperio napoleónico fue la derrota que infligió España a Francia en la Batalla de Vitoria (1813), derrota decisiva que lo obligó a abandonar España. En diciembre de 1813, Napoleón devuelve la corona española a Fernando VII, previamente las Cortes de Cádiz habían aprobado la Constitución de 1812.
Finalmente, la guerra prolongada entre el eje Inglaterra, Portugal y España en contra de Francia llegó a su fin con la derrota de Napoleon en Waterloo el 18 de junio de 1815, y con ello tocó a su fin el imperio francés. Napoleón, una vez derrotado fue desterrado primero a la Isla de Elba y luego a la Isla de Santa Elena.
La prolongada guerra, significó una escalofriante sangría financiera para el gobierno inglés, al representar la deuda pública una magnitud como proporción de PIB pocas veces vista en la historia económica inglesa de más de 200%. Esa fue la magnitud que vio con enorme recelo David Ricardo. Las llamadas guerras napoleónicas tuvieron también efectos muy nocivos social y económicamente hablando, que implicaron que la tasa de acumulación de capital en Inglaterra y Europa generara una evolución con enormes desigualdades económicas (creando en el camino inevitables tensiones sociales), de tal manera que el efecto benéfico de la revolución industrial no redundó inicialmente y durante mucho tiempo en beneficio de la clase trabajadora. Particularmente, al término de las guerras napoleónicas, Inglaterra experimentó una de las desigualdades más grandes de la historia del capitalismo, en concentración de riqueza y en la distribución del ingreso nacional.
El coeficiente de Gini, un concepto estadístico creado en 1912 por Conrado Gini (1884-1965) para medir la desigualdad en la distribución de la riqueza medida como un stock y de la renta nacional medida como un flujo, permitió a relevantes historiadores de la economía como Thomas Piketty (1971, ¿-), Branko Milanovic, Christian Morrison (1936-2022) y Francois Bourrguignon (1945, ¿-) reconstruir series históricas de riqueza nacional y del ingreso y así de esta manera calcular el coeficiente de Gini para la Europa del siglo XIX, particularmente para la época de las guerras napoleónicas, incluida naturalmente la época en que vivió David Ricardo. El Coeficiente de Gini es un indicador numérico que va de 0 a 1 y que indica lo siguiente: Un valor de cero indica “Equidad Absoluta” en la distribución del ingreso, y un valor de uno indica “Inequidad Absoluta”.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció una pertinente taxonomía estadística de desigualdad del ingreso en un país, sobre la base del Coeficiente de Gini. Los estudios de Piketty y su formidable team de investigadores determinaron que en la época en que vivió David Ricardo después de la victoria de Inglaterra en Waterloo sobre Napoleón, el coeficiente de Gini se ubicara entre 55 y 60%, nivel V de la tabla de la parametrización señalada por la ONU.
Una parametrización sobre la desigualdad distributiva de riqueza (stock) e ingreso (flujo) que se utiliza en los centros académicos mundiales fue elaborada por Thomas Piketty y su equipo de investigadores franceses. Los hallazgos de este equipo para la Inglaterra ricardiana fueron los siguientes: Entre 1800 y 1820, Inglaterra experimentó un significativo aumento de la desigualdad de la riqueza en el que el capital y las rentas heredadas concentraban gran parte del ingreso nacional, mientras los salarios reales se estancaban. Según Piketty y estudios afines, la riqueza estaba altamente concentrada en las élites terratenientes y mercantiles, con ratios de riqueza/ingreso nacional superiores a 600–700% lo que revela según el cuadro de Piketty mostrado más adelante, una sociedad de inequidad extrema.
Un investigador muy riguroso en el tema de la desigualdad en la Inglaterra de la primera mitad del Siglo XIX ha sido Robert Allen (1947, ¿-) quien demostró; que entre 1800 y 1840 el PIB por trabajador, es decir la productividad del trabajo en Inglaterra subió 37%, pero los salarios reales apenas crecieron, mientras las ganancias y rentas del capital se duplicaron. Análogamente la participación de los beneficios en el ingreso nacional aumentó a costa del trabajo. El artículo clave producto de las arduas y eruditas investigaciones de Robert Allen es: Engel’s Pause: Technical Change, Capital Accumulation, and Inequality in the British Industrial Revolution (2009). El término de Engel´s Pause lo propuso Robert Allen como un homenaje conceptual histórico merecido a Federico Engels el inolvidable compañero de Marx, por su memorable trabajo en torno a La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) en el que Engels describió las duras condiciones de vida de los trabajadores industriales ingleses, que recibieron un magro beneficio (en realidad nulo) durante los primeros años del auge de la revolución industrial. Es importante enfatizar que las investigaciones empíricas y conceptuales de Engels enfocadas en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX tocaron sin duda la época en la que vivió David Ricardo. Por lo tanto, el término de “Pausa de Engels” se refiere al periodo del siglo XIX (primeras décadas) en que en Inglaterra los salarios reales se estancaron de manera sostenida a pesar del auge de la revolución industrial. Al respecto nos preguntamos ¿Esa “Pausa de Engels” fue el costo de las guerras napoleónicas? Sin duda tuvieron mucho que ver, en el que destaca como resultado además del estancamiento de los salarios reales, el crecimiento de la deuda pública inglesa y los elevados intereses que demandaron fuertes erogaciones monetarias al gobierno, que quedó sin recursos para mejorar la distribución del ingreso. Engels convincentemente describió en su gran libro de 1845 cómo la clase obrera vivía en condiciones precarias, sin mejoras sustanciales en salarios ni bienestar, mientras la industria comenzaba a florecer. En síntesis, el artículo de Robert Allen de 2009 escrito casi dos siglos después de las guerras napoleónicas, demostró con datos empíricos abrumadores que efectivamente hubo una “pausa” en el crecimiento de los salarios reales entre 1800 y 1845, aunque los indicadores de productividad del trabajo y del PIB per cápita ingleses estaban en significativo crecimiento.
El trabajo de Allen es en mi opinión, un elegante homenaje a Engels, porque el diagnóstico social de este último fue plenamente confirmado por la evidencia cuantitativa moderna, misma que aportó Allen. De esta manera, la célebre “Engel’s Pause” es la traducción estadística de lo que Engels narró empíricamente (sin las herramientas cuantitativas sofisticadas del siglo XXI) en términos sociales y políticos y de lo que vivió Inglaterra durante la vida de David Ricardo. Robert Allen nació en Salem Massachusetts es uno de los historiadores económicos cuya obra puede rivalizar con la de Eric Hobsbawm (1917-2012). El trabajo de Allen The British Industrial Revolution in Global Perspective (2009), pone el contexto adecuado para un entendimiento más cabal del trabajo de Hobsbawm “The Age of Revolution: 1789-1848, publicado en el año de 1962. Asimismo, el libro de Robert Allen Farm to Factory: A Reinterpretation of the Soviet Industrial Revolution (2003) es un texto singularmente complejo, se caracteriza por revelar el mismo espíritu de objetividad y de honestidad alabado por Marx a David Ricardo. En este trabajo muy equilibrado, Allen plantea, que aun reconociendo los inmensos y brutales costos sociales y humanos de la industrialización soviética de los años 1930’s, existe una abrumadora cantidad de datos comparativos URSS versus occidente que permite afirmar, que la URSS con dicha industrialización alcanzó niveles de producción y educación comparables con los de los países desarrollados de occidente, por lo que la industrialización acelerada soviética de planificación central y asignación de recursos fue efectiva para lograr un rápido crecimiento industrial. Allen reconoce que la desigualdad se redujo, pero no fue suficiente. La debilidad del proyecto industrial soviético fue el inmenso retraso del consumo. Allen en lugar de ver la industrialización soviética solo como un desastre, la interpreta como un proceso que, aunque brutal, consiguió resultados económicos significativos en términos de industrialización y poder militar.
Este formidable trabajo de Robert Allen en mi opinión debe leerse para una mayor inteligibilidad con tres textos fundamentales de la historia económica soviética escritos después de la revolución de 1917: En primer lugar, tenemos la obra cumbre de la llamada “Oposición de Izquierda”, liderada por Trotsky (1879-1940), La nueva Economía (1926) escrita por Evgueni Preobrazhenski (1886-1937) miembro destacado de dicha organización, texto que su autor propuso al politburó que dirigía el país soviético, como proyecto de industrialización basado en un sistema de planificación central como instrumento clave para lograr una industrialización efectiva benéfica para el pueblo soviético, esto basado en una especie de acumulación primitiva del capital de carácter socialista, sustentada en la extracción de excedentes agrícolas. Fue un proyecto sólidamente estructurado por Evgueni Preobrazhenski, que significó una antítesis al proyecto propuesto por la llamada facción derechista integrada por el eje Stalin-Bujarín.
En segundo lugar, tenemos el trabajo Notas de un economista (1928), texto escrito por Nikolai Bujarín (1888-1938) en favor de una industrialización soft equilibrada con el sector agrícola, en el que Bujarín propuso profundizar aún más el modelo basado en la Nueva Política Económica (NEP) vigente entonces, que introdujo mecanismos de mercado en la dirección económica socialista. El proyecto de Bujarín y del ala derechista, puede resumirse en el lema “socialismo a paso de tortuga”. El texto escrito por Nikolai Bujarín fue presentado en términos ejecutivos, después de su memorable actuación (macabra actuación expresó Isaac Deutscher) en el Séptimo Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (ECCI) celebrado en diciembre de 1926, momento en que Bujarín atacó virulentamente a la “Oposición de Izquierda” encabezada por Trotski y Zinoviev (1883-1936). Este séptimo Pleno sirvió de base a Stalin para destruir a la “Oposición de Izquierda” y encaramarse en el poder. Luego ya en el poder Stalin se deshizo de Bujarín representante más conspicuo del ala derechista y adoptó en forma extrema y cruel el proyecto de industrialización de la “Oposición de Izquierda”, sin considerar sus sabios y equilibrantes atenuantes establecidos por Evgueni Preobrazhenski. Al hacer extremo y dotarlo de gran crueldad autoritaria a este proyecto de industrialización, Stalin causó millones de muertes en el curso de su imposición en la sociedad soviética. El debate para dilucidar cual proyecto debía regir la conducción económica socialista ocurrió en medio de una tremenda lucha por el poder, la cual siguió a la muerte de Valdimir Illich Ulyánov “Lenin” (1870-1924).
En tercer lugar, tenemos el libro de Isaac Deutscher (1907-1967) Stalin Biografía política (1949) obra monumental que afirma que la industrialización soviética fue una revolución desde arriba, un intento drástico y violento de modernizar un país agrario retrasado por métodos excesivamente autoritarios.
Un trabajo histórico de infinita sutileza metodológica y conceptual es el que escribió Robert Allen Enclosure and the Yeoman (1992), que ahonda en el papel crucial de las célebres “Leyes de los cercos” aplicadas en Inglaterra y singularmente vinculadas con el origen del capitalismo, el texto de Allen es brillante y profundo, en el que detectamos mediante una cuidadosa lectura que su maestría analítica se aproxima a la de Marx, en el estudio del fenómeno de la acumulación originaria del capital, y en el que como sabemos Marx con abundancia de datos e innumerables referencias bibliográficas relató tan brillantemente, el notable y crucial papel que tuvieron las “Leyes de los cercos” en las fases iniciales del capitalismo inglés. En el modelo económico creado por David Ricardo de altísimo nivel de abstracción se prescinden de estos antecedentes histórico-institucionales, esto en virtud de que su autor considera eterno al sistema capitalista.
Si Robert Allen investigó la distribución de la renta nacional (dinámica de flujos del ingreso nacional), el doctor Peter Lindert (1842, ¿-) concentró su investigación en la distribución y concentración de la riqueza nacional (dinámica histórica de la evolución de la distribución de los stocks vinculados a la riqueza nacional). En sus estudios Unequal English Wealth since 1670 (1986) y Revising England’s Social Tables 1688–1812 (1982), Lindert determinó con mucha precisión analítica que durante el período 1800-1820 para la Inglaterra ricardiana, que el top 10% de la población concentraba más del 80% de la riqueza neta no humana (tierras, capital mercantil, activos financieros). El top 1% (grandes terratenientes y comerciantes) poseía en esa época entre 40–50% del total de la riqueza, confirmando una estructura patrimonial extremadamente desigual. Lindert muestra que la desigualdad inglesa de la época de David Ricardo no era solo un fenómeno de ingresos, sino de estructura patrimonial. Las clases medias (profesionales, pequeños comerciantes) apenas tenían una fracción marginal de la riqueza, mientras los trabajadores dependían casi exclusivamente de salarios. Peter Lindert un estudioso de la concentración patrimonial (dinámica de stocks o de la riqueza nacional) documenta que las élites terratenientes y mercantiles de la época ricardiana acumulaban la mayor parte de la riqueza, mientras las clases medias apenas avanzaban.
La investigación empírica de Lindert muestra claramente que la desigualdad de activos (tierras, capital fabril y mercantil) se amplió en la Inglaterra de David Ricardo, quien vivió las guerras napoleónicas, quizá por esa razón geopolítica el ilustre economista inglés hizo muy pocos viajes fuera de Inglaterra. Sólo después de finalizadas las guerras napoleónicas con la derrota de Waterloo, se animó David Ricardo a viajar. Al respecto, Piero Sraffa señaló que el economista inglés efectuó un fastuoso viaje familiar continental, justo un año antes de fallecer.
En síntesis, en la época de David Ricardo la desigualdad de la riqueza y de los ingresos en Inglaterra era notable, el coeficiente de Gini entre 1700 y 1750 se situó en alrededor de 54% (0.54), lo que de acuerdo con la taxonomía de la ONU se situaba dicho coeficiente en el rango V, lo que revela una desigualdad del ingreso muy alta con elevado riesgo de tensión social y además se ubica en el primer rango de la parametrización de Thomas Piketty y su team de investigadores en el tema de la concentración de los ingresos y de la riqueza nacional.
De acuerdo a todo lo anterior, la desigualdad económica con alta inequidad estructural, la existencia de gastos militares exorbitantes vinculados a las guerras napoleónicas, la deuda pública en peligroso y descontrolado crecimiento, y su elevación casi sin parangón histórico, explican sin duda la radicalidad de los debates contemporáneos sobre impuestos y deuda muy álgidos en el que se vio involucrado David Ricardo a partir del año en que inició su carrera parlamentaria, siendo él entonces uno de los millonarios más prominentes del Reino Unido. Lo que explica también la preocupación de David Ricardo por resolver tan singular problema financiero agobiante para las finanzas públicas inglesas, como lo es el de la deuda pública.
Los trabajos citados anteriormente están profundamente imbuidos del mismo espíritu imparcial shakespeariano, es decir, tienen el mismo temple de objetividad con que actuó también David Ricardo como economista.
Sobre la postura de David Ricardo de repagar íntegramente la deuda pública
David Ricardo entró al Parlamento británico el 20 de febrero de 1819, elegido miembro por el distrito de Portarlington (Irlanda), y permaneció en la Cámara de los Comunes hasta su muerte ocurrida en 1823. Según el artículo de la querida undécima edición de la Enciclopedia Britanica intitulado “Ricardo, David” (1911), el magno economista inglés se convirtió en parlamentario a través del peculiar sistema electoral británico, el cual permitía nombramientos legislativos en regiones con pocos votantes, y elecciones basadas en asignaciones de diputados por un patrono local. Este sistema de sobrerrepresentación específico se denominó “rotten borough” el cual existía en el distrito de Portarlington, Irlanda. Bajo este sistema, el patrono local designaba para un puesto legislativo a personas muy influyentes por su prestigio personal, pero siempre y cuando ese prestigio estuviera acompañado de gran riqueza financiera personal. Ese fue el caso de David Ricardo quien al dejar sus actividades financieras poseía una fortuna colosal equivalente a 700,000 libras. Para ponderar en su justa dimensión este dato considere el lector que el salario de un obrero de esa época en Inglaterra era de solo 30 libras anuales. Mediante un cálculo de estática-comparativa la fortuna de David Ricardo para el día de hoy se ubicaría por arriba de los 70 millones de dólares, pero conociendo las habilidades financieras de David Ricardo y las turbulencias financieras que han caracterizado al capitalismo neoliberal financista del siglo XXI es casi seguro que su legendaria capacidad especulativa, de vivir en nuestra época sin duda le hubiera generado a Ricardo una fortuna muy similar a la acumulada por jobbers financieros del siglo XXI tan prominentes como: Larry Fink (1952, ¿-) de Black Rock; Ken Griffin (1968,¿-) de Citadel; Ray Dalio (1949,¿-) de Bridgewater Associates y Pure Alpha; George Soros (1930,¿-) del célebre Quantum Fund; Steven Cohen (1956,¿-) de S.A.C. Capital Advisors y Point72 Asset Management; y del implacable Carl Icahn (1936, ¿-) de Icahn Enterprises L.P..
El primer discurso registrado como parlamentario de David Ricardo ocurrió el 25 de marzo de 1819 y versó sobre “La mala aplicación de los recursos fiscales obtenidos de la imposición de tasas tributarias especiales, que se canalizaban al estrato social más pobre de la población” (Poor Rates Misapplication Bill). Sobre este tema, David Ricardo como economista clásico estuvo en contra de expandir los impuestos locales destinados a financiar la asistencia a los pobres. Las razones que esgrimió fueron tres: 1. Las tasas impositivas para financiar la asistencia social, tendrían por efecto reducir la demanda de trabajo de los empleadores o en todo caso la oferta de trabajo se efectuaría con tasas de salarios más reducidas. 2. La asistencia social a los pobres con recursos públicos se podría convertir en sustituto del trabajo deteriorando el PIB potencial de la economía y con ello las tasas de acumulación de capital 3. El mal uso de las tasas impositivas, una característica negativa de la gestión en esa época por el gobierno inglés de los recursos obtenidos y de su negligente aplicación, lo que propició que David Ricardo afirmara que dichas tasas constituían una carga fiscal injusta sobre la propiedad, lo cual desalentaba la inversión y la producción. En este tema, el humanitarismo personal de Ricardo chocaba con las leyes del mercado que sustentaba su teoría económica. Esta tensión entre la aceptación de la lógica de mercado y su sensibilidad social hicieron que David Ricardo en última instancia aceptara las cargas fiscales para asistencia social de manera muy limitada bajo la condición de que se estableciera un sistema de alta calidad en la aplicación de los recursos públicos destinados a esa finalidad.
El último discurso parlamentario registrado de David Ricardo ocurrió el 4 de julio de 1823 y el tema tratado fue sobre libre comercio, el tema específico fue la “Ley de reciprocidad de aranceles” (Reciprocity of Duties Bill). El proyecto que apoyaba David Ricardo buscaba establecer acuerdos de reciprocidad comercial: si otro país reducía o eliminaba aranceles sobre productos británicos, Inglaterra haría lo mismo con los suyos. El objetivo clave era fomentar el libre comercio bilateral, en contraste con las políticas proteccionistas vigentes. La ley de reciprocidad trataba de establecer acuerdos de reciprocidad en aranceles, y Ricardo lo utilizó para defender una postura aún más radical: la conveniencia del libre comercio unilateral como motor de prosperidad, en virtud de que este último era más beneficioso. La postura de David Ricardo era coherente con su teoría de las ventajas comparativas y con su lucha por derogar las Corn Laws que imponían aranceles y restricciones a la importación de cereales (granos) en Inglaterra, con el objetivo de proteger a los terratenientes y agricultores ingleses frente a la competencia extranjera. Ricardo fue parlamentario hasta el 11 de septiembre de 1823, fecha de su muerte.
De acuerdo con el citado artículo de la Enciclopedia Britanica de la célebre undécima edición (1911) sobre David Ricardo, se puede apreciar que no solo relata la participación del ilustre economista en los temas de libre comercio y en temas de política monetaria y de creación institucional, sino que describe también la muy activa participación de David Ricardo en el candente tema de la deuda pública, en donde sus propuestas de solución fueron provocativas y muy innovadoras. La Enciclopedia Britanica señaló que el papel parlamentario de Ricardo fue breve pero influyente: aportó argumentos técnicos sobre comercio y finanzas en un momento de gran tensión social y económica en Inglaterra.
El texto donde Ricardo presenta formalmente su plan para solucionar el problema de la deuda pública es el Essay on the Funding System (1820). Este ensayo fue publicado por la Enciclopedia Britanica (en su sexta edición), en el volumen dedicado a temas económicos y financieros. Ahí Ricardo expuso, de manera sistemática y técnica, su propuesta consistente en: (I) liquidar toda la deuda pública de una sola vez, a pesar de su gigantesco tamaño (II) Los recursos para su liquidación provendría de un impuesto extraordinario (capital Levy) del 20% sobre toda la riqueza privada de Inglaterra por única vez (III) con la liquidación de la deuda pública en su totalidad, el “Sinking Fund” creado en 1716 por el gobierno se eliminaría. Cabe señalar, que este fondo fue constituido para acumular ingresos fiscales exclusivamente para repagar la deuda pública contratada por el gobierno inglés.
David Ricardo atribuyó al “Sinking Fund” la causa del crecimiento de la deuda pública. El fondo se administraba de forma totalmente discrecional por los administradores del gobierno. Así, durante las guerras napoleónicas, el gobierno británico recurrió a préstamos para alimentar el fondo, lo que anulaba su propósito. El fondo nunca fue capaz de reducir el pasivo neto. David Ricardo pensaba con cierta razón, que el gobierno inglés usaba el fondo como “caja liquida” para cubrir gastos extraordinarios, lo que aumentaba la deuda pública en lugar de disminuirla. Coincidía con Adam Smith (1723-1790) en que el “Sinking Fund” había terminado por incrementar la deuda total del gobierno británico, al ser constantemente desviado hacia necesidades bélicas. Ricardo defendía que la única manera seria de reducir la deuda pública era que el gobierno obtuviera superávits fiscales genuinos (impuestos superiores al gasto). En este sentido, se puede afirmar que David Ricardo fue un fiscalista muy conservador. No hay que perder de vista que esta postura fiscal del destacado economista inglés tenía como objetivo eliminar la carga intergeneracional, y la dependencia del Estado respecto de los rentistas financieros.
La crítica a David Ricardo por su radical propuesta de liquidar la deuda pública con un impuesto de capital extraordinario.
Uno de los críticos más acerbos de la propuesta de liquidar la deuda pública británica presentada por David Ricardo mediante un impuesto extraordinario, fue Alexander Baring, un banquero tradicional de esa época. Baring señaló que Ricardo favorecía el repago de la deuda pública en virtud de que perseguía un propósito personal, que no era otro que el de beneficiarse con dicho pago, en virtud de que Ricardo era un financista tenedor de bonos soberanos, razón por la cual estaba demasiado cercano a los funholders (tenedores de bonos). La acusación de Baring era clara, David Ricardo favorecía el pago de la deuda pública por estar influido por sus propios vínculos con el mercado financiero. Baring sostuvo que Ricardo, como antiguo corredor de bolsa y propietario de activos financieros, donde había hecho su fortuna, no era imparcial. Baring lo acusó de sostener de manera vigorosa el pago íntegro de la deuda pública en virtud de que se beneficiaba a los acreedores del Estado, entre los cuales él mismo era uno de sus más importantes beneficiarios.
En su crítica vertida en los debates parlamentarios ingleses, Alexander Baring calificó una y otra vez la propuesta de Ricardo de “utópica” y de gran riesgo para la confianza pública, sugiriendo que había un interés personal encubierto de parte de David Ricardo. En su intervención parlamentaria del 28 de febrero de 1823, Alexander Baring calificó el plan de Ricardo como “totalmente inaplicable a cualquier propósito práctico”, aunque Baring reconoció el ingenio teórico de David Ricardo (Hansard, Vol. V, p. 266). En la intervención parlamentaria correspondiente al 6 de marzo de 1823, Baring afirmó que Ricardo era un hombre de gran intelecto, pero que “a veces se sobrepasaba y perdía de vista al hombre de la calle y a todas las conclusiones prácticas que debían ser consideradas”. En esos debates Baring insinuó que Ricardo, como antiguo corredor de bolsa y propietario de activos financieros vinculados a emisiones gubernamentales, podía tener intereses personales en la defensa del pago íntegro de la deuda pública (Hansard, Vol. V, p. 270).
Aparte de Baring otros críticos y miembros del parlamento británico acusaron a David Ricardo de ser un partidario radical de liquidar la deuda pública británica, por ser él mismo un gran tenedor de bonos soberanos, y de que, de proceder su plan de liquidación, ello aumentaría el valor en el corto plazo de sus propios bonos, también lo acusaron de influir en el mercado mediante sus discursos y escritos por su prestigio como economista sagaz de clase mundial. La acusación era clara, David Ricardo utilizaba su prestigio como economista para favorecer su cartera de activos financieros y enriquecerse aún más. Se trataba, en opinión de sus críticos de un auto beneficio disfrazado de teoría económica. Sin embargo, como demostraremos más adelante, el cargo contra el economista inglés era infundado, David Ricardo no era un Larry Summers (1954, ¿-).
David Ricardo fue un gran especulador en bonos soberanos entre 1787 cuando operaba el Exchange Alley y 1815 cuando operaba en pleno el London Stock Exchange. Sin duda, no puede negarse que la fortuna de Ricardo se sustentó casi íntegramente en la especulación con bonos soberanos. La cartera de activos financieros de David Ricardo estaba constituida por tres grandes grupos de activos a saber: (i) Bonos Consols con tasa de rendimiento de 3%, (ii) Bonos Navy con tasa de rendimiento de 5%. Los recursos de estos bonos se canalizaban al financiamiento de la poderosa marina británica en guerra con Napoléon y (iii) Omnium. Instrumento financiero exótico constituido por paquetes de deuda soberana emitidos durante las guerras napoleónicas a través del “Sinking Fund”. La actividad fundamental como jobber de David Ricardo se enfocaba fundamentalmente en la realización de arbitrajes de bonos soberanos del gobierno inglés y de otros gobiernos europeos con diferenciales muy pequeños, pero de gran volumen.
La respuesta de David Ricardo
La acusación de incurrir en conflicto de interés en contra de David Ricardo por defender la propuesta de amortización total de la deuda pública británica mientras él mismo poseía grandes cantidades de bonos soberanos (Consols, Navy Bonds y Omnium Bonds) era en principio correcta. Lo importante fue la reacción de David Ricardo. En un debate parlamentario en la Cámara de los Comunes ocurrida el 24 de mayo de 1819 en el que se discutieron dos temas álgidos: el retorno al patrón oro y la situación fiscal del Estado, un miembro del Parlamento (se conjetura el nombre de John Wilson Croker, aunque no es seguro que sea él) sugiere que: David Ricardo, como gran tenedor de bonos soberanos se beneficiaría claramente si el Estado adoptara políticas que fortalecieran la solvencia fiscal, y se adoptará el plan de liquidación total de la deuda pública, éste podía ser una propuesta interesada con beneficios personales para Ricardo. En esa ocasión con su legendaria agilidad mental respondió con rapidez y contundencia: “Mis opiniones no dependen de mi situación personal; si se cree que mis intereses interfieren con mi juicio, nada me impedirá desprenderme de ellos”. Esto de acuerdo con lo que se conserva registrado en las actas Parliamentary Debates. Lo expresado por Ricardo no quedó en palabras, no quedó en saco roto, poco tiempo después de su pronunciamiento parlamentario cumplió su palabra y vendió la totalidad de sus bonos. De esta manera, Ricardo eliminó cualquier sospecha sobre su conducta legislativa, y una vez efectuadas dichas ventas mantuvo su postura intelectual intacta la de amortizar totalmente la deuda pública de una vez por todas mediante un impuesto de capital extraordinario. En la literatura sobre Ricardo poco se dice sobre este comportamiento ético, la situación más frecuente es su omisión. ¿Cómo se deshizo Ricardo de su portafolio de bonos soberanos? Un hecho relevante y crucial a considerar es que, en el debate del 24 de mayo de 1819, David Ricardo poseía una inmensa cartera de bonos soberanos, pero cuando presentó su plan de liquidación de la deuda pública en 1820, ya había vendido la totalidad de su tenencia de bonos soberanos. Es decir, para evitar cualquier sombra de conflicto de interés, Ricardo vendió sus bonos soberanos antes de presentar formalmente su plan integral de amortización total de la deuda. Después de la liquidación de su portafolio de bonos mantuvo sin cambio alguno la misma posición intelectual contenida en su plan para solucionar el gigantesco problema económico de la deuda pública inglesa que en 1820 ya representaba 226 por ciento del PIB. Esta actitud reforzó su reputación de integridad intelectual, como pueden apreciar fácilmente mentes no cerradas a la autocrítica (cosa extremadamente difícil de hallar hoy día).
Con la documentación conservada se puede reconstruir con mucha exactitud la venta de los bonos soberanos realizada por David Ricardo, al respecto tenemos la correspondencia que mantuvo el economista inglés con uno de sus amigos más íntimos perteneciente a la élite de la clase terrateniente Mr. Hutches Trower en el que se constatan en las “cartas” que se intercambiaron referencias a operaciones financieras de Ricardo, particularmente lo relativo a la compraventa de bonos soberanos. En efecto, examinando con cuidado la correspondencia Ricardo-Trower en el Volumen IX de los Works and Correspondence of David Ricardo editados por Piero Sraffa, que reúne las cartas de julio de 1821 a 1823, hallamos discusiones de esas operaciones. Verbigracia, la carta de Ricardo a Trower del 4 de julio de 1821, y la carta de respuesta de Trower a Ricardo del 22 de agosto de 1821. Asimismo, en cartas entre ambos amigos ocurridas entre 1822 y 1823 se discuten inversiones y la situación de los mercados financieros.
Se ha citado el anuario del Stock Exchange Year-Book como fuente de registro de las operaciones de compraventa de David Ricardo. Sin embargo, este anuario que recopilaba información sobre compañías cotizadas, emisiones de deuda y operaciones relevantes de dinero y de capitales en la Bolsa de Londres, comenzó a publicarse sólo después de la muerte de Ricardo, por lo que sólo sirve de referencia de como pudieron ser efectuadas las operaciones de David Ricardo, pero ese anuario nos revela de manera sutil como el economista inglés liquidó su tenencia de bonos soberanos incluidos los de gobierno inglés y los bonos emitidos por otros gobiernos de Europa que integraban la totalidad de su portafolio de inversión. Las adquisiciones de bonos soberanos de gobiernos europeos distintos del gobierno inglés revelan claramente que Ricardo fue un especulador internacional de gran envergadura.
Interesante es el ensayo David Ricardo on Public Debt publicado por Palgrave en 2021 por la investigadora canadiense Nancy Churchman, sustentado dicho ensayo en su tesis doctoral, escrita para la Universidad de Toronto en 1997. En dicho ensayo, Churchman examinó con gran detalle el debate entre Malthus y Ricardo sobre el problema de la deuda pública. Malthus criticó a Ricardo por su plan de liquidación total de la deuda, porque retrasaría el crecimiento económico por años de Inglaterra; en contraste, Ricardo sostenía que bajo una visión de largo plazo, la liquidación rápida y total de una deuda pública tan gigantesca como la asumida por el gobierno inglés, beneficiaria la acumulación de capital y el progreso, argumentó que el retraso en el crecimiento económico por la liquidación de la deuda pública, con el establecimiento de un impuesto de capital salvaje sólo sería temporal. Este intenso debate en este aspecto particular ha sido poco estudiado en la literatura económica. Amigos expertos en los clásicos me han dicho que pueden rastrearse operaciones de liquidación de los bonos soberanos de David Ricardo en los archivos conocidos como Ricardo Papers que posee la famosa Biblioteca de la Universidad de Londres célebre por la calidad de sus archivos originales. De acuerdo con esta documentación, la cronología de la venta de su tenencia de bonos soberanos por David Ricardo siguió la secuencia siguiente:
Antes de entrar al Parlamento británico, David Ricardo esboza, sin un plan preciso la necesidad de eliminar la gigantesca deuda pública de Inglaterra (1815-1818). Dado su prestigio como economista se le acusa, que la liquidación de la deuda pública incrementaría el valor de su portafolio de inversión constituido por bonos soberanos. David Ricardo no responde públicamente a esas críticas.
Ricardo entró al Parlamento (la Cámara de los Comunes) en 1819 y se convierte en una persona políticamente expuesta, razón por la cual se intensifica el escrutinio sobre su persona. En el debate en el Parlamento inglés sobre el retorno al patrón oro en las actas conocidas como “Resumption Act”, algunos miembros adversarios de su posición en el Parlamento insinúan que David Ricardo habla como “financista interesado”.
En las cartas de este año dirigidas a Trower de febrero-marzo de 1819, Ricardo esboza el plan de un impuesto de capital para liquidar la deuda pública y en junio de 1819 le señala a Trower de la necesidad impostergable de liquidar una deuda pública totalmente injusta. En las cartas que envió Ricardo a su discípulo John Ramsay Mc Culloch (mayo y agosto de 1819) insiste que es más terrible la permanencia de una deuda pública gigantesca, que establecer un enorme impuesto de capital para liquidarla, e insiste (aunque implícitamente) que su liquidación evitaría para Inglaterra entrar al temido estado estacionario macroeconómico. En estas cartas, Ricardo afirmó que no quiere que su posición intelectual sea confundida con interés personal.
Hacia finales de 1819 David Ricardo ya en vísperas de tener un cargo en el Parlamento ordenó a sus corredores John Barnes y William Richardson vender la totalidad de su tenencia de bonos soberanos. Entre enero y marzo de 1820 dichos corredores realizaron la totalidad de la venta de los bonos soberanos de Ricardo, y éste comunicó al público que ya no poseía deuda pública. Un mes después, en abril de 1820 David Ricardo presentó su plan de amortización de la deuda pública mediante un impuesto de capital extraordinario. En este plan, la amortización debía ser inmediata y no gradual. Libre de conflicto de interés prosiguió David Ricardo con más energía su plan de liquidación de la deuda pública. Esta actuación, es un verdadero caso documentado (tipo Harvard) sobre la gestión ética de un conflicto de interés existente en política pública. Ricardo hábilmente, separó su papel de especulador financiero, de su papel de economista y legislador, lo que reforzó sin duda su reputación como economista independiente y objetivo. Sabía distinguir nuestro personaje entre intereses privados e intereses intelectuales y políticos. Al vender su cartera de bonos soberanos, Ricardo financieramente quizá se perjudicaba, pero se beneficiaba su reputación como economista. ¿Qué esperaba David Ricardo con su plan de amortizar la totalidad de la deuda pública inglesa y de eliminar con ello el infausto “Sinking Fund”? David Ricardo esperaba: (i) la reducción permanente de impuestos futuros, (ii) una mayor estabilidad macroeconómica y (iii) sobre todo eliminar el “rentier state”, su caballo de batalla como economista del crecimiento económico.
Como rentista financiero, Ricardo se perjudicaba (de mantener su portafolio) ya que de proceder su plan de amortización de la deuda pública y anunciarse dicho plan el precio de los bonos soberanos en el corto plazo aumentaban por la probable reducción de las tasas de interés, una ganancia potencial previsiblemente no realizada en virtud de que ya para entonces había efectuado la venta de sus bonos soberanos antes de presentar la propuesta integral de su plan de liquidación de la deuda pública. Al vender los bonos de deuda soberana Ricardo estaba consciente de que perdería su flujo de intereses y perdía también un activo financiero estable por la seguridad que brindan los bonos soberanos. En este sentido la venta fue un acto de integridad intelectual de David Ricardo.
Con el dinero obtenido por la liquidación de sus bonos, Ricardo adquirió propiedades inmobiliarias que se agregaron a la adquisición de su inmensa propiedad de Gatcombe Park (residencia actual de la princesa Ana hija de Isabel II) lo que convirtió ipso facto a Ricardo en un glamoroso terrateniente no financiero.
En abril de 1820 Ricardo presentó su plan integral de solución de la deuda pública y publicó su Essay on the Funding System, Este fascinante texto publicado por la Enciclopedia Británica en su sexta edición incluye: Una historia del sistema de deuda británico, una crítica radical, certera y justa del fondo de amortización inglés (“Sinking Fund”). La deuda pública es para Ricardo un impuesto diferido por lo que es necesario evitar cargas financieras onerosas para generaciones futuras (injusticia intergeneracional). La propuesta técnica consistía en establecer un impuesto único sobre el capital del 20% sobre la riqueza nacional para cancelar la totalidad de la deuda lo que equivalía a una reducción permanente de impuestos futuros. El Essay on the Funding System constituyó un plan integral radical, con una ingeniería fiscal detallada. Para Ricardo resultaba (por mucho) más eficiente pagar la deuda pública de una sola vez que pagar intereses eternamente. La economía inglesa se liberaba de la “clase rentista” dependiente de la deuda y se restablecía la equidad entre generaciones. Quienes poseen riqueza deben contribuir proporcionalmente a eliminar una carga que afecta a toda la Nación. De aplicarse el plan de Ricardo él perdería patrimonio económico al disminuir su riqueza en la proporción que le correspondería pagar de impuestos como nuevo terrateniente capitalista, a cambio de ello la economía británica crecería más rápido sin la carga de intereses. El Estado recuperaría flexibilidad fiscal. Se eliminaría la dependencia estructural del gobierno respecto de los rentistas, y la distribución de riqueza sería más justa, lo que afectaría positivamente tanto al PIB potencial de la economía como al PIB efectivo.
El maligno ataque de Paul Samuelson a David Ricardo por su enriquecimiento financiero
David Ricardo falleció el 11 de septiembre de 1823, a propósito de ese acontecimiento el no siempre veraz periódico británico “The Sunday Times” en un malicioso obituario sobre David Ricardo, que apareció el 14 de septiembre de 1823 conjeturó la idea de que la fortuna que obtuvo David Ricardo la realizó con información privilegiada y manipulación del mercado. El diario expresó categóricamente que Ricardo ganó más de un millón de libras (“netted upwards of a million sterling”) gracias a sus operaciones bursátiles durante la Batalla de Waterloo.
El siempre sutilmente envidioso, pero extraordinario y genial economista Paul Samuelson (premio Nobel de Literatura 1970), recogió con enorme fruición la conjetura del “Sunday Times”, y suscribió totalmente lo dicho por el flemático periódico inglés. La perversidad de Paul Samuelson se demuestra cuando intentó fundamentar la versión del “Sunday Times” aduciendo lo siguiente: “Los hechos recopilados por Piero Sraffa, el biógrafo de Ricardo, parecían ser estos; Ricardo tenía un observador cerca del campo de batalla. Éste, a caballo veloz, llevó la noticia al puerto más cercano donde esperaba un barco de correo. Así que muy temprano, David Ricardo en Londres ya sabía el resultado y personalmente dio la noticia al gobierno inglés” (Paul Samuelson An Enjoyable Life Puzzling over Modern Finance Theory, Annual Review of Financial Economics, vol. 1, pp. 19-35. 2009, p. 25).
Una idea similar fue vertida por el economista y político de los Estados Unidos Colin Read (1972, ¿-) quien afirmó “Ricardo utilizaba una red de información que le proporcionaba noticias relevantes lo más rápido posible a él y a sus suscriptores de manera similar a Michael Bloomberg (1942, ¿-) en el siglo XXI.” (Colin Read “The Public Financiers”. Houndmills: Palgrave Macmillan, 2016).
Samuelson en su afirmación sobre el “inside trading” supuestamente practicado por David Ricardo, parece sugerir que la información de las actividades financieras del autor de “Los Principios”, la obtuvo de manera oral de parte de Piero Sraffa aprovechando las numerosas conversaciones que el economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) mantuvo con Piero en sus frecuentes visitas a la Universidad de Cambridge, Inglaterra.
El economista belga Wilfried Parys en su detalladísima investigación sobre las operaciones financieras de David Ricardo descartó el uso de la información privilegiada en el enriquecimiento financiero del economista británico. Al respecto, Wilfried Parys señaló lo siguiente: “Es extremadamente improbable que Samuelson obtuviera alguna información secreta de sus conversaciones personales con Piero Sraffa. Samuelson realizó varias visitas a Cambridge, Reino Unido, y tuvo algunas reuniones con Piero Sraffa en ese lugar. Cuando aparecieron los primeros volúmenes de la edición de Ricardo en 1951, el economista italiano puso el nombre de Samuelson en la lista de copias de presentación (Sraffa D/3/11/83:77). En este contexto, seguramente Piero Sraffa le contó a Samuelson sobre su investigación de Ricardo, pero es muy improbable que de las conversaciones que mantuvo Piero Sraffa con Paul Samuelson, le haya entregado información importante, particularmente sobre las operaciones de Ricardo con sus bonos soberanos, que Sraffa nunca escribió en su edición de Ricardo o en sus documentos no publicados”.
El razonamiento de Parys es impecable ¿Por qué Piero Sraffa le comentaría a Samuelson una información secreta valiosa sobre las actividades de financieras de David Ricardo, que no aparecieron en los “Works” que el economista italiano editó de la obra de David Ricardo? Piero Sraffa era un hombre que amaba ante todo la verdad, si él hubiera corroborado que David Ricardo se enriqueció financieramente como jobber especulador utilizando el “inside-trading”, lo hubiera expresado sin la menor duda. Wilfried Parys concluyó sobre esta penosa acusación de Samuelson con lo siguiente: “Podemos asumir con seguridad que las afirmaciones de Samuelson de su ensayo de 2009 sobre el uso de información privilegiada por David Ricardo vinculadas a sus especulaciones con bonos soberanos en los días de la derrota de Napoléon en la batalla de Waterloo, no se basan en información oral o escrita de Sraffa. Los comentarios de Samuelson acusando a David Ricardo de obtener beneficios financieros inmensos sobre la base de información privilegiada carecen de toda evidencia histórica. Una razón adicional importante para esta conclusión es que, si Ricardo hubiera poseído información temprana sobre Waterloo, sus ventas reales en el mercado de acciones el miércoles 21 de junio de 1815 habrían sido completamente estúpidas, porque al día siguiente la noticia de Waterloo se volvió pública”. Wilfried Parys presentó su fina argumentación en contra de las pretensiones de Paul Samuelson en dos textos a saber: (1) David Ricardo, the Stock Exchange, and the Battle of Waterloo: Samuelsonian legends lack historical evidence. University of Antwerp. Faculty of Business and Economics” (2020); Y, (2) Ricardo’s finances and Waterloo: legends by Samuelson and others lack historical evidence, Cambridge Journal of Economics (2024).
Del suspicaz Colin Read se entiende su opinión sobre la acusación de “inside-trading”, en el que supuestamente incurrió David Ricardo, pero la actitud de Samuelson no se comprende a menos de que tengamos en cuenta la siguiente relevante consideración. Paul Samuelson fue un economista de gran amplitud con un rango impresionante de contribuciones analíticas en el campo de la economía, razón por la cual en un trabajo que escribí hace dos décadas, lo denominé “El último de los generalistas” (Francisco Javier Vega Rodríguez Los premios Nobel de economía, 1969-1975: Ensayos crítico-biográficos. De Frisch a Koopmans. Instituto Politécnico Nacional, 2005). A mi entender, el problema psicológico que experimentó y deprimió sutilmente a Samuelson durante su longeva carrera científica, es que siempre fue consciente de que su genial capacidad creativa en la ciencia económica, que se desplegó en casi todas las áreas del saber económico, quizá con la excepción de la econometría, no se desplegó en lo que más le interesaba a Samuelson, la creación de un nuevo sistema científico económico. Su creatividad se enfocó a temas subsidiarios de los grandes sistemas económicos analíticos ya creados antes de que iniciara su prodigiosa actividad científica. Samuelson desarrolló muchos temas en la mayoría de las áreas del saber económicos, pero no creó ningún paradigma científico de vastos alcances (sea neoclásico, neokeynesiano, marxista, ricardiano, o sraffiano). Esta es la razón fundamental del porqué un genio poderoso y total como Paul Samuelson, que llegó tarde a la creación de los grandes sistemas económicos, intentó siempre disminuir -vanamente- la estatura científica de David Ricardo, de Karl Marx, de Louis Bachelier (1870-1946), de Eugene Bhöm Bawerk (1851-1914), y de Joseph Schumpeter.
En contraste, Samuelson no tuvo envidia de Milton Friedman (1912-2006) en virtud de que el padre del monetarismo no creó ningún vasto sistema científico, como lo demostró Don Patinkin (1922-1995) en su libro Essay on and in the Chicago Tradition(1981), en este texto, Don Patinkin afirmó y brindó certeros argumentos, según los cuales Milton Friedman sólo inventó una rígida escuela de Chicago que tenía su origen en una formidable tradición oral que se trasmitió desde los orígenes de la economía moderna basada en el principio de la utilidad marginal. Antes de Friedman, según lo demostró Don Patinkin, existía en la universidad de Chicago un enfoque económico científico plural a tono con el gusto de David Ricardo. No existía entonces, el rígido monetarismo de Milton Friedman. Verbigracia, los economistas de Chicago, maestros de Friedman, consideraron la posibilidad de la existencia de la inestabilidad de la demanda de dinero, como una causa significativa de la Gran Depresión económica (1929-1933), que la escuela de Chicago liderada por Friedman siempre la negó rotundamente.
Melvin W. Reder (1919-2016) en su artículo convertido ahora en un clásico Chicago Economics: Permanence and Change (1982) señaló que en la Universidad de Chicago en los años 1930-1940’s había una vibrante coexistencia plural de escuelas económicas: institucionalistas, neoclásicos monetaristas (con predominancia de la economía marshalliana de equilibrio parcial) liderados por Frank Knight (1885-1972) y Milton Friedman; con voces críticas como las de Oskar Lange (1904-1965) un economista marxista que proponía utilizar el sistema de equilibrio general competitivo, basado en el subastador walrasiano, para establecer una planeación económica socialista en Europa del Este, particularmente en Polonia. Melvin W. Reder sugirió, apoyándose en certeras razones que la permanencia de Oskar Lange en la Universidad de Chicago podría haber mantenido viva una corriente económica alternativa y evitado la construcción de una tradición monetarista tan rígida como la que imperó bajo el liderazgo del maquiavélico dúo representado por Milton Friedman y George Stigler (1911-1991). Estoy en plena concordancia con Melvin Reder en su afirmación de que Oskar Lange y su férrea defensa del socialismo de mercado y su apertura a modelos alternativos, representaba una oposición intelectual real a la consolidación del núcleo monetarista ahora conocido como Escuela de Chicago. La salida de Oskar Lange, carismático y profundo pensador significó que la pluralidad se debilitara, y el departamento de economía de Chicago quedara más expuesto a la hegemonía de Frank Knight, Jacob Viner (1892-1970), y Henry Calvert Simons (1899-1946) y, posteriormente anclada firmemente en el conservadurismo monetarista radical de Friedman y Stigler.
Oskar Lange fue profesor de la Universidad de Chicago entre 1938 y 1945. Al término de la segunda guerra mundial Lange decidió emigrar a su patria Polonia para coadyuvar a la construcción del socialismo. Complementando las afirmaciones de Melvin Reder, es importante señalar que en un inició la célebre institución econométrica “The Cowles Commission for Research in Economics”, fundada en 1932, y cuyos miembros eran muy plurales, y en el que pregonaban como distintivo de la institución, desarrollar un enfoque matemático muy estilizado con el objetivo de impulsar instrumentos cuantitativos para la ejecución de políticas públicas, específicamente con el arma de la econometría, con ello, incidía dicha institución en consolidar el pluralismo existente entonces en la Universidad de Chicago. El método utilizado por la Cowles Commission se basaba en modelos de gran escala con multitud de ecuaciones econométricas (modelos multiecuacionales). Milton Friedman acudía frecuentemente a los seminarios de la “Cowles” para criticar dichos modelos sustentados en el equilibrio económico general, y proponer en su lugar, modelos econométricos uniecuacionales. El economista marshalliano que fue Milton Friedman nunca se cansó de atacar vigorosamente el walrasianismo del equilibrio económico general en la tradición neoclásica, por ello, escribió un artículo clave sumamente crítico sobre Léon Walras (1834-1910) titulado Leon Walras and His Economic System, publicado en la American Economic Review en el año de 1955. En esta tesitura, Milton Friedman escribió una sagaz crítica metodológica en contra de Oskar Lange en su artículo “Lange on Price Flexibility and Employment: A Methodological Criticism”, publicado por la American Economic Review en septiembre de 1946. Allí Friedman cuestiona el excesivo formalismo matemático de Oskar Lange y su falta de conexión con la realidad empírica.
El neokeynesiano-walrasiano centro de investigación de “The Cowles Commission for Research in Economics” estuvo situado mucho tiempo en la ciudad de Chicago en el período que va de 1939 a 1954, y ante el crecimiento autoritario dogmático e incesantes ataques de parte de Milton Friedman y sus Chicago-Boys, se mudó a la Universidad Yale, bajo la tutela del premio Nobel de economía 1981, con tendencias neokeynesianas, James Tobin (1918-2002) evento que ocurrió en el año de 1955.
El clima intelectual de la economía de Chicago se tornó autoritario y dogmático después de la salida de Oskar Lange, este tono autoritario y dogmático fue muy bien captado por Paul Samuelson, lo que lo llevó a afirmar lo siguiente: “Friedman exhibe una sistemática tendencia de formular un argumento económico sólido, pero que al hacerlo extremo lo empuja más allá del rango en el que sigue siendo válido.” (Paul Samuelson Economía con sinceridad, 1984). Esta tendencia autoritaria y dogmática, podríamos decir antirricardiana de Milton Friedman, desafortunadamente la transmitió a sus numerosos y fieles discípulos integrantes de los Chicago Boys. En varias ocasiones, Paul Samuelson contaría la historia siguiente: “En una visita que hice a la Universidad de Chicago – señaló Samuelson- para ofrecer una conferencia, estaba muy consciente de que enfrentaría a un hostil auditorio de jóvenes discípulos de Friedman, todos ellos tenían un fervor religioso muy intenso en favor del libre-mercado con mínima participación del Estado, se trataba de un auditorio lleno de economistas con tendencias antikeynesianas, y entonces para aligerar este áspero ambiente intelectual, lleve conmigo un ejemplar del libro de Alfred Marshall (1842-1924) Principles of Economics (1890), al mostrarlo al auditorio, la tensión se disipó inmediatamente. Marshall era un ídolo de Milton Friedman, por lo tanto, era una figura sagrada de la economía neoclásica entre los Chicago Boys” (Paul Samuelson “entrevistas diversas”. Una idea similar expresó, Paul Samuelson en “How I Became an Economist”, 2003).
En este contexto, tampoco Samuelson tuvo resentimiento alguno hacia Michael Kalecki (1899-1970), ni hacia los fundadores de la nueva escuela sueca de economía, porque aceptó el punto de vista de Don Patinkin de que el único creador de la revolución macroeconómica fue Keynes (Don Patinkin Anticipations on the General Theory and Others Essays, 1982). Honor que no tuvieron Michael Kalecki, ni los jóvenes miembros de la escuela sueca de economía de los años 1920´s. A Keynes no lo envidió Samuelson por considerar que su revolucionaria teoría macroeconómica, era un mecanismo de salvaguarda del sistema capitalista, capaz de evitar la imposición política del paradigma socialista y comunista que entonces amenazaba al mundo, después de la revolución bolchevique de 1917. Dado lo anterior, la actitud de Paul Samuelson de suscribir la versión del origen de la fortuna de David Ricardo como un hecho de maligno uso de información privilegiada y manipulación de mercados, se inscribe en esa sutil envidia samuelsoniana, que se reveló a lo largo del tiempo en sus numerosos ensayos sobre el pensamiento económico, al intentar reducir la grandeza de los creadores de los grandiosos sistemas económicos analíticos.
Lecciones derivadas de la misteriosa conexión entre Gabriel García Márquez y David Ricardo
Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Magdalena, Colombia. Por lo tanto, el año que viene muy seguramente se festejará en el mundo fabuloso de la literatura, el centenario de su nacimiento. Bajo esta tesitura, Penguin Random House, el grupo editorial más grande del mundo en lengua española, y el custodio principal de la obra de Gabriel García Márquez, que trabaja estrechamente con la Fundación Gabo, anunció por medio de su sello editorial Literatura Random House que celebraría el centenario del nacimiento de Gabo con una edición especial de carácter conmemorativo de Cien años de soledad. Sin duda, se trata de una edición de lujo, de esas que se dicen, que son de colección. Los organizadores han expresado claramente que se trata de una magna edición conmemorativa y estética, pensada para coleccionistas y lectores devotos del gran Gabo, que por cierto son miles de millones de personas. Con dicha edición, seguramente habrá numerosas conmemoraciones que le sigan alrededor del mundo, en torno al centenario del nacimiento de Gabriel García Márquez.
Por su parte, David Ricardo falleció el 11 de septiembre de 1823 en Gatcombe Park, Gloucestershire. Por esta razón, hace tres años se cumplió el bicentenario de su fallecimiento. Sorprendentemente, fueron parcas las conmemoraciones en torno a este acontecimiento, de parte de los economistas e instituciones respectivas. La flamante Royal Economic Society, que auspició por más de dos décadas el arduo trabajo de la edición en once volúmenes de las obras completas de David Ricardo, no realizó en esta ocasión acto alguno especial para conmemorar el bicentenario de su fallecimiento, estuvo más dedicada a conmemorar el tricentenario del nacimiento de Adam Smith.
Fue Italia y no Inglaterra el centro de atención que acaparó la conmemoración del bicentenario del fallecimiento de David Ricardo realizado en 1923 a través de la Fondazione Luigi Einaudi que publicó un homenaje explícito titulado: “11 settembre: 200° anniversario della morte di David Ricardo (1772–1823)”. En este sentido homenaje, que se rindió al gran economista inglés, destacaron los elogios vertidos mucho tiempo atrás por Luigi Einaudi (1874-1961) a David Ricardo, y las referencias que efectuó a la edición de las obras completas realizadas por Piero Sraffa.
Es importante señalar que Luigi Einaudi fue un economista y político italiano de tendencias liberales centristas, presidente de la República Italiana entre 1948 y 1955, y gobernador del Banco de Italia de 1945 a 1948. Luigi Einaudi era un pensador sagaz, y como David Ricardo muy favorable a la disciplina fiscal, y a la estabilidad monetaria. Como Sraffa, Einaudi, admiró profundamente a David Ricardo al que consideró que su teoría económica constituía “la carta magna de la ciencia económica”. Luigi Einaudi expresó que David Ricardo “Empuñaba la lógica como una hoja afilada y la dirigía al corazón del razonamiento del adversario”, contrariamente a la idea de que Ricardo es un escritor difícil (mi experiencia personal de su estudio y lectura así lo considera también), señaló Einaudi que “quien abre una página de Ricardo no puede dejar de leer hasta que se llega al final del capítulo o ensayo, con la ventaja de que su prosa es comprensible y agradable”.
Lo anterior explica, que la biblioteca de la Fondazione Luigi Einaudi conserve ejemplares de las primeras ediciones de las obras de Ricardo, una carta autógrafa de 1822 y la edición crítica de Piero Sraffa, “The Works and Correspondence of David Ricardo” considerada por Luigi Einaudi como “la más magnífica jamás vista”, una edición magna y perfecta en la que Piero Sraffa emula a Edwin Cannan (1861-1935) y lo supera”.
¿Qué lección puede extraerse de la conexión Gabriel García Márquez-David Ricardo en torno al tema muy significativo por sus implicaciones económicas y financieras de la deuda pública? David Ricardo se propuso extirpar de raíz, un mal, el de la “Deuda Pública” que inhibiría, la acumulación de capital, y con ello el progreso económico de Inglaterra, y pondría en peligro mortal al Imperio inglés. Ricardo entrevió con total claridad y lucidez que esto último ocurriría, si no se liquidara la totalidad de la deuda pública. Ricardo albergaba en su pensamiento que, de mantenerse el nivel de deuda pública en más de 200% como proporción del PIB, la única clase beneficiaria de su existencia sería la clase rentista, que identificaba Ricardo con los landlords (terratenientes), lo que al fin y al cabo paralizaría el potencial de crecimiento económico del país al incrementarse la participación de la renta nacional de los terratenientes y concomitantemente se reduciría la participación en ese ingreso nacional de los capitalistas y trabajadores. El motor del crecimiento económico se apagaría y podría inducirse un estado macroeconómico con estancamiento secular muy prolongado con décadas y con una baja tasa de crecimiento cercana a una magnitud de cero de tal que, el PIB per cápita tendría una tasa de crecimiento asintóticamente cercana al cero.
Para Gabo, una deuda pública exorbitante podría ser eterna para el continente americano, y su no extirpación implicaría no solo bajo crecimiento cercano al estancamiento secular ricardiano, sino que sería el modo en que el imperio de Europa y el de los Estados Unidos impusieran un yugo feroz fuerte e indestructible a los pueblos de América Latina, como el que se atribuye en la mitología griega a las cadenas de Hefestos. En este sentido, una deuda pública muy elevada, significaría para Gabriel García Márquez la condenación de nuestros pueblos, de ser inexorablemente colonias perpetuas dependientes de Europa y de Estados Unidos, sería entonces el fin definitivo sin posibilidad de repetirse del sueño bolivariano de unidad continental latinoamericana.
Con la emergencia del sistema global basado en la financiarización, la deuda pública corre el albur de ser la palanca por excelencia del dominio del capital financiero sobre los pueblos. Esta clase de rentier financiero falsamente sofisticado prevaleciente en América Latina y en casi todo el mundo en el siglo XXI, ha sustituido a la vieja clase de los landords terratenientes que conoció David Ricardo. El resultado es la existencia de una baja tasa de crecimiento económico mundial con mucha inequidad económica, financiera y social, una especie de estancamiento económico secular mundial (con la notable excepción de un grupo selecto de países de Asia en el que rige otro modelo económico no financiarizado). Ésta dependencia mundial de las viejas instituciones económicas y sociales, respecto de la financiarización, paradójicamente ocurre hoy día, a pesar de la existencia de una impresionante revolución tecnológica y financiera digital, que se está desplegando vigorosamente, generando un mundo de gran inequidad económica, financiera y social ¿Será este estado, el sistema económico denominado “tecno feudalismo” anunciado por el exministro griego Yanis Varoufakis (1961, ¿-) el inexorable y fatídico resultado de las premoniciones de David Ricardo y de Gabriel García Márquez? Esperemos que no.