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Opinión

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La verdad, sí necesitamos más refinerías

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas

Si la intención es seguir en el mercado de América del Norte, una jugada hábil para inversionistas mexicanos debería estar en la refinación.

Esto no es un reconocimiento a las estrategias de un conocido político. El país necesita refinerías, pero precisamente de las que no se han construido recientemente: las petroquímicas o, más interesante aún, las de minerales críticos.

La gente piensa que un país con reservas de minerales debería ser una nación rica y próspera por ese solo hecho. Muéstrenme una que lo sea.

El negocio está en refinar minerales, pero esta vez de los raros: de los que sirven para hacer baterías o chips que se integran a un smartphone, a una computadora o a un centro de datos.

Litio, cobalto, níquel, grafito, neodimio, disprosio, silicio, incluso galio y germanio: metales críticos utilizados en la producción de semiconductores, microprocesadores avanzados y tecnología militar.

Algunos políticos caen en la tentación de presentar al país como una futura Arabia Saudita de tierras raras. Es una exageración. México no figura como potencia mundial en reservas o minería de estos materiales.

Tampoco existe, hasta donde permiten ver los anuncios públicos, una gran refinería mexicana de tierras raras. Ahí está la oportunidad mexicana: convertirse en el taller químico e industrial de Norteamérica.

Las necesidades de los vecinos provocaron que Estados Unidos y México abrieran una mesa formal sobre minerales críticos. El plan bilateral contempla precios mínimos, estándares regulatorios, cooperación técnica, intercambio de información geológica, acopio de reservas y, más importante, la identificación de proyectos de minería, procesamiento y manufactura.

No es un detalle menor que la palabra procesamiento aparezca junto a minería. Ahí está la puerta.

En otros continentes, Estados Unidos está promoviendo entre sus socios del G7 un mecanismo para sostener precios mediante subsidios, compras garantizadas y aranceles ajustables. El objetivo es reducir la dependencia de China, que domina eslabones clave del procesamiento global.

Quieren asegurar una cadena de suministro confiable y bajo control.

Hoy, la cadena no se rompe solamente en la mina. Se rompe en la refinación.

Una tonelada de mineral no sirve de mucho si tiene que viajar a China para convertirse en insumo industrial.

Lo que necesita Norteamérica no es solo más extracción; necesita separación, purificación, reciclaje, metalurgia, química fina y manufactura de derivados. No hay suficientes.

Ahí está la clave. México no tendría que esperar a descubrir el yacimiento perfecto para entrar al negocio. Podría atraer plantas que procesen concentrados provenientes de Canadá, Estados Unidos, Brasil, Chile, Perú, Argentina o Australia, y convertirlos en materiales cercanos al mercado industrial estadounidense.

El T-MEC, la frontera, los parques industriales, la experiencia manufacturera y la demanda automotriz juegan a favor.

Conviene no vender humo. Una refinería de minerales críticos no es una maquiladora impecable. Puede requerir agua, energía abundante, reactivos químicos, manejo de residuos peligrosos y controles ambientales estrictos.

En tierras raras, además, algunos procesos pueden arrastrar residuos complejos. Si México quiere esta industria, no puede improvisarla con permisos exprés ni con discurso nacionalista.

Una planta de procesamiento en un corredor industrial bien elegido luce oportuna.

Si no necesita una nueva concesión minera, si opera con insumos importados o reciclados, si se instala donde ya hay energía, agua tratada, logística, proveedores químicos y supervisión ambiental, un proyecto así puede competir.

Ese es el punto que debería ocupar a la Secretaría de Economía, a cargo de Marcelo Ebrard.

Ahí no se trata de perseguir minas, sino refinerías, laboratorios, plantas piloto, reciclaje de baterías, producción de materiales para imanes y acuerdos de compra de largo plazo.

El riesgo de no hacerlo es caer en la historia latinoamericana: exportar concentrados baratos e importar tecnología cara. La oportunidad es romperla.

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Comunicólogo por la UANL, con estudios sobre Mercados de Petróleo, Gas y Energía en la Universidad de Houston. Fue reportero y editor de información de Negocios en Milenio, El Norte y en Reforma, en donde fundó la columna institucional Capitanes. Fue Director General de Información Económica en El Financiero y fundador de la revista Bloomberg Businessweek México. Como Director General de Proyectos Especiales de El Financiero encabezó los esfuerzos de contenidos digitales de la organización. Desde 2014 escribe su columna Parteaguas, dedicada a negocios disruptivos y tecnológicos, que tiene réplica en un podcast: Parteaguas Diario y en redes sociales @parteaguasclub.

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