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Trump acorralado, la piñata México y el nuevo orden

OpiniónEl Economista

En México viviremos un año de alta tensión. El presidente de Estados Unidos ha perdido su aura y es repudiado por la mayoría de los electores. Las encuestas señalan que su popularidad ha caído entre nueve puntos (la benévola) y hasta 15 puntos porcentuales (la crítica). Para las elecciones de noviembre, los demócratas llevan una ventaja de cinco puntos frente a los republicanos. El derrotero de los hechos, en particular por la represión del ICE y el asesinato de dos estadunidenses, sugieren que perderán el control de las dos cámaras del Congreso. De ser el caso, Trump quedará atado durante su dos últimos años en la Casa Blanca. Y si pierde ambas cámaras puede enfrentar un juicio político.

Este escenario lo torna muy peligroso para México (y Cuba). Según las encuestas, solamente es aprobada su política fronteriza y el ataque a los cárteles mexicanos. En ese sentido veremos a un presidente que va a ser más impredecible y violento en contra de su vecino del sur. Por ello la disyuntiva que pronto podría enfrentar la presidenta es aceptar la colaboración de Estados Unidos para ataques conjuntos a los cárteles y entregar a políticos que presuntamente colaboran con las mafias o, en su caso, arriesgar acciones militares unilaterales en nuestro país. Este peligro puede atomizar a Morena y quizá amenace la gobernabilidad.

Si en el plano interno Trump ha tropezado, en el ámbito global ha sido contendido, al menos por ahora. Los gobiernos europeos fueron firmes en impedir la anexión de Groenlandia y están dispuestos a una guerra comercial. Si el republicano se empeña en un enfrentamiento con Europa, los riesgos son: colapso de los mercados bursátiles y financieros; el abandono masivo del dólar como moneda de cambio y de refugio; destrucción de la OTAN, que hace factible que Rusia ataque a Europa. En este contexto, hemos visto una apreciación sin paralelo del oro y de la plata, así como el abandono de los bonos del Tesoro, que fueron refugio de los inversionistas en tiempos de crisis. En tal caso, la deuda estadunidense, que es muy alta, sería impagable. Dichos males se acrecientan por el intento de Trump de controlar al banco central (Fed).

El dólar se mantuvo, desde la posguerra, como la moneda medida de valor (referente para tasar el precio de bienes y servicios), reserva de valor (inicialmente respaldada por el oro) y medio de cambio. Después de que Nixon en 1971 decretó la inconvertibilidad del dólar en oro, la divisa estadunidense mantuvo su estatus, gracias a dos pilares: la confianza en la solidez de las instituciones de Estados Unidos, pues gracias a la separación de poderes se garantizaba la propiedad privada y los contratos, así como la solvencia en la capacidad de pago del gobierno. El otro pilar, fundamental, fue que ese país se convirtió en el comprador de último recurso de casi todos los bienes producidos en otras partes del mundo. La confianza en el dólar hizo posible que a cambio de todo lo que importaba pudiera pagarse en papel moneda.

Estados Unidos importaba, pagaba en dólares y los países que le vendían mercancías compraban bonos del Tesoro, que se consideraron los activos más seguros, pese a las bajas tasas de interés que retribuían. Así, esta nación se endeudaba sin importar el tamaño de sus déficit fiscales ni los abultados desequilibrios comerciales. Al final, el retorno de los dólares a la hacienda pública le permitía tener excedentes en su balanza de capitales. La confiabilidad en su papel moneda hizo de Estados Unidos un país excepcional: las leyes del mercado que a otros países atenazaban cuando se excedían en sus deudas o déficit comerciales no aplicaban para ellos. Este milagro parece llegar a su fin.

La irrupción de Donald Trump y su política Arancelaria y la degradación de las instituciones, así como el surgimiento de otras opciones de pago, todavía en proceso de consolidación, lideradas por China, pone en gran riesgo la hegemonía del dólar. Al gravar el comercio de otros países, Estados Unidos deja de ser el comprador de última instancia de la producción mundial. Así que poco sentido tiene mantener activos en dólares. Este doble fenómeno (degradación institucional y restricciones al comercio) han hecho que muchos países abandonen los bonos del Tesoro y se refugien en el oro, la plata y en otras divisas.

El patrón dólar ha sido el ancla del comercio y de las finanzas mundiales. También de la estabilidad económica y política global. Pero gradualmente este sistema se ha venido deteriorando: el primer paso en esa dirección ha sido los embargos de activos financieros impuestos por Estados Unidos a otros países para someterlos. La moneda única europea (el euro), es otro paso; los intentos de china y de otros países para desarrollar un sistema de pagos alterno al dólar, integrado por una canasta de monedas, es quizá, una amenaza mayor. Creo que en este punto la historia previa a la Gran Guerra y después la Segunda Guerra Mundial pueden ilustrar los paralelismos y los peligros que se vislumbran.

La frase “la historia no se repite, pero rima”, atribuida a Mark Twain, ilustra lo que en 1944 escribió Karl Polanyi en su magna obra La gran transformación. El autor decía que el orden mundial de finales del siglo XIX y principios del XX, se basaba en tres pilares: “La primera era el sistema de equilibrio entre las grandes potencias que, durante un siglo, impidió que surgiese entre ellas cualquier tipo de guerra larga y destructora. La segunda fue el patrón-oro internacional en tanto que símbolo de una organización única de la economía mundial. La tercera, el mercado autorregulador que produjo un bienestar material hasta entonces nunca soñado. La cuarta, en fin, fue el Estado liberal”.

En nuestros días, Trump marca el fin de una era. Los pilares de la pax americana fueron la indiscutible hegemonía estadunidense después de la caída de la URSS en 1991. Antes de esa fecha, el equilibrio nuclear entes Moscú y Washington mantuvo cohesionado al mundo de uno y otro lado de ambas potencias. La otra ancla fue el dólar, hoy socavado por la política arancelaria del presidente Trump. Y el tercer cimiento del orden que desaparece fue la OTAN, la ONU y todas las instituciones multilaterales que mantenían el sistema de reglas y equilibrios entre las naciones. Este mundo desaparece ante nuestros ojos. Al mismo tiempo, emerge China como la gran potencia económica y también militar, aliada con Rusia, que es una “gasolinera con armas nucleares”. La caída del sistema internacional, basado en reglas (que se cumplían a medias), pero dio cierta estabilidad y certidumbre, es sustituida por la ley del más fuerte. Este derrotero parece encaminar al mundo a un régimen de influencias regionales, donde China puede imperar en Asia, Rusia quizá desestabilice a Europa y Estados Unidos se impondrá en América. Un reparto que puede ser fuente de conflictos entre las potencias, y también con países que poseen armas nucleares.

El mercado autorregulador y el dólar como sostén del comercio y del orden monetario parecen llegar a su fin. Igualmente periclita el Estado liberal y de derecho. Acaba así una etapa de equilibrios, si bien precarios, que mantenían la paz y la prosperidad económica global. Entramos en una etapa de gran incertidumbre y posibles desórdenes.

De vuelta al caso de México, los días que corren, hasta noviembre, van a ser los más peligrosos. De manera que si logramos pasar este “año maldito”, es posible que el resto del sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum sea un poco mejor, a condición de que Trump pierda una o las dos cámaras del Congreso. Por lo demás, el orden mundial que conocimos se fue y viviremos tiempos inéditos. La guerra política y cultural en Estados Unidos y Europa persistirá por años, y el ascenso de China y de otras potencias intermedias es tendencia imparable.

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