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¿Qué toma tu hijo cuando sale de noche?
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
Hace unas semanas llegó a mi consultorio una madre con una hoja de papel. Era una lista que había escrito de memoria después de escuchar una conversación telefónica de su hijo: tusi, keta, molly… Reconocía el alcohol, la coca, la mariguana —de su propia juventud—, pero ese vocabulario nuevo la había dejado muda.
—¿Qué está tomando mi hijo?
Comencé por explicarle que el mapa había cambiado. El menú de la noche que ella conocía no es el que existe hoy, y esa distancia —entre lo que los adultos creemos saber y lo que realmente circula— es donde se esconden casi todos los riesgos.
Algo se está moviendo en la manera en que los jóvenes beben, por ejemplo. La ENCODAT (Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco), recién publicada, muestra que el porcentaje de adolescentes mexicanos que han consumido alcohol alguna vez en la vida bajó de 39.8% a 33.9% en menos de una década, y que el consumo excesivo en ese grupo cayó más de la mitad. En Estados Unidos, la proporción de adultos jóvenes que dicen beber pasó de cerca del 72% al 50% en veinte años.
Es tentador cerrar el razonamiento ahí y concluir que cambiaron la botella por la pastilla, pero la evidencia no lo permite. En México, entre adolescentes, también bajó el consumo de drogas ilegales, y la edad de inicio se recorrió de los 17.5 a los 19 años. El aumento nacional en el consumo “alguna vez” se explica por los adultos, no por los jóvenes. Y los datos más recientes de la industria del alcohol sugieren que la generación más joven volvió a beber un poco más.
Entonces, ¿estamos ante una sustitución o ante un reordenamiento cultural más amplio que todavía no sabemos leer? Prefiero dejar la pregunta abierta antes que forzar una sentencia.
Lo que sí puedo afirmar es que algo se mueve, y se mueve mucho. A escala global, el cannabis sigue encabezando la lista, con 228 millones de personas, seguido de los opioides, las anfetaminas, la cocaína y el MDMA (molly). Pero la tendencia más clara en la pista de baile contemporánea es la ketamina. En Estados Unidos, el consumo de este fármaco sintético subió, mientras que el del LSD bajó. La molly de hace una década también le está cediendo terreno a la ketamina de forma abrumadora.
Y luego viene esa extraña palabra que a la madre le sonaba a un término de otro planeta: tusi. También llamado cocaína rosa, el tusi se vende como un polvo, elegante, de élite. Ahí está el primer engaño, porque casi nunca es lo que su nombre promete. El término viene de la pronunciación anglosajona de 2C-B, a su vez una abreviatura de 4-bromo-2,5-dimetoxifenetilamina, pero cuando se analizaron 470 muestras, casi todas contenían ketamina y MDMA —93 y 92 de cada 100, respectivamente—, mientras que el verdadero 2C-B aparecía en apenas 3 o 4. Quien compra tusi cree llevarse un psicodélico delicado y termina inhalando un cóctel disociativo y estimulante cuya fórmula no conoce ni siquiera quien se lo vendió.
En 2025, la DEA advirtió que en México la marca tusi está siendo aprovechada para mezclar ketamina con cocaína, metanfetamina y, en algunas variantes, fentanilo. Cabe mencionar que el programa mexicano Checa Tu Sustancia, del Instituto RIA, descartó fentanilo en las muestras que analizó entre noviembre y diciembre de 2024, aunque sí encontró MDMA mezclado con metanfetamina y cocaína, cocaína mezclada con metanfetamina y ketamina con MDMA. O sea que mucho del riesgo hoy es la incertidumbre de lo que se consume.
Incluso si la sustancia es lo que dice ser, los riesgos no desaparecen. Con el MDMA, por ejemplo, las causas más frecuentes de muerte son la hipertermia, el síndrome serotoninérgico y la hiponatremia. La paradoja cruel es que muchos aprenden a hidratarse para evitar el golpe de calor, pero el MDMA estimula la liberación de la hormona antidiurética, por lo que beber agua en exceso puede diluir el sodio hasta provocar edema cerebral y convulsiones. El consejo bienintencionado —“hidrátate”—, mal aplicado, también puede acabar matando. Además, quien toma un antidepresivo puede aumentar el riesgo de síndrome serotoninérgico.
Con la ketamina llegamos a la ironía que atraviesa toda esta columna. Es una de las dos medicinas psicodélicas legales en México; bajo supervisión, es útil en cuadros depresivos resistentes. En el carril recreativo, en dosis repetidas, puede destruir la vejiga y generar adicción. Alrededor de una cuarta parte de los usuarios crónicos desarrolla daño urinario; en los casos avanzados, la capacidad de la vejiga cae por debajo de los 300 mililitros, con incontinencia y, a veces, necesidad de cirugía. Y hay una trampa cognitiva: como su efecto es corto, se asume inofensiva y se usa durante mucho tiempo antes de que el cuerpo se queje. La misma molécula, dos carriles, dos destinos.
La cocaína parece la vieja conocida de esta lista, la que los adultos sí reconocemos. Pero ha cambiado. Primero, porque hoy casi nunca viaja sola: en las muestras que analizó Checa Tu Sustancia, de treinta pruebas de cocaína, once estaban combinadas con metanfetamina, algo que estira el efecto y le carga la mano al corazón. Segundo —y esto casi nadie lo sabe—, su combinación más peligrosa no es con otra droga de diseño, sino con el alcohol que la acompaña. Al mezclarse la cocaína con el alcohol, el hígado fabrica una sustancia nueva, el cocaetileno, que permanece más tiempo en el organismo y resulta más tóxica para el corazón. Se estima que el riesgo de muerte súbita es mucho mayor que con la cocaína sola. Pero como la cocaína disimula el efecto sedante del alcohol, uno bebe más de lo que cree. Es la trampa perfecta.
Ahí se deshace, de paso, el falso dilema con el que abrí. La pregunta no es alcohol o sustancias, como si fueran bandos enfrentados. En la práctica, lo que más veo es la mezcla. El policonsumo es la regla, no la excepción, y es justo ahí donde los riesgos dejan de sumarse para empezar a multiplicarse.
¿Por qué importa todo esto ahora? Entre las razones que se citan están la conciencia sobre la salud, el costo de salir de noche y las dinámicas sociales que dejó la pandemia. Yo agregaría algo que veo en el consultorio: una generación más ansiosa que busca desconectarse. La misma ENCODAT 2025 registra más malestar psicológico entre los adolescentes, sobre todo entre las mujeres. Si esto es autocuidado o simplemente un consumo distinto, cuyos riesgos apenas empezamos a medir, lo dejo también abierto.
¿Qué se hace? No lo que hemos hecho durante décadas: prohibir, asustar, exigir abstinencia o no hacer nada. No funciona —lo escribí en la columna sobre emergencias y lo repito—. Lo que protege es la información honesta. Saber que un polvo casi nunca es lo que aparenta. Entender que analizar una sustancia antes de consumirla, como hace Checa Tu Sustancia, no promueve el uso: puede ser la diferencia entre un susto y un velorio. Desde la mirada integrativa, la prevención y el tamizaje son la primera capa de reducción de daños, antes que cualquier pastilla.
Y luego estamos los adultos. Responder la pregunta de aquella madre es convertirse en alguien a quien el joven pueda preguntarle sin miedo al regaño y sin temor a la prohibición. La conversación que no tenemos no detiene el consumo; solo lo deja a oscuras.
Si usted o alguien cercano necesita orientación, la Línea de la Vida atiende las 24 horas en el 800 911 2000.
Exploré estos tres carriles —el ceremonial, el recreativo y el clínico— en Tu Viaje de Sanación Psicodélica, porque conviven, los nombremos o no. Aquella madre salió del consultorio con menos certezas y más preguntas, pero a veces es justo ahí donde empieza el cuidado.
Cuídense mucho.