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Cómo te sientes, según el algoritmo
Opinión
Hay algo que está cambiando en la forma en que las nuevas generaciones se acercan a su salud mental. Antes de hablar con un psicólogo, con un amigo o incluso con su familia, muchas personas buscan primero una respuesta en una pantalla. Escriben lo que sienten en un buscador, revisan un video, leen una publicación o conversan con una herramienta de inteligencia artificial (IA).
No es un fenómeno menor. La tecnología dejó de ser únicamente un medio para comunicarnos y empezó a ocupar un lugar en la manera en que interpretamos lo que nos pasa.
La reciente “Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones sobre la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior Mexicana (ENIAG 2025)” ayuda a dimensionar este cambio. El estudio encontró que cinco de cada diez estudiantes utilizan herramientas de IA para pedir consejos sobre ansiedad, estrés, depresión o tristeza. El 42% las utiliza para desahogarse o sentir que alguien los escucha. Y hay un dato que me parece todavía más revelador: nueve de cada diez estudiantes y docentes que han utilizado la IA con fines de apoyo emocional consideran que les fue útil.
Considero que esto nos obliga a mirar la conversación desde otro lugar. No se trata de discutir si la inteligencia artificial llegó o no a la salud mental ―ya llegó―; en realidad, la pregunta es qué lugar queremos que ocupe.
Durante años, internet abrió la posibilidad de encontrar información sobre prácticamente cualquier síntoma. Ahora el cambio es mayor: una persona puede describir lo que siente y recibir una respuesta inmediata, redactada de acuerdo con lo que acaba de contar. Esa experiencia puede resultar atractiva, sobre todo cuando existe vergüenza, miedo al juicio o simplemente la necesidad de hablar con alguien a cualquier hora.
Las redes sociales también modificaron el lenguaje con el que hablamos de nuestras emociones. Palabras como ansiedad, trauma, apego, límites o burnout forman parte de conversaciones cotidianas que hace algunos años estaban mucho más restringidas al ámbito de la psicología.
Eso tiene un valor, porque ponerle nombre a una experiencia puede ayudar a reconocerla. Encontrar que otras personas sienten algo parecido puede disminuir la sensación de aislamiento. Una explicación puede ser el primer paso para pedir ayuda.
Pero también existe una frontera que vale la pena cuidar: reconocer algo no significa necesariamente comprenderlo.
Una persona puede identificarse con un video sobre ansiedad y asumir que tiene un trastorno de ansiedad. Puede encontrar una explicación sobre el apego y convertirla en una explicación definitiva de sus relaciones. Puede leer sobre depresión y comenzar a interpretar cada periodo de tristeza desde ese diagnóstico.
El problema no está en buscar información, sino en confundir información con evaluación.
Y el algoritmo tampoco es neutral frente a este proceso. Aprende de aquello que miramos, buscamos, compartimos y repetimos. Si una persona pasa varios días consultando contenidos sobre ansiedad, la plataforma puede ofrecerle más contenidos relacionados con ansiedad. Poco a poco, una preocupación puede convertirse en el centro de la conversación digital de esa persona.
Esto no significa que las redes sociales provoquen por sí mismas un problema de salud mental. Significa que pueden contribuir a construir el contexto desde el cual una persona interpreta lo que siente.
Con la IA ocurre algo distinto. La conversación puede adquirir una apariencia de intimidad. La persona escribe, recibe una respuesta y puede continuar preguntando. No necesita esperar una cita, explicar frente a otra persona por qué decidió buscar ayuda ni encontrar las palabras exactas para comenzar. Y esa facilidad explica parte de su atractivo.
También explica por qué no conviene despreciar este recurso. Si miles de jóvenes ya están recurriendo a la inteligencia artificial para hablar sobre ansiedad, tristeza o estrés, la respuesta no puede ser simplemente decirles que no lo hagan. Sería ignorar una práctica que ya forma parte de su vida cotidiana.
Lo que sí podemos (y debemos) hacer es ayudarles a distinguir entre una herramienta que acompaña una primera búsqueda y un proceso profesional capaz de comprender una historia completa.
Una conversación puede ofrecer una respuesta. La atención psicológica necesita comprender el contexto: qué ocurrió, desde cuándo, qué relaciones existen alrededor de esa persona, qué recursos tiene, qué riesgos enfrenta y qué significado tiene aquello que está viviendo. La diferencia puede parecer sutil, pero es fundamental.
También cambia la responsabilidad de quienes trabajamos en salud mental. Ya no basta con generar información y esperar que llegue a quien la necesita. Tenemos que aprender a conversar en los espacios donde las personas ya están buscando respuestas, sin convertir cada publicación en un diagnóstico ni cada término psicológico en una etiqueta.
La alfabetización emocional tendrá que incluir también una alfabetización digital. Saber buscar información, reconocer sus límites, cuestionar una respuesta automática y distinguir entre orientación y atención profesional será cada vez más importante.
La tecnología puede ser una puerta de entrada. Puede ayudar a que alguien formule una pregunta que antes no se atrevía a hacer. Puede acompañar un primer momento de confusión. Incluso puede acercar recursos que de otra manera serían difíciles de encontrar; sin embargo, una pantalla no conoce toda nuestra historia.
En la salud mental, esa historia importa. Importan las contradicciones, las relaciones, los silencios, aquello que todavía no sabemos nombrar. También importa poder decir “no sé qué me pasa” sin que una plataforma tenga que convertir esa duda en una respuesta inmediata. Porque en terapia se puede ver lo que no hemos todavía identificado, en ese espacio íntimo y real aflora aquello que tal vez todavía no hemos reconocido, en cambio al frente de una computadora somos quienes creemos ser y sentimos lo que auto interpretamos de nosotros mismos. Esa es la gran diferencia entre intentar resolverlo con IA o acudir con un profesional y ser diagnosticado y tratado personalmente.
Tal vez ese sea uno de los grandes retos de esta nueva etapa: aprender a utilizar la tecnología sin permitir que ella decida por nosotros qué sentimos, quiénes somos o qué necesitamos. Porque en la era del algoritmo, cuidar la salud mental también significa conservar algo que ninguna tecnología debería sustituir: la posibilidad de ser escuchados como personas y no como un conjunto de datos.
*La autora es especialista en políticas públicas para juventudes y salud emocional. Fundadora y directora de HOPE.